«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

El éxtasis como estado civil

14 de enero de 2026

Tenía la tentación de escribir otro artículo de política. Según Oscar Wilde, la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Sí, pero mejor caer —repongo— por arriba. Así que voy a hablar de Política. Nada socaba tanto la sociedad actual que la tremenda crisis de la familia y, en concreto, del matrimonio. Contra el divorcio ya no habla nadie y, aunque todos citamos a Chesterton sin solución de continuidad, se nos traspapela uno de sus títulos más actuales: La superstición del divorcio, que es un arreón importante contra esta institución de la modernidad, uno de sus sacramentos laicos. Wisława Szymborska, premio nobel polaca, nada religiosa, ponía otra pica en Flandes. Su poema «Divorcio» arranca así: «Para los niños, el primer fin del mundo de su vida».

Para los apuros conyugales, ya he recomendado el libro de María Álvarez de las Asturias y Mercedes Honrubia, titulado Crisis, no ruptura. Pero hace falta la otra cara de la moneda: el éxtasis. Nos urge volver a tomarnos en serio el valor —y la emoción— del matrimonio. Las crisis, como explican Honrubia y Álvarez de las Asturias, son una oportunidad de crecer. Lo peligroso es la apatía. Hay que apostar por el entusiasmo. El filósofo Higinio Marín recuerda que para defender algo primero hay que cantarlo y luego, hay que seguir cantándolo. Para esto, viene como agua de octubre un libro de poemas de Jesús Tejada.

Tejada (1962) es hijo del también poeta José Luis Tejada, que hizo bastantes poemas de amor conyugal, esa rara especie, porque los poetas tiran más o por el dolorido desamor o por el encandilado enamoramiento. El amor de los días laborables se resiste a ser cantado. No por Jesús Tejada, fiel al ejemplo paterno, siempre tan importante. El libro se titula: La mujer en tu nombre (Númenor, 2025).

La conyugalidad indisoluble se deja clara desde el primer verso: «Una mujer me habita de por vida» y sigue recto: «su espalda me endereza», hasta culminar —sin salir del primer poema—: «Nunca hasta ella supe qué abrazaba». En el resto del libro no se bajará del fervor, aunque, con el tiempo, «igual que vino, se marchó lo trémulo». Ya volverá. Y vuelve: «Pero en esto que pasas, / sin mirarme siquiera, / en tu traje de baño, / con tu pelo mojado». Y no importa que sea «Otoño», como se titula el poema y el tiempo de la vida: «Frente a la luz cobriza de esta tarde, / tus ojos moscatel y los destellos / rosáceos y ambarinos de tu piel. / Antes me perturbaba tu belleza; / reconocerte en ella, ahora, me calma». Escribe me calma, pero es, en verdad, «me alma».

Aunque no da en ningún momento explicaciones culturalistas, de fondo está el símbolo de la donna angelicata, esto es, el de la mujer amada que saca lo mejor de su amante. «El amor me ha curado», se dice, dándose el alta. Incluso la amada lo vuelve mejor poeta: «Tú desenmascaraste al mal poema».

La edad del enamorado, bien pasados los sesenta, es un motivo de alborozo. Primero, porque demuestra que se puede escribir una poesía fresquísima, estupenda, con más edad que una cancela; y segundo, sobre todo, porque este amor de otoño no tiene nada que envidiar a los primaverales. En el campo se llama la otoñada: «Te amaba pocas veces, que inconsciencia, / pero siempre creía que lo hacía». Tejada ha llegado a una maravillosa sabiduría que se condensa en este haiku de amor personal e intransferible: «De tus defectos, / siempre prefiero aquel / que sea el más tuyo». 

El éxtasis es para quien se lo trabaja. El poeta, sin dar lecciones, sabe reírse de sí mismo. Después de describir en un poema titulado «Elogio del compañero perfecto» al hombre ideal («mucho más valioso que un buen piso»), remata: «y, sin embargo, tú me has elegido». Le saca partido incluso a la ausencia: «Cuando no está tu cuerpo, deja su molde en todo / y mi sangre tropieza con latidos ausentes». Disfruta con las órdenes contradictorias: «Tan tranquila, me animas a que ponga mi empeño /… / en no dar importancia, en hacerme consciente;/ en estar muy pendiente, en no ser un pesado;/ siempre atento a las niñas, pero sin agobiarlas; / en no ser demandante, pero pedir las cosas/ … / ni estar desanimado, ni ilusionarme tanto;/ … / en que escriba poemas, pero no sobre ti».

Afortunadamente en esto, el obediente poeta no le hace caso a amada. No cesa de observarla: «ha cambiado el color de un lunar en tu espalda». Con todo, leer este libro no es inmiscuirse en otra intimidad, como teme la musa pudorosa. Es ver hasta donde pueden llegar las aguas del amor conyugal. No aspiremos a menos.

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