Venía en la prensa de nuevo el proyecto de la M-70, una supercircunvalación que rodearía Madrid uniendo Segovia, Ávila, Toledo, Guadalajara y algún otro punto más. De Madrid al cielo se dice, pero se piensa ya en el séptimo anillo de infierno capitalino, y aun quedarían dos para el cupo dantesco.
Las grandes ciudades o ciudades-estado son así: París y Moscú son sumas de anillos concéntricas y Madrid lleva camino.
Lo curioso es que al hacerlo comunica provincias entre sí, y alcanza con ello, en cierto modo, un paroxismo de lo radial. Recuerden lo que estudiábamos: en el siglo XIX, al plantearse el desarrollo del ferrocarril, había un diseño radial, que haría pasar todo por Madrid, y una alternativa en malla.
Se optó por lo primero, para muestra el AVE, y según quién lo explicara —y el sesgo asomaba rápido— era terrible centralismo. De la alternativa a lo radial queda el anhelo del corredor mediterráneo. Los empresarios que lo reclaman patrocinaron hace años una película en la que ir de Barcelona a Valencia era más rápido si se hacía transbordo en Madrid.
Como fuere, el desarrollo de Madrid une de repente, como en síntesis, esas dos formas opuestas de ver España. Porque para aliviar la congestión de tráfico de Madrid, por la que todo pasa, hub por castigo en la España de más de 50 millones de habitantes, se han de desarrollar circunvalaciones que ya unirían provincias. O sea, que a lo reticular o mejor, a lo circular, se va llegando por el propio desarrollo de lo radial. Madrid es tan inmensa que ya se plantea aliviarse ella misma de los rigores de la radialidad con circularidades que enlacen y comuniquen por fin provincias entre sí. Un receloso diría: ¡Ahora, claro, ahora que toca descongestionar Madrid!
La hipertrofia de la capital-región lleva a veces, sin darse cuenta, la lógica centralista a un extremo opuesto, como cuando reivindicaron el DF, el Madrid Federal.
Madrid es el resultado de un gran movimiento centrípeto, de atracción, imantación y succión, y como en una sístole y diástole (sístole española, diástole global), genera un movimiento hacia fuera, un reflujo expansivo, de crecimiento, conurbación o madrileñización. A las provincias, con nueva vida de satélites, les llegará algo de su vitalidad, como un lejano fulgor cuando es de noche.