En política, pocas cosas hay tan sobrevaloradas como la eficacia. Esa tendencia a reprochar a los políticos la escasez de ponencias presentadas en el Congreso, o a presumir otros de los muchos proyectos de ley planteados, es absolutamente deplorable.
Ser eficaz es aplicar adecuadamente los medios a un fin, pero lo que importa es el fin. Tan eficaz es una bomba nuclear para borrar del mapa una ciudad como pueda serlo una ambulancia para llevar a un enfermo al hospital. Es decir, la eficacia es loable en el santo, pero alarmante en el criminal.
En ese sentido, y conociendo a mis honorables representantes políticos, espero de todo corazón que sean ineficaces. Los deseo vagos como el sastre de Tarzán. Ojalá les diera una pereza irresistible ponerse con lo suyo que, a lo que parece, consiste en arramplar hasta con los ceniceros y fastidiarnos la vida.
Ahora, el problema es que mantenemos, incluso por debajo de los críticas más cínicas y acerbas, una confianza básica y absolutamente injustificada en los gobernantes. Decimos, por ejemplo, disparates como que el gobierno está para facilitarnos las cosas, a pesar de que la evidencia nos grita que no es así en absoluto.
En el mundo de las ideas platónicas quizá el Poder exista para garantizar un orden y una justicia beneficiosas para el común. En el mundo real, el Poder existe por y para sí mismo, es su misma finalidad, y en mundo caído como el nuestro se usará más a menudo para el medro de quienes lo ejercen que para ninguna otra cosa.
Siendo difícil que aceptemos una verdad tan deprimente, preferimos achacar a incompetencia para el bien lo que en realidad es eficacia para el mal, y reclamamos a nuestros gobernantes una diligencia laboriosa que es nuestra perdición.
Así, nuestra política de inmigración es de una ineficacia criminal sólo si nos creemos cosas como que los recién llegados vienen «a pagar nuestras pensiones», pero es extraordinariamente eficaz si de lo que se trata es de congelar salarios y de diluir la identidad nacional.
Las políticas de lucha contra la pandemia se condenan ahora como un recetario de estupideces anticientíficas que hicieron más mal que bien, pero, en cambio, habremos de juzgarlas extraordinariamente eficaces si las consideramos medidas de control y recorte de libertades y de un medio fácil para hacer fortunas ilícitas.
No podemos considerar la Ley de Violencia de Género si la evaluamos en relación a su fin expreso de acabar con, o al menos reducir considerablemente, las mujeres asesinadas o apalizadas por sus parejas, pero sí si sopesamos su verdadero fin de enfrentar a los sexos, destruir los fundamentos de nuestro sistema jurídico y permitir al poder un mayor margen de arbitrariedad.
Otrosí, se ha culpado al Gobierno de incompetencia frente a la tragedia de la gota fría en Valencia, pero eso sólo sería cierto si el fin de los gobernantes hubiera sido salvar vidas y haciendas. Convendrán conmigo, en cambio, que ha sido muy útil para demonizar a la oposición y crear una sensación de urgencia sobre la farsa del «cambio climático».
La lista sería interminable, pero la conclusión es muy simple: la única salvación posible mientras nos gobiernen estos asaltadores de caminos es que les venza la pereza.