Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

A mí, cada día que pasa, la política española me recuerda más y más a esa serie soporífera pero que ha enganchado a millones con el título de “El Juego del Calamar”. Quien no la haya visto, que no la vea. Es un rollo. Los protagonistas juegan voluntariamente a una serie de juegos infantiles y los que pierden, son eliminados. Asesinados, vamos. La motivación por jugar se resume en el instinto de supervivencia -aquello de que el hombre es un lobo para el hombre- y en la ambición de hacerse con el premio final, un montón de dinero.

La eliminación es lo que parece guiar la política española actual. En la izquierda, PSOE y Podemos andan a la greña día sí y día no y en lo que hay a la derecha, el PP, ya no sabe qué hacer para borrar del mapa a la formación de Abascal. Para unos y para otros, todo se reduce a un juego de suma cero. La única diferencia es que la izquierda juega con el poder en sus manos y la derecha, está en la oposición. Y ya se sabe, “estar en el gobierno quema, pero quema mucho más estar en la oposición, como contestó el veterano Giulio Andreotti a una periodista a la pregunta de si llevar treinta años en el poder no le desgastaba.

Salvo Vox, el resto de partidos españoles, con el PP a la cabeza, han aplaudido que la UE no envíe los fondos de recuperación a Polonia

Lo malo es que mientras que por aquí nos revolvemos en la negra tinta del calamar, el mundo no espera a que resolvamos nuestras diferencias. Esta semana hemos visto, por ejemplo, que la UE avanza en su política de castigar a Polonia porque no traga con aquello de que es una nación soberana, dispuesta a defender sus fronteras. Salvo Vox, el resto de partidos españoles, con el PP de Casado a la cabeza han aplaudido y alentado que la UE no envíe los fondos de recuperación que le correspondían a Polonia. Quizá piensen que así les va a tocar más a repartirse entre ellos.

En segundo lugar, al Rusia de Putin, ese líder al frente de un país en decadencia pero que quiere jugar a ser una superpotencia, realiza un ensayo de un arma antisatélite (prohibidas por el tratado de desmilitarización del espacio exterior al que nadie hace caso), destroza con éxito uno de sus satélites inutilizados y obliga a los astronautas de la Estación Espacial Internacional a refugiarse en su vehículo de escape ante el peligro que los restos del satélite interceptado choquen y dañen vitalmente la estación. Un acto irresponsable y de bravuconería similar a la concentración de fuerzas de asalto que ha desplegado estos días en la frontera de Ucrania. 

Tercero, el régimen iraní de los ayatollahs anuncia que ya está produciendo metal de uranio, algo que le faltaba dominar para avanzar irreversiblemente en su programa nuclear. Cuando Teherán decida sentarse a negociar frente a un debilitado Joe Biden ya no será para congelar el enriquecimiento de uranio, sino para no saltar a la fase de ensamblado de su primera cabeza nuclear y si se enrocan, para realizar su primer test atómico. Si nadie lo impide ahora, la bomba persa, islamista y revolucionaria está de camino. 

No hay nación sin fronteras y aquella que no defiende las suyas se condena a desaparecer. Lo polacos lo saben bien

Finalmente, el presidente Biden y el chino Xi Jinping hablaban durante tres horas y media vía zoom o similar para concluir en nada. China no quiere el colapso inmediato de América, pero lo ve inevitable y por eso no se digna a hacer concesión alguna. 

En fin, empequeñecidos desde los años de Zapatero, a los españoles nos queda muy lejos Rusia, China y el Oriente Medio. Pero nos debería preocupar -y mucho- lo que pase con Polonia. No hay nación sin fronteras y aquella que no defiende las suyas se está condenando a desaparecer. Lo polacos lo saben bien por experiencias propia. Sólo que ahora Bielorrusia juega sucio, con civiles emigrantes, a una guerra híbrida con la complicidad de una Europa vendida al buenismo, al globalismo y a la renuncia al uso de la fuerza e, incluso, a la legítima defensa. No ha habido frontera que no se haya dibujado con sangre. Y posiblemente no haya frontera que se pueda sostener sin sangre. Pero salvo los polacos, pareciera que nadie está dispuesto a dar la suya.

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