En el Madrid del «chao pescao» agoniza la tarta de queso semilíquida y se va imponiendo el kouign-amann, bro. La giga-perrunilla bretona, quién lo diría, seduce a esos zoomers de los que una no sabría decir si son escaparatistas de Zara o antiguos proxenetas del Bronx. El contenido en mantequilla de la delicia es indecente, pero tranquiliza saber que dicha grasa animal es uno de los pilares de la moderna Europa «ilustrada y civilizada», junto con la separación de poderes y la democracia liberal.
Decir que la mantequilla, como la tierra, no miente, tiene algo de sulfuroso. Sin embargo, del trío anterior, el lípido es lo único de lo que te puedes fiar. A la democracia liberal, proyecto ideológico más que sistema operativo neutral, se le empieza a ver el cartón. Más allá de la soberanía tutelada, la sospecha sobre cualquier cosa que huela a nación y el reemplazo de la comunidad política por toneladas de «derechohumanismo», sus administradores son pródigos en levantar el dedito a todos los autócratas del universo, pero moderados a la hora de dar ejemplo.
Cuando los macrones o los Sánchez blindan con amiguetes instituciones determinantes dentro del Estado o se pasan por el forro el Parlamento, lo suyo es preguntarse qué hay de lo de la separación de poderes.
En Francia les han salido unos disturbios estudiantiles, aquí nos hemos encontrado de nuevo con acampados. La cólera puede ser legítima en ambos casos. Pero lo interesante es cómo, también en ambos casos, la extrema izquierda termina prestando un servicio impagable al poder. Y, mientras Sánchez juega su penúltima baza con su inestimable ayuda, Macron no parece tener demasiada prisa por marcharse. En los corrillos políticos del Hexágono se contempla la posibilidad de que Édouard Philippe y su partido, Horizons, prolonguen el macronismo hasta un eventual regreso del presidente al primer plano. También se ha especulado con que podría recalar en la presidencia del Banco Mundial. ¿Qué podría salir mal?
Cuando Macron llegó al Elíseo, uno de nuestros filósofos-columnistas dijo que era un «espectáculo» oírle hablar de economía. No digo que no lo fuera. Pero es posible que la economía sea como el amor. No es lo mismo hablar de él que hacerlo. En diez años, el «Mozart de las finanzas» —apodo que nació como elogio y acabó convertido en sarcasmo— ha conseguido que Francia parezca empeñada en competir con Grecia. La partitura no sé; otra cosa es la música que escucha el contribuyente.
Donde Macron brilla, como Sánchez, es en la administración del caos. Ambos pretenden encarnar la estabilidad frente a fuerzas imaginarias que amenazan con destruirla, incluso cuando el deterioro lleva su firma. Y para sobrevivir no dudan en recurrir a argucias constitucionales. La Quinta República se concibió para hombres como De Gaulle, no para empleados de la banca de inversión con ínfulas de estadista (aunque también Pompidou procedía de Rothschild). De igual manera, nuestra Constitución nació de una Transición que exigía conciencia de los límites a unos políticos, probablemente, de talla discutible. Hoy cuesta reconocer siquiera los signos de una democracia.
A falta de quemaliceos, pues, nosotros disfrutamos de campistas. De la jungla de Calais a las plazas de Madrid o las playas de Ceuta, el sistema ha convertido el bidonville en un arte. El asentamiento precario cuenta ya en España con una respetable tradición. En otoño de 1994, las tiendas del movimiento por el 0,7% del PIB para ayuda al desarrollo ocuparon espacios públicos en varias ciudades. Eran los años de Chiapas y del subcomandante Marcos. Desde entonces, la acampada es un instrumento político más, listo para ser usado por el poder o sus aliados mediáticos en caso de necesidad.
Sea cual sea la naturaleza del caos en este enorme y grasiento kouign-amann de la política europea, lo único seguro es que siempre acaba beneficiando al tirano más cercano.