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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El escrutinio de las bibliotecas

Nos asaltan algunas pequeñas noticias que le dejan a uno estupefacto. Por ejemplo, esta, que no he visto comentar como se merece. En Canadá (una democracia en toda regla) se han expurgado de las bibliotecas públicas miles de ejemplares de las colecciones de Astérix y Tintín. Supongo que esos ejemplares han sido guillotinados o basurizados sin misericordia. Las razones de tal crimen legal se reducen a que tales obras “muestran prejuicios contra los indígenas”, se supone, contra las etnias de estirpe no europea. Me parece que las autoridades canadienses se han quedado cortas, pues con la misma lógica se podrían haber eliminado otros muchos libros. No quiero dar pistas de cuáles, por si acaso cundiera la iniciativa en los que mandan en mi país, tan proclives a la imitación.

Sí puedo recordar el famoso escrutinio que hicieron sus familiares y amigos de la biblioteca de don Quijote de la Mancha. Echaron miserablemente a la hoguera muchos tomos de su librería, sin duda, indiciarios de la cultura de su tiempo. Seguramente eran los libros que Cervantes poseía en la residencia de su esposa, en Esquivias (Toledo).

Una biblioteca es la mejor ilustración de lo que llamamos vida civilizada. A lo largo de la historia europea se han mandado quemar algunas, bien porque fueran propiedad de judíos o de otras minorías heterodoxas, o porque contuvieran ideas disolventes. Son las que no gustan a los que mangonean la vida pública, en ciertas ocasiones, próximas a la satrapía.

Lo malo es que los puritanos canadienses responden muy bien a lo que, hoy, se lleva respecto a las creencias dominantes

En los largos años de minoría de edad me costó Dios y ayuda empezar a formar mi armario de los libros sobre la base de cuotas mensuales con la editorial Aguilar. Además, tuve la fortuna de disfrutar de la biblioteca municipal de San Sebastián. Se montó a partir del legado de libros que hizo un gran político conservador de la época de la Restauración: don Fermín de Lasala, duque de Mandas. Asimismo, en el colegio de los Marianistas, donde yo estudiaba, cada curso disponía de una modesta biblioteca de libros y tebeos, cuyos ejemplares me fui embaulando con avidez. Actualmente, mi mujer y yo vivimos en una especie de castillo con libros por todas las habitaciones.

Los libros han sido parte de mi vida como lector impenitente o como autor prolífico. Se comprenderá, por eso, que la noticia de Canadá me haya soliviantado por dentro. Me temo que algún político mimético de mi país pueda seguir ese ejemplo de lo “políticamente correcto”, por decirlo con suavidad.

Resulta apabullante la fuerza destructiva de algunas ideologías que hoy se han hecho con el poder en este vasto territorio del mal llamado Occidente

Lo malo es que los puritanos canadienses responden muy bien a lo que hoy se lleva respecto a las creencias dominantes. Los libros de Astérix o de Tintín podrían ser clasificados como simples tebeos, según la nomenclatura de mi generación, pero son realmente obras imperecederas de arte y de cultura. La decisión de eliminarlas de las estanterías de las bibliotecas públicas es una grave ofensa a nuestra civilización. Imagino que los puritanos canadienses considerarán mi protesta, de llegar a conocerla, como “fascista”, el vituperio de moda. Realmente la quema ritual de libros ha sido siempre una salida de los ignorantes con mando en plaza, incluyendo a los verdaderos fascistas. En España, abundan los ejemplos históricos de esa calaña.

Resulta apabullante la fuerza destructiva de algunas ideologías que hoy se han hecho con el poder en este vasto territorio del mal llamado Occidente. No quiero pensar lo que pueda suceder en países como Afganistán, pongo por caso. No existe nada parecido a un progreso continuo para todo el mundo, lo que se quiere llamar “globalización”.

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