«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

El gran reinicio

18 de noviembre de 2025

Abordaba Alberto Núñez Feijoo hace un par de días algunos asuntos de interés en el Foro por el Futuro de la Unión Europa. Desapasionado, con pinta de consultor de hace dos décadas, pelo de siesta y mascullando un discurso a destiempo, el presidente del partido del charrán se dirigía a los jóvenes en un evento patrocinado por Iberdrola y Deloitte. Los populares suelen captar cuáles son las palabras fetiche que necesita oír el votante con retraso de Godot. Frente a los desmanes de la inmigración masiva, el gallego propone «raíces». Las raíces de Europa. Según él, nuestros fundamentos son la «libertad» y «no renunciar a lo que somos». Una diría que esto último puede definirse como «identidad», pero quizá aún quede un lustro para que el Partido Popular incorpore el término en su argumentario público desapasionado y a destiempo. 

Cuando Feijoo habla de raíces algo no encaja. Esto ocurre porque identificamos directamente al otrora partido conservador con el cosmopolitismo del PP de hoy, incluida la sección Giselle, la madrileña, la de todos los acentos. 

Cuando habla de libertad, nos toca poner a salvo el deltoides.

El suplemento cultural IDEAS publicaba este fin de semana un artículo que firma Javier Bilbao en el que se analiza el libro La pulsión Nacionalista, de Manuel Arias Maldonado. Bilbao desmonta la justificación que hace el autor del orden surgido en 1945 —confundiendo deliberadamente nacionalismo con irracionalidad y amenaza—, y su actual huida hacia delante de fronteras abiertas, federalismo y europeísmo como soluciones inevitables. El «ideal cosmopolita» de Maldonado, que es el mismo que el del Partido Popular, es abstracto, desarraigado y ajeno a la realidad social e histórica de los pueblos. Un somero repaso a la ideología del nacionalismo lleva al autor de la obra a reconocer que soberanía y democracia son conceptos estrechamente vinculados. Y aquí, el uppercut de Bilbao me ha dolido hasta a mí: «Entonces, celebrar una globalización que diluya la primera implica dejar a los ciudadanos al albur de fuerzas que ya no pueden estar al alcance de su voto»

Nadie puede negar que por las crisis financiera de 2008, migratoria de 2015, sanitaria de 2020 y ucraniana desde 2022, la UE no ha cesado de asentar un poder arrogado de espaldas al pueblo.

Se suele resumir el pensamiento de Jean Monnet, uno de los padres de la Unión Europea, aludiendo a la idea de que, una vez transferida la soberanía en un ámbito, no hay marcha atrás. «Las naciones han cedido una parte de su soberanía; ya no pueden recuperarla. Y lo que queda de soberanía nacional es negociable». De eso, de cualquier resto de soberanía que nos quede por ahí, trata la resolución de 267 enmiendas adoptadas por el Parlamento Europeo para reformar los Tratados de la Unión Europea. El objetivo es convertir a la UE en un superestado centralizado con competencias exclusivas en clima, defensa o salud. Esto sí parece una amenaza, y no lo de Maldonado. 

La prensa de calidá y la política cosmopolita (¡Viva Europa!) romantizan el mestizaje cultural, el federalismo —¡el centralismo bruselense!— y la tiranía en la que se ha convertido el europeísmo, y nos señalan cuáles deben ser nuestros demonios. Feijoo, sin ir más lejos, prevenía en el Foro acerca de los «populismos». El populismo, otra amenaza que nadie explica muy bien. Un ente maligno abstracto que, como Putin, sirve para un roto y para un descosido. 

Frente a tal estado de las cosas, dos laboratorios de ideas centroeuropeos, el polaco Ordo Iuris y el húngaro Mathias Corvinus Collegium, con Rodrigo Ballester, han lanzado «The Great Reset», un plan detallado que supera la retórica anti-Bruselas. No pretende entrar con zotal y lanzallamas, pero sí plantea una demolición controlada de la Unión Europea tal como la conocemos. Respaldado por Vox, Fidesz, Ley y Justicia y sectores de Reagrupamiento Nacional, el documento propone dos escenarios concretos. Uno, «Volver a las raíces»: reducir la UE al modelo de 1957, una mera zona de libre comercio sin poder político. Además, implantaría una integración a la carta: cada Estado elegiría qué políticas acepta. Podría blindar familia, educación, orden moral y público frente a cualquier norma europea (adiós a directivas sobre aborto, LGTBI o cambio climático). El otro, «Nuevo comienzo»: disolver la UE actual y negociar desde cero una confederación intergubernamental flexible donde primen las constituciones nacionales y la subsidiariedad real. El proyecto fue presentado en Madrid en mayo de este año, con Jorge Buxadé, y ha sido relanzado este mismo mes en París.

Cualquiera diría que aquello de las raíces, la identidad, y la libertad de Feijoo, resuena más aquí que en el «ideal cosmopolita».

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