El desequilibrio de sexos
El desequilibrio de sexos
Por Itxu Díaz
9 de abril de 2026

Los hombres somos buenos haciendo la guerra, bebiendo whisky, y comprando coches grandes. Se nos da bastante bien la violencia, si bien a menudo no hay nada más violento que una mujer enfadada, y por lo general tendemos a simplificar al máximo el peso de la realidad casi tanto como las chicas prefieren inflamarlo. Siempre que hablamos de que el hombre y la mujer se complementan pensamos en la vida en pareja, por no mencionar la realidad biológica de la alcoba, pero la sociedad es un monstruo más complejo que el engranaje de un matrimonio, sin ánimo de menoscabar el infinito ecosistema del amor entre un macho y una hembra de nuestra especie cuando deciden la locura genial de compartir techo. Y en el desarrollo de las sociedades occidentales, la complementariedad de caracteres masculino y femenino ha sido siempre un aliciente fundamental, si no fundacional.

Para comprender las principales amenazas contra la seguridad del mundo moderno hay que entender antes las sociedades en las que surgen. Y allá donde mires, aunque solo sea por pura proximidad, la mayor amenaza inminente contra Occidente es el islamismo, ya sea en su versión de terrorismo doméstico, como en Europa, o en su versión de terrorismo de Estado, como en Irán. Si pudieras pasear ahora por las guaridas donde triscan las ratas del Estado Islámico, por las selvas donde hozan los cerdos de Boko Haram, o por los palacios de los ayatolás iraníes descubrirías algo en común en todos estos lugares: la ausencia de mujeres. O si lo prefieres: la ausencia de mujeres en libertad, con algún tipo de protagonismo en las grandes decisiones.

Habrá quien me reproche que la principal característica de las sociedades islamizadas es el carácter violento del Corán, el odio a todo lo que representa el cristianismo, o las promesas idiotizantes de la orgía post mortem con 72 vírgenes. Habrá quien diga que el problema está en que acoge en su seno ideológico el caldo de cultivo perfecto para el radicalismo, en la mezcla total entre poder político y religión, o en la renuncia al jamón de bellota, que es cosa mala, una abstinencia que vuelve locas las cabezas. 

Siendo cierto, mi tesis es que el verdadero peligro está en la eliminación del contrapeso femenino a la masculinidad. Supongo que este es el tipo de discurso que deberían estar dando las feministas si no estuvieran muy ocupadas en lograr que chicas con picha puedan correr los cien metros lisos contra mujeres de verdad. 

Es casi imposible encontrar una mujer que sienta fascinación por la guerra, en su aspecto más cinematográfico y explosivo. Por el contrario, no es tan difícil dar con un hombre capaz de sentir verdadera excitación sexual ante la contemplación de un misil balístico criado en cautividad. No es que seamos peores que ellas, sino que ante el vigor tecnológico de algo que ruge, lleva motores, o explota, no solemos pensar en las consecuencias. La mayor parte de las mujeres que he conocido en mi vida ven guarderías en llamas y cientos de cadáveres cuando contemplan un misil, mientras que los hombres consideraríamos un vergonzoso error algo así; como si cuando acaricias en el concesionario la Harley-Davidson que estás a punto de comprarte, en vez de imaginarte cruzando la Ruta 66 con los Blues Brothers a todo volumen en una especie de anticipo de lo que podría ser el Cielo, visualizaras la moto en llamas y tu cuerpo estampado contra la pared del túnel de Guadarrama, en el amanecer del lunes más triste del año, llegando tarde a un curro de mierda en una apestosa planta de reciclaje de residuos.

Un mundo diseñado exclusivamente por mujeres sería un desastre caótico e injusto, y terriblemente violento, mientras que uno diseñado total y exclusivamente por hombres nos habría llevado a la extinción hace muchísimo tiempo, y probablemente ahora las gaviotas, las ratas y los monos asquerosos esos del culo pelado estarían al frente del planeta, sometiendo a todas las demás especies a las peores torturas. Incluso los tiranos más grandes y sanguinarios de la historia sentían verdadero temor por la hora de hacer la cucharita con la parienta después de cenar, porque un hombre no conoce lo que es el miedo de verdad hasta que su pareja, al final de la jornada, da su veredicto más pernicioso sobre cómo ha hecho las cosas y sobre los planes de guerra y geopolítica del día siguiente: «haz lo que quieras».

Puedes acusarme de reduccionista, de demagogo, o de estar abducido por la cosmovisión del patriarcado que llevo aquí colgado, pero si las chicas pintaran algo en las sociedades más embrutecidas por el islamismo, difícilmente aprobarían, por ejemplo, la principal diversión de los yihadistas, que es cortar la cabeza de cristianos y exhibirla con grandes sonrisas en las redes sociales mientras levantan el dedito esperando a que les caiga un donut. Eso, desde el punto de vista femenino, además de ser una salvajada inmoral y propia de bárbaros, es una cochinada.

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