Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El hipotético homo hispánicus

Se trata de una hipótesis de trabajo. La personalidad colectiva de los españoles tiene que ver más con la de los habitantes del resto de la Iberosfera que con la de otras naciones europeas. En efecto, tanto España como los otros pueblos de la Iberosfera son sociedades polarizadas, duales, con enormes diferencias entre los que mandan y los mandados.

Los españoles de la época contemporánea (los dos últimos siglos) se han integrado muy bien, cuando han emigrado a los países iberoamericanos. Tal facilidad no se debe, solo, a la lengua común o cercana (el portugués). A un español actual, residente en la Península, le resulta difícil distinguir, por el modo de hablar, a un venezolano de un canario. Cierto es que hay distintos acentos en el español de España y en el de los países americanos. Sin embargo, las diferencias son mucho menores de las que distinguen al inglés de los países anglófonos.

Hace un siglo, en España, se idealizó la figura del “indiano”, el emigrante asentado en tierras americanas, que había hecho fortuna, por lo general, modesta. Fue todo un modelo literario. Por cierto, los “indianos” españoles surgieron en la zona septentrional de la Península y de Canarias. Resulta extraño que no emigraran de las zonas agrarias de Andalucía y Extremadura. De esas dos regiones, salieron muchos “conquistadores”, en la época del Imperio o de los virreinatos.

En España y en la Iberosfera se mantiene un desasosiego secular entre la pretensión de alcanzar la democracia plena y la realidad

Hoy, tenemos un hecho nuevo, el de los “indianos” al revés. Son varios millones los individuos con nacionalidad española, que son originarios del resto de los países de la Iberosfera. Se han integrado, sin dificultad, en la sociedad española.

Un hecho distintivo de los países americanos de habla española o portuguesa es el mestizaje. Se produce entre los originarios de España o de otros países europeos y los indígenas o los negros. Podría ser una réplica del anterior mestizaje, en España, entre cristianos, moros y judíos. Es un proceso que no se ha logrado en los Estados Unidos de América o Canadá, donde las distintas etnias siguen su curso por separado.

En los Estados Unidos de América, es muy clara la presencia de los “hispanos”, los inmigrantes de los países del Sur. Normalmente, han conseguido una buena integración y el correspondiente ascenso social, superior al de los indígenas o los negros (afroamericanos).

La similitud entre España y el resto de los países de la Iberosfera se muestra, cabalmente, en el sistema político, el que funciona. Se mantiene un desasosiego secular entre la pretensión de alcanzar la democracia plena y la realidad. La cual permanece adicta a la querencia autoritaria, populista o, simplemente, oligárquica. Lo marca, así, una historia convulsa.

Sólo VOX celebra sus mítines electorales con la bandera y el himno de la nación. Los demás consideran tal exhibición como una forma del vitando “fascismo”

Se podría pensar que España es, hoy, una democracia plena, una nación política integrada. No se cumple la expectativa, y eso nos diferencia de otros países europeos “centrales”. Baste, como muestra, un solo dato reciente. En las Cortes españolas (el Parlamento), pululan veinte partidos políticos. Pero, solo uno (Vox) celebra sus mítines electorales con la bandera y el himno de la nación española. Las demás formaciones políticas consideran tal exhibición como una forma del vitando “fascismo”. Lo curioso es que el fascismo o el nazismo renegaron de los símbolos nacionales y los sustituyeron por las enseñas del partido único. La repulsa general, por parte de los partidos políticos españoles, de los símbolos nacionales es un indicio de la escasa consolidación del Estado. Es más, en la jerga política habitual, por parte de los partidos de la izquierda, se habla del “Estado” cuando habría que decir “España”.

Desde luego, el factor que aproxima más a España y al resto de los países hispanófonos es la similitud lingüística. Es un hecho que, en el mundo, después del inglés (aunque, con mucha distancia), la lengua más estudiada es el español. No obstante, tampoco caben muchos triunfalismos. Al español, se traducen muchos libros de otros idiomas, pero, el proceso inverso no se da tan bien. En las clases cultas de todo el mundo, se puede prosperar sin necesidad de haber leído autores españoles o iberoamericanos. Para el resto del planeta, el homo hispánicus es, más bien, un objeto de atracción estética, folklórica.

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