Salvo por el hecho de que ya está en el Cielo y todo esto le trae al pairo (se sabe el final), me pregunto cómo reaccionaría Tomás Moro a lo que acaba de decidir Carlos III de Inglaterra. Lo suyo, muy propio del personaje, sería una carcajada, seguida de preguntarse si realmente valió la pena que la realeza inglesa le separara la cabeza del cuerpo para acabar así.
Hace no tanto, tras la muerte de su longeva madre, Carlos juró en una elaborada ceremonia que hizo las delicias de las lectoras del ¡Hola! defender la fe como cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Pero ahora sostiene que su misión consiste en proteger «la fe en una sociedad multiconfesional». Vamos, que también quiere ser Comendador de los Creyentes. Es como si el árbitro descubriera en el minuto setenta que el fuera de juego le parece una norma anticuada y decidiera dejar de aplicarla.
No es un comentario antimonárquico; más bien al contrario. Es recordar que la Corona significa algo. Que no es un título vacío cuyo contenido pueda redefinir a voluntad quien lo ostenta. Si el Rey de Inglaterra considera que las obligaciones históricas de la Corona son un estorbo, tiene una salida perfectamente digna: abdicar. Lo que no puede hacer es modificar las reglas del cargo para seguir ocupándolo. Eso no es ejercer la Corona; es apropiársela. Pretender ser rey con unas obligaciones distintas de las que heredó es tan infantil como una adolescente soñando con ser una princesa Disney.
Pero la Corona es como cualquier otra herencia: uno lo hereda todo, lo bueno con lo malo; las deudas tanto como el patrimonio. No se acepta a beneficio de inventario.
Tantos tuvieron que morir, tantos mártires tuvieron que derramar su sangre en el suplicio, tanta tuvo que ser la conmoción provocada por la ruptura de la Cristiandad, para que ahora el Rey de Inglaterra trate aquella herida como un malentendido del que ya no merece la pena seguir hablando. No solo fue una chiquillada haber roto con Roma, sino también andar separados de La Meca o del Monte Meru.
Este es el cáncer de toda Europa Occidental: que nuestras élites han decidido que las instituciones son recipientes vacíos, meras cáscaras cuyo contenido puede ir adaptándose al gusto de cada generación. Conservamos los nombres porque inspiran respeto; eliminamos las obligaciones porque resultan incómodas. Queremos seguir llamando monarquía a la monarquía, Constitución a la Constitución, universidad a la universidad, matrimonio al matrimonio. Pero las cosas no significan lo mismo, y ese es, como recordaba Confucio, el principio del mal gobierno.
¿Cuánto puede cambiar una institución antes de que dejemos de reconocerla? ¿Cuántas tablas del barco de Teseo pueden sustituirse antes de que ya no sea el mismo barco?
España conoce bien esa enfermedad. Llevamos años asistiendo al vaciamiento metódico de las instituciones. Permanecen nombres, fachadas, escudos, togas y ceremonias. Pero sin aquello que justificaba su existencia. El Parlamento sigue llamándose Parlamento aunque enmudezca; el Tribunal Constitucional puede ignorar lo que dice claramente la Constitución; la Corona sigue siendo la Corona aunque deje de ser garante de la unidad y la soberanía. Y se nos exige que finjamos que todo sigue igual, en un absurdo acto de fe.
Pero, como he dicho a menudo, vivimos en la Gran Clarificación, cuando lo que se hacía con disimulo se hace ahora abiertamente, el tiempo en que caen todas las máscaras. Y es, por tanto, la hora de despertar y devolver el nombre correcto a cada cosa, aunque eso signifique algo muy parecido a una revolución.