Cuando aparece el honor, «mi honor», «yo tengo honor», ya se puede decir que la cosa está medio torcida.
El honor español casi no se proclama ya y si se dice, muchas veces es altisonante, extemporáneo, un poco acartonado ya y revertiano. Nos ponemos como Don Mendos.
El honor exige siempre una reparación. Del honor al duelo, y del duelo al quebranto.
Y la reparación es el problema. Los criterios son siempre muy personales. «La honra cada uno la pone en lo que quiere», decía Santa Teresa.
La honra sería servir a Dios, pero aquí hablamos de un tribunal mundano. El juicio final de nuestro nombre, no para los cielos, sino entre los vivos (cuando decimos que el Tiempo es el mejor juez pensamos en un Tribunal Constitucional de lo mundano, y la vida se sostiene en la esperanza de que no esté allí Conde Pumpido).
Porque el honor siempre es del otro, lo hace el otro, «ningún hombre es honrado por sí mismo, que del otro recibe la honra un hombre», escribió Calderón, y eso es lo malo que le encontramos al honor español.
Antes que el honor, la honra, porque por ella se llega a la futbolística honrilla, ese modesto salvar los muebles, ese meter un golito que nos suba al marcador para no quedar del todo mal.
¿Tenemos honor? Que al menos haya honrilla… Con ella no se podrá sacar mucho pecho, pero nadie ha matado por la honrilla…
El honor español retumbante ha conformado nuestro espíritu histórico, pero yo me quedo cada vez más con el japonés, con el honor que nos ha llegado de los japoneses, que se parecerá tanto al real como el sushi de las rueditas de buffet a lo que toman en Tokio (esas ruedecitas que tienen expectativa de bingo y sobre las que circulan las piezas cual bailarinas del Bada Bing, el pescado sobre el montoncito de arroz como una Ofelia flotando en el estanque).
Al comparar el honor español y el japonés, Mishima, quizás por cortesía, no subrayó del todo la diferencia. Un español quemará su castillo y lo que haga falta, mientras que el japonés se irá a hacerse el seppuku. Y ese honor nipón, autogestionado, es lo que viene faltando. Cuando uno quiera reparar el honor, molesta lo menos posible mediante un sencillo y solitario harakiri y queda uno mejor que nadie. O se rapa la cabeza y se va al monte a vivir contemplativo.
Pero aquí los del honor siempre se van al otro, a montar un estropicio, mientras el samurái se aparta, se sale del montón, coge un cuchillo (mismamente de cortar el salmón) y se vacía los intestinos.
Los intestinos son como el honor: todos tenemos, es terrible si todos los manifestamos.
Como el suicidio está muy mal visto, no pediremos el honor del harakiki, pero sí al menos el honor que se cumple en silencio y consigo mismo. Se calla uno, hace lo que haya que hacer, y se abre (en el sentido literal o figurado).