Ha ocurrido exactamente al mismo tiempo. Demasiado simultáneo como para pensar en casualidades. Estaba el papa en el atril de las Cortes, componían los ministros gesto de mucha empatía, se disponían sus señorías a ovacionar al sumo pontífice como nunca se ha ovacionado a nadie en esa casa, y en ese preciso instante las máquinas del Gobierno empezaban a horadar el suelo del Valle de los Caídos para perpetrar la gran profanación.
No, no puede ser una casualidad. Se podía haber elegido cualquier otro momento, pero fue ese precisamente el escogido: con el papa en el Congreso, con los católicos adormecidos aún por las grandes concentraciones del fin de semana, con todas las miradas puestas en la performance vaticana y con todos los políticos tratando de apropiarse de las palabras del pontífice. Acudió después Sánchez a la nunciatura, envuelto en las ya clásicas imprecaciones del pueblo, y las máquinas seguían hollando el suelo santo mientras León XIV le sonreía al monstruo. Otros monstruos, en los alrededores de la escena, debían de estar esbozando una mueca siniestra. Estos otros monstruos son los de la Conferencia Episcopal, y especialmente del Arzobispado de Madrid, sin cuyo concurso habría sido imposible la profanación del Valle. Porque esto último es decisivo: el lamentable papel que últimamente viene jugando la Iglesia española no puede entenderse sin la colaboración de los prelados, postrados a los pies del poder político por razones que algún día conoceremos con detalle.
Noventa años atrás, gentes que enarbolaban las mismas siglas que esos que hoy ovacionaban al papa, se dedicaban a aniquilar con auténtica saña cualquier signo de catolicidad en España. Tiempo de mártires. Pero hoy no hay mártires. La gran venganza, como en el libro de Laínz, no ha consistido en repetir las atrocidades del 36, sino en hacer que las propias víctimas pasen a engrosar mansamente las filas de los verdugos. Porque es esto en realidad lo que hemos visto: los herederos de los viejos asesinos optan ahora por el mucho más sutil —y eficaz— método de la caricia en el lomo. Nadie más papista hoy, en España, que los ministros del PSOE. Y el mundo episcopal, reconfortado por tanta amabilidad, agacha dócilmente la cabeza y entra en el redil mientras los penetrómetros hacen su trabajo en el Valle de los Caídos. Cientos de miles de españoles de buena voluntad seguían en la calle, emocionados por la visita del papa, tal vez incrédulos por tanta elegancia institucional, y al mismo tiempo las máquinas institucionales empezaban el mayor atentado perpetrado contra la fe desde que se quemó la última iglesia en 1939.
Ese ha sido en rigor el auténtico mensaje del Gobierno a los católicos: cada vez que creáis ser libres, llegaré yo con mis máquinas para perforaros el alma; podéis ser multitud, llenar España con vuestras sonrisas blancas y vuestros rostros de buena gente, pero al final seré yo el que os marque con mi señal. Hoy no saldrá un Azaña a decir que «España ha dejado de ser católica». No, ya se ha visto que eso es imposible. Pero no hace falta. Si no puedes extirpar la fe del alma de un pueblo, permítele mantenerla, pero tíñesela del color que tú elijas. La Conferencia Episcopal pone la paleta de colores a disposición del poder. Y mientras los católicos creen que han vuelto a ser dueños de la vida pública, el poder sonríe, vengativo, y cierra los ojos mecido por el ruido de las máquinas en el Valle. El regalo de Sánchez y sus secuaces a los católicos españoles.