'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El misterio de los precios

9 de marzo de 2022

Parece fácil de entender, pero, el precio de las cosas es algo que oscila con mucho misterio. Decir que se determina por el juego de la oferta y la demanda es un axioma que no aclara nada. Lo que resulta más fácil de acordar es que, ahí, está la clave de las turbulencias económicas (llamadas crisis) y del progreso en todos los órdenes.

Lo que llamamos, pomposamente, revolución industrial ha sido un proceso secular a partir de la serie de innovaciones técnicas en el siglo XVIII. Primero, tuvieron lugar en el Reino Unido y, luego, en el resto de Occidente; al final, en todo el mundo. El efecto principal de esa silenciosa e incruenta revolución industrial ha sido el continuo descenso de los precios en toda suerte de artículos fabricados. No otra cosa fue el aumento incesante de la productividad. Se suele citar el caso de los alfileres, que, tradicionalmente, costaban un riñón, y que, en pocos decenios, pasaron a significar un coste insignificante por unidad. El ejemplo se podría aplicar a muchos otros bienes y servicios. Véase el caso del automóvil. Hace más de un siglo, su precio, solo, lo podían pagar los ricachones; equivalía al de una gran finca o a un palacete. La evolución secular ha sido imparable, uno de los grandes éxitos de la actual civilización. A finales del siglo XX, en los países industrializados, el coche se podía pagar con una docena de letras de cambio. Era el equivalente de una fracción razonable de la mayoría de los salarios. De repente (en una escala histórica), las curvas descendentes de los precios de muchos productos empezaron a doblegarse. Casi terciado el siglo XXI, el efecto se nota en todo el mundo y para todas las clases sociales. Muchos precios empiezan a ascender de modo irremisible. Sigamos con la ilustración del automóvil, el mejor símbolo de la época contemporánea. El coche actual (híbrido o eléctrico) es mucho más caro que el de combustión de la generación anterior. Cierto es que contamina menos (al menos de modo aparente), es más seguro y presenta más comodidades que los anteriores. Sin embargo, su precio es más alto, incluyendo la carga de la energía eléctrica. No digamos si le añadimos la pejiguera necesaria de los costes adicionales: impuestos, seguros, garaje, aparcamiento, peajes, multas, accidentes, etc.

Lo escandaloso es el precio tan alto de la electricidad, empeñados, como estamos, en forzar las fuentes renovables y descartar la energía de fusión nuclear

El símbolo del automóvil se comparte con otros muchos bienes necesarios. Tómese la vivienda como otra ilustración. Es, hoy, mucho más cómoda que en tiempos pasados. Pero, cada vez, cuesta más. Las exigencias aumentan: aire acondicionado, piscina, garaje, adaptación climática, alarmas, placas solares, etc. Añádanse los gastos burocráticos de todo tipo: licencias y permisos, impuestos, gastos de comunidad, etc. Total, una vivienda cómoda es, cada vez, más cara. Nótese que lo caro o barato debe entenderse en relación con los ingresos. En la España actual, hay más desempleados o malempleados que nunca, sobre todo, si se contabilizan bien. Los jubilados constituyen el grueso de la población adulta. El valor de las pensiones se expande a un ritmo mucho menor que el de los precios.

Lo de menos es que, ocasionalmente, estemos viendo, ahora, una desmesurada subida de los precios de los combustibles, la electricidad, el transporte y ciertas materias primas. Eso puede ser un efecto coyuntural. Lo escandaloso es el precio tan alto de la electricidad, empeñados, como estamos, en forzar las fuentes renovables y descartar la energía de fusión nuclear. Lo que importa es el hecho básico de que la vida es cada vez más cara. Es una especie de efecto reactivo respecto a la secular revolución industrial.

Reitero lo más preocupante: vivir es una operación con un coste creciente, aunque solo sea por los impuestos de todo tipo que nos acechan de forma inmisericorde

El lector inteligente me dirá que la evolución del IPC (índice de precios al consumo) se opone al anterior argumento, tan pesimista. Retruco que el IPC no vale entenderlo de una forma estática. La razón es que el hecho de vivir con cierta comodidad, de acuerdo con las exigencias de cada circunstancia de tiempo y lugar, exige, cada vez, más desembolsos. No importa, pues, que, en algunos artículos industriales (por ejemplo, electrodomésticos o electrónicos) bajen los precios por unidad. Lo que aumenta es el número y variedad de bienes y servicios que se consideran como necesarios. Es el caso, por ejemplo, de los viajes turísticos, de descanso o placer. Lo que, antes, era un lujo, hoy, se ha hecho imprescindible. Poco importa si el precio del kilómetro recorrido es, cada vez, más asequible. La cuestión es que, para una vida acomodada corriente, se necesita viajar mucho. Se ha convertido en un elemento esencial de la cesta de la compra. Reitero lo más preocupante: vivir es una operación con un coste creciente, aunque, solo, sea por los impuestos de todo tipo que nos acechan de forma inmisericorde. Es lógico, deben alimentar la máquina del Estado, cada vez, más costosa.

El resultado de lo anterior es que el conjunto de la sociedad vive endeudado; y el Estado, también. El problema no se reduce a España; afecta a casi todos los países del mundo. Surge el misterio: ¿quiénes son los acreedores, al haber tantos deudores? Fundamentalmente hay un prestatario: China. No es, solo, el fabricante del mundo, sino el que compra la deuda pública de una infinidad de países; vivirá de los enormes réditos que producen.

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