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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

El retablo de las maravillas del mundo

Cumple una mínima observación curiosa, derivada de la experiencia de ver muchas películas de distintas épocas; amable consecuencia del confinamiento de los últimos dos años. Resulta que los protagonistas más destacados (las “estrellas”) siempre lo fueron; no tuvieron que ascender desde la categoría de los actores secundarios. Ocurre algo parecido en el concierto de la política internacional: los Estados considerados como centrales conservan ese título durante distintas épocas. Véase el caso de Alemania (con distintos nombres), que se ha situado en el centro de la política y la cultura europeas durante siglos. Es más, Alemania perdió la I y la II Guerra Mundial. Más tarde, los antiguos aliados contra ella edificaron la Unión Europea (con diferentes nombres), pero Alemania se ha hecho con el liderazgo de la nueva organización supranacional. No importa el dato de que haya sido excluida de las naciones con derecho a voto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Su hegemonía se impone por encima de ese castigo de los aliados en la II Guerra Mundial. La base de su supervivencia está en el inmejorable sistema educativo, aparte de su posición en el mapa.

Se podría aplicar, aquí, el “efecto Mateo” (según la formulación de Robert K. Merton). Se deriva de esta misteriosa sentencia bíblica: “Al que tiene, se le dará más y abundará; y, al que no tiene, aun aquello que tiene, le será quitado” (Mt. 13:10).

Europa se queda, en el mundo, con la función de un gran museo, la herencia de los fundamentos de la historia y la cultura occidental

Las llamadas guerras mundiales del siglo XX trajeron, como consecuencia automática, el movimiento de la independencia de las antiguas colonias y algunas naciones sin Estado. Sin embargo, tal eclosión no ha propiciado una situación de equilibrio o igualdad entre los Estados del mundo. Los que fueron hegemónicos (o imperialistas) hace un siglo siguen siéndolo; ahora, de forma más sutil y con una distancia insalvable respecto a los países pobres. Solo, se ha incorporado un país al elenco dominante; bien es verdad que de tamaño continental: China. También, es cierto que conserva el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

El criterio para definir el estatuto hegemónico (o imperialista) en el mundo es, hoy, que el país en cuestión albergue la sede de “empresas multinacionales”. En verdad, son originarias de unas pocas naciones, aunque operen en casi todas ellas.

En el retablo de las maravillas de la representación internacional, se percibe una constante económica. Los países dependientes exportan materias primas; los hegemónicos las elaboran o, mejor, diseñan esa producción. Es un juego que no ha cambiado mucho durante los últimos siglos.

La elaboración más refinada es, hoy, la de los productos culturales: música, películas, series de televisión, libros traducidos, espectáculos, noticias, etc. Nos encontramos ante la gran distinción que establece la distancia entre un país central o hegemónico y otro dependiente. Este es el aspecto que más ayuda a la centralidad del grueso de los países europeos, que, ya, no es comercial, como en el pasado. Europa se queda, en el mundo, con la función de un gran museo, la herencia de los fundamentos de la historia y la cultura occidental. Es un poco el papel que le correspondió a Grecia en el Imperio Romano. En este nuevo imperio cultural, el latín ha sido sustituido por el inglés.

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