Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.
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Marcial Cuquerella (Cartagena, 1977). Ingeniero Industrial e Ingeniero Informático. Hermano, hijo, nieto y bisnieto de marino. Vinculado toda su carrera al mundo de los medios, fue director de Intereconomía de 2005 hasta 2014. Hoy inversor en empresas de tecnología y asesor estratégico en compañías de comunicación.

En tiempos de la República de Roma, y ya después durante el Imperio, los ciudadanos romanos que querían dedicarse a la política llevaban a cabo lo que llamaban el “Cursus Honorum”, el Curso de Honor. Los jóvenes entraban en un circuito vital que les conduciría, si eran buenos y completaban todos los pasos, al ansiado puesto en el Senado romano “Senatus Populus Que Romanus (SPQR)”. Si ser ciudadano romano era un privilegio en aquellos siglos, el senador era intocable.

No era sencillo el Cursus Honorum: los jóvenes romanos empezaban de Tribunos, y aprendían a servir, normalmente en las legiones que, al ser una organización tremendamente regulada, les facilitaba el trabajo de aprendizaje. Luego, con 20 años pasaban por el puesto de Cuestor, encargado de la caja y los pagos a los soldados. Sólo entonces, cuando habían aprendido a distribuir el dinero del Imperio, podían dedicarse, a la edad de 35 años, a ser Ediles y Tribunos de la Plebe, que es lo que hoy llamaríamos “concejalías”. El siguiente nivel era el de Pretor, que impartía justicia y gobernaba alguna provincia, y el último el de Cónsul, que era el que servía gobernando, mandaba ejércitos y controlaba el Senado. En circunstancias excepcionales, se nombraban Dictadores, con poderes absolutos pero limitados en el tiempo a seis meses, para cuando era estrictamente necesario. No podía ser nombrado un Dictador dos veces en su vida, salvo una excepción conocida por todos, la de Julio César, que lo fue cuatro veces. Es decir, primero aprendían a liderar, luego a gestionar el dinero, luego lo común, después la justicia, y sólo entonces, tras haber demostrado lealtad en lo pequeño y en lo grande, se convertían en gobernantes.

Había, como no, senadores corruptos, traidores, cobardes, débiles o interesados. Pero esos casos eran la excepción y no la norma, y prueba de ello es que nos han llegado los casos más flagrantes de los miles de romanos que se sentaron en las gradas senatoriales. No es muy difícil imaginar que la fortaleza del Imperio dependía de la fortaleza de sus políticos, y de su amor por Roma.

La política no es el arte del poder, como dice el nefasto Maquiavelo, sino el arte del Bien Común. Ser político es ser capaz de crear las condiciones adecuadas para que todas las personas se desarrollen plenamente (no igualmente) en función de sus capacidades

Hoy los políticos son digamos… distintos. Aristóteles definió que la perversión de la democracia es la demagogia, y en ello estamos hoy. La demagogia es una estrategia utilizada para conseguir el poder político que consiste en apelar a prejuicios, emociones, miedos y esperanzas del público para ganar apoyo popular, frecuentemente mediante el uso de la retórica, la desinformación y la propaganda política. No creo que quepa la más mínima duda de que hoy no estamos en una democracia, sino en una demagogia en términos estrictamente aristotélicos. 

¿Por qué te cuento esto? Porque tú eres el primer culpable de que vivamos en una demagogia y no en una democracia. Cuando te digo que soy político y te ríes, y me miras con asombro, y te sorprendes de que lo diga abiertamente. Cuando a mí lo que me sorprende es que tú no lo seas. Me sorprende que no te quieras implicar, me asombra que pases del tema, que vayas a tu bola, que mires con pereza las cosas de España o del mundo. O quizá es que no lo entiendes. Por eso te pido unos minutos de tu tiempo para que me dejes explicarte qué es ser político, de tú a tú, sin demagogias, como si estuviéramos solos. 

La política no es el arte del poder, como dice el nefasto Maquiavelo, sino el arte del Bien Común. Ser político es ser capaz de crear las condiciones adecuadas para que todas las personas se desarrollen plenamente (no igualmente) en función de sus capacidades. No se trata de darle a todos lo mismo, sino de darle a todos las mismas posibilidades. 

Nadie, absolutamente nadie, tiene más dignidad que tú, ni más derecho que tú para decidir qué hacer o cómo vivir tu vida, o cómo educar a tus hijos, o cómo dirigirte a Dios

Y no es ni mucho menos necesario estar en un partido político o presentarse a unas elecciones para ser político. Un político es aquel que se preocupa por las cosas que afectan a su entorno. Es igual de político un padre que se implica en el APA del colegio, que un concejal de turismo. Igual de político es un trabajador que organiza una reunión con sus compañeros para tratar de mejorar algo de su empresa que el diputado del congreso que se reúne para votar una ley. Ser político es darse cuenta de que no estamos solos en el mundo, y de que el mejor regalo es darse uno mismo. Todos somos políticos, de una u otra manera, todos participamos en la sociedad, y a nadie le debería ser lícito no implicarse en el Bien Común. 

Todos, repito, somos políticos, tú también aunque no lo sepas. Y una vez que has asumido que lo eres, el camino se hace más bonito. Nadie, absolutamente nadie, tiene más dignidad que tú, ni más derecho que tú para decidir qué hacer o cómo vivir tu vida, o cómo educar a tus hijos, o cómo dirigirte a Dios. Elegiremos a los mejores de entre nosotros para los puestos de más servicio. No para que decidan por nosotros, sino para que hagan posible que demos lo mejor y seamos lo que podamos ser. 

La política es también una de las más grandes formas de amor. Cuando Jesús cuenta a los discípulos la preciosa parábola del viñador es cuando pronuncia aquél “los últimos serán los primeros“, y les dice que el cielo es como la viña, y Dios (el viñador) necesita obreros para la viña. La viña no es el Congreso de los Diputados, la viña es el cielo en la tierra, la viña es la política. ¿Cómo nadie puede pensar que no existe la vocación política?

Necesitamos dignificar la política. Mandar a los mejores a los puestos de más responsabilidad y servicio. Necesitamos jóvenes con ambición política, con generosidad, con rasmia, que decidan dar el paso de ser perfectos en política, perfectos en el amor a sus compatriotas, perfectos en sus intenciones. Gente con carácter para no caer en la vanidad, honrados para no caer en la corrupción, valientes para no caer en lo políticamente correcto. Necesitamos que las mejores escuelas de la vida, las familias, enseñen a sus hijos todo esto. Formar para servir. Que los padres no eviten hablar de política en casa, poniendo ejemplos y anti ejemplos. Necesitamos crear espacios seguros y escuelas de liderazgo real, en las que nos apoyemos unos a otros, nos coordinemos y aprendamos de nuestras experiencias. Necesitamos líderes. Esto es un trabajo de años, perderemos esta generación salpicada de sólo unos pocos buenos políticos, pero estaremos creando las mejores bases para esa generación de verdaderos políticos que merecemos. 

Puede que te preguntes si vales para ello, si tienes madera de político. Mi respuesta es que sí, que vales, por la sencilla razón de que los políticos están entresacados de la gente y el carácter del pueblo al que sirven. De hecho, nadie mejor que tú para serlo.

Termino diciéndote que nunca es tarde. Jesús llama a los viñadores a las nueve de la mañana, y a las tres de la tarde, y a los que encuentra a las nueve de la noche les dice qué hacéis ahí ociosos y les llama también, y a todos les paga lo mismo. Estamos a tiempo, estás a tiempo de implicarte en política, de darte cuenta de que puedes, de que debes, de que quieres, de que no es tarde para empezar tu “Cursus Honorum”.

Búscame. Te espero.

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