Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.
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Rafael L. Bardají (Badajoz, 1959) es especialista en política internacional, seguridad y defensa. Asesor de tres ministros de Defensa y la OTAN, en la actualidad es director de la consultora World Wide Strategy.

El radjaidjah del siglo XXI

En las historias de Tintín, el radjaidjah era un veneno que, inyectado en el cuerpo, volvía irremediablemente loco a su víctima. Pues bien, lo he dicho desde hace tiempo y muchas veces: el coronavirus sars-Cov 2 parecería que más que afectar a los pulmones, ataca decididamente al cerebro. Al principio -y sin duda- el de nuestros gobernantes de todo signo que saltaron de la negación de la gravedad de la enfermedad a imponer las medidas más restrictivas de nuestra Historia reciente. Pero también a quienes creen a pie juntillas que las vacunas sólo sirven para inocularnos un zapatófono en miniatura para que todos los Maxwell Smart del mundo nos controlen sin piedad y en todo momento.

Es cierto que un análisis numérico y secuencial de las sucesivas olas de la Covid-19 a nivel internacional muestra que, en lo que se refiere a los confinamientos, más duros, más leves, sin confinamientos, el número de contagiados y víctimas mortales no varía demasiado. Se hiciese lo que se hiciese, el virus golpeaba con la misma intensidad, sólo que en diferentes momentos. De ahí que España haya podido pasar de ser el país con los peores datos relativos (y algunos absolutos) a ser el que menos sufre la pandemia en estos momentos. No es el resultado de las decisiones de nuestros políticos, sino el curso cíclico natural del virus.

Ahora bien, no es menos cierto que la introducción y generalización de las vacunas sí que ha conseguido dos cosas importantísimas: un menor número de hospitalizaciones, lo que mejora la disponibilidad y la calidad del sistema sanitario que ya sí puede dedicarse a tratar a todo tipo de enfermos y no sólo a los de la Covid; y una caída drástica de los fallecimientos. Y allí donde esto no sucede se debe a que el número de personas no vacunadas sigue siendo muy alto: Alemania con un 40% de su población y Estados Unidos, con más de un 30% (esto es, más de 32 millones de alemanes y casi 100 de norteamericanos). En España quedan por vacunar unos 9 millones de personas, pero si descontamos a los niños, unos tres millones serían quienes voluntariamente se niegan a vacunarse, esto es, alrededor del 6% de la población total.

La agresividad de los antivacunas hacia quienes sí creemos en los beneficios de una vacunación generalizada raya lo totalitario

Es verdad que el actual pasaporte Covid no es la mejor prueba de estar libre del virus y de no ser un riesgo para los demás y que quienes lo denuncian por ser un instrumento indirecto para imponer una vacunación obligatoria sin contar con el marco legal adecuado, tienen razón. Pero peor sería, como ocurre en Alemania, que además del certificado de vacunación, se tenga que presentar un test de antígeno diario -si, diario- para poder entrar en determinados lugares públicos. Además, por mucho que se nos bombardee con casos de reinfección, siguen siendo bajos y los vacunados reinfectados tienen menos carga viral, por lo que su fase y capacidad de contagiar a otros es más reducida en el tiempo y el espacio. Habrá que esperar a tener más datos sobre la nueva variante sudafricana, la Omicrom.  Ahora bien, si como todo apunta, se trata de una mutación más contagiosa pero de menor gravedad, nuestros dirigentes que han corrido a imponer nuevas restricciones habrían quedado nuevamente desnudos ante la realidad. De hecho, la ómicron sería la cepa que podría conseguir la inmunidad de rebaño con un riesgo aceptable.

En lugar de haber recurrido a lo único que saben hacer, imponer totalitariamente sus medidas restrictivas, deberían profundizar y acelerar para toda la población la tercera dosis, esa que sí parece que culmina la eficacia de la vacuna.

No nos equivoquemos. No todas las vacunas logran impedir una infección. Algunas sólo aspiran a suavizar la enfermedad. Como la de la gripe común y las anticovid. La manipulación que hacen de esto los antivacunas es interesada y zafia. Es más, su agresividad hacia quienes sí creemos en los beneficios de una vacunación generalizada raya lo totalitario. Una paradoja viniendo muchas veces de quienes critican -en otros terrenos- la tiranía de las minorías. Pero la realidad es que por muy vociferantes y agresivos que se muestren, no dejan de ser una minoría de tantas. Y sus listas negras a establecimientos que sólo cumplen con la normativa vigente o las persecuciones mediáticas como las realizadas contra Federico Jiménez Losantos o el diputado de Vox, el doctor Steegmann, sólo demuestran su talante dictatorial. Será cosa del radjaidjah.

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