Ya había ganas de Informe PISA. El de 2022 mostró un descalabro general respecto al de 2018. El de 2025, hecho público este martes, demuestra que cualquier situación es susceptible de empeoramiento. Los datos, que siempre parecen más verdad que la verdad misma, nos permiten entregarnos con tranquilidad de conciencia al placer odioso de las comparaciones. Vemos descollar a los asiáticos, a quienes admiramos por sus resultados mientras los despreciamos por sus métodos. Vemos a Finlandia, que era la vanguardia de algo, pagar el precio por haberse pasado de lista, por haber creído que el ser humano no era como es, sino como ella quería que fuera. Vemos a España, a las Españas, repartirse lo malo y lo peor. A Cataluña le han pillado copiando.
Algunos columnistas se han tirado de los pelos y otros, cuya ideología les prohíbe tirarse de los pelos, han buscado el lado positivo del asunto, como quien celebra que ya no tiene goteras porque su casa ha salido ardiendo. Es lo que tiene el Informe PISA: estimula la glándula de la tinta. Además, es divertido y está muy bien. Sólo que, en realidad, no hacía falta. Habría bastado preguntar a cualquier profesor para constatar que, en cuanto al nivel, la peor promoción es siempre la última. Llevamos años en una carrera de relevos cuya meta parece ser la absoluta ignorancia. Aún está lejos, claro, pero no tanto como el año pasado.
Uno de los motivos del desastre es esa pedagogía cuyo tufo los profesores reconocemos al instante. Es cursi, perifrástica, afea lo que nombra y está tan preocupada por los alumnos que termina echándolos a perder. «Aquí huele —dice uno— a competencias transversales», y de inmediato nos ponemos a cubierto. El peligro de esta pedagogía es doble: está cargada de catastróficas buenas intenciones y vertebra las leyes por las que nos rigen. Debemos respetar las normas para conservar el puesto, pero cumplirlas a rajatabla haría inútil nuestro trabajo. No es la intención de esta pedagogía arruinar la educación de nuestros alumnos, pero sin duda es su resultado.
Otra posible explicación es el abuso de la tecnología, que habría debilitado la inteligencia de los jóvenes por falta de uso. La tormenta de estímulos a la que están expuestos les ha arruinado la concentración, que es el pulmón de la mente: ahora se ahogan cuando se les pide el esfuerzo titánico de comprender el sentido de un puñado de frases. Aunque me gustaría adoptar aquí una postura radical y ludita, sobre todo porque el factor correctivo de la moderación suele ser insignificante, entiendo que cierta formación tecnológica resulta necesaria, que no saber manejar los aparatos supone un nuevo tipo de analfabetismo. Sin embargo, en estos casos siempre recuerdo cómo, en nombre del futuro, de niños nos tuvieron horas y horas en el aula de informática, aprendiendo los prometedores entresijos del MS-DOS.
Lo que más me preocupa es el empobrecimiento lingüístico, porque es causa y efecto al mismo tiempo. PISA lo registra en la comprensión lectora, pero la desolación alcanza por igual al habla y a la escritura. Los estudiantes residen en su lengua casi como extranjeros, como si estuvieran de paso, como si el idioma materno fuese un territorio ajeno por el que avanzan trabajosamente. Y no es una cuestión de tener más o menos sinónimos a mano; es algo que atañe a las raíces mismas del pensamiento. No se ve lo que no se nombra; no se comprende lo que no se narra. Por eso viven en un mundo caótico y oscuro. Están cegados por falta de palabras. Si algún remedio hay, pasa por aquí, por esforzarnos en volver a llamar las cosas por su nombre.