«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Gallega en Madrid. Periodista apasionada por la información, defensora de la libertad y de España. Redactora Jefe en El Toro TV y al frente de 'Dando Caña'.

El pirómano: de Nerón a Sánchez

24 de abril de 2026

Nerón tocaba la lira mientras Roma ardía. Dos mil años después, el espectáculo es el mismo, lo único que ha cambiado el instrumento y el músico. Ahora es un presidente con pin de la Agenda 2030 en la solapa quien sonríe ante las cámaras mientras media España se reduce a cenizas. La escena es tan antigua como el poder mismo: la ciudad arde, el gobernante actúa, y siempre, siempre, la culpa es de otro.

España vuelve a enfrentarse a otro verano con el mismo guión de siempre: montes convertidos en yesca, pueblos rodeados por las llamas y ciudadanos que miran al horizonte con la certeza de que, si el fuego llega, estarán solos. El verano pasado fue, según el sistema europeo Copernicus, el más destructivo del siglo XXI en materia de incendios forestales. Imágenes de horror, de impotencia, de vecinos viendo arder sus montes, sus casas, sus pueblos. Imágenes que pusieron en evidencia algo que muchos ya sabían: España no estaba preparada.

¿Y qué ha pasado desde entonces? Nada. O lo que es peor: apariencias.

Mi compañero Mario me recordaba ayer, en medio de las primeras altas temperaturas de la primavera, que no hemos aprendido nada. Que no existe, a día de hoy, un plan real contra los incendios que puedan desatarse este verano de 2026. Y tiene razón. Se prometieron mejoras, más coordinación, más medios. Pero la realidad es testaruda. Mucho organismo, mucho plan, poca prevención. Las plantillas siguen sin estar como deben: trabajadores que pasaron el invierno encerrados en casetas mientras nevaba, conductores sentados en sus camiones sin una hoja de ruta, montes que siguen sin desbrozar. Y cuando llegan las llamas, el argumento ya está listo, el relato pasará por «el cambio climático mata».

Mentira cómoda. El calor seca la naturaleza, pero no enciende nada por sí solo. Los datos del propio ministerio son claros: la inmensa mayoría de los incendios tienen origen humano. Intencionados o por negligencia, pero humanos. Sin embargo, mirar ahí implicaría abordar causas incómodas: abandono rural, falta de gestión, legislación asfixiante y ausencia de incentivos. España ha convertido sus montes en polvorines verdes. En primavera crece la vegetación; en verano se seca, y nadie la retira. Toneladas de combustible esperando una chispa. A eso se suma una normativa que, en nombre de una ecología de despacho, dificulta limpiar, aprovechar y cuidar el monte. Se expulsa al ganadero, se ahoga al agricultor y se deja al bosque a su suerte. El monte genera costes, nunca beneficios. ¿Cómo pretenden que se cuide? La inversión en prevención cayó un 51% entre 2009 y 2022, mientras la masa forestal crecía más de un 50%. Con la despoblación rural, lo que antes hacían gratis los vecinos ahora debería hacerlo la administración. No lo hace. Lo que sí hace es dificultar, cuando no prohibir, las tareas de limpieza, el desbrozamiento, la retirada de ramas secas, los cortafuegos. Todo en nombre de un ecologismo que desconoce el monte y criminaliza al que lo habita y trabaja. El resultado es el «incendio ecológico»: toneladas de combustible vegetal acumuladas durante años, esperando la chispa del incendiario. Un incendio inapagable. Un desastre anunciado.

España tiene un Centro de Coordinación de Información Nacional sobre Incendios Forestales, un Comité de Lucha contra Incendios Forestales, un Programa nacional de preparación. Tiene niveles de emergencia del 0 al 3, tiene acuerdos con Defensa, con Interior, con la UME. Lo que no tiene es voluntad política de prevenir. Y sin prevención, todo lo demás son castillos de humo, valga la metáfora.

La solución no es un misterio. La llevan reclamando los ingenieros forestales desde hace años: escucharles. Mirar las causas reales de los incendios. Devolver vida económica al medio rural, porque la ganadería extensiva y la agricultura son los mejores aliados contra el fuego, y nuestras leyes los están expulsando del campo. Simplificar la burocracia que asfixia al pequeño propietario forestal. Invertir de verdad en prevención, no en fotografías de inauguraciones.

Y hacer lo que llevamos décadas sin hacer: un Plan Nacional de Prevención de Incendios Forestales, común a todo el territorio, con los cambios legislativos que sean necesarios. Las comunidades autónomas han demostrado ser demasiado pequeñas para enfrentarse solas a un desastre de escala nacional. Lo mismo que necesitamos un plan hidrológico nacional lo necesitamos para el fuego. Sin más excusas, sin más verano de Nerón.

La mejor política contra el fuego es la prevención.

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