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La Gaceta de la Iberosfera
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Elogio del fango

24 de junio de 2024

Desde que alguno de los cientos de asesores de los que dispone Sánchez pergeñara la expresión «máquina del fango», he tratado de visualizar el artefacto. Un modelo sofisticado sería semejante a esa máquina de chocolate que pintara en su día Duchamp. Se trataría de un objeto industrial con cierto toque distinguido. En el otro extremo, la tal máquina podría perfectamente asemejar a una máquina tirolesa o a una de gotelé, artefacto que en su día sirvió para proyectar goterones de pintura que disimulaban las imperfecciones del enlucido doméstico. En cualquier caso, la máquina, si hemos de creer a Sánchez, funciona a pleno rendimiento, pues en su uso se turnan «ultraderechistas» y togados no dispuestos a salpicar con barro los bajos de sus togas.

En el diccionario de la Real Academia la voz «fango» se define como «lodo glutinoso que se forma generalmente con los sedimentos térreos en los sitios donde hay agua detenida», pero también como «vilipendio, degradación». Barro, lodo, cieno, lama, légamo y limo, aparecen como sinónimos de la materia de moda en España. En cualquier caso, la máquina invocada por Sánchez parece tener dotes proyectivas y un blanco definido: Begoña Sánchez, encarnación de la España progresista, «presidenta», incluso. Directora de una cátedra hecha a medida, para embarramiento de la Universidad Complutense, limosnera mayor del reino, receptora del amor de un presidente capaz de incrustar un hiato gubernamental de cinco días.

La acumulación de imágenes evoca aquellos versos que 713avo Amor empleó hace más de dos décadas en su canción Cadena perpetua/Condena voluntaria: «Odio y lodo, hermanos gemelos/Enamorados de la misma mujer». Odio y lodo, o fango, habrían encontrado, por fin, a esa mujer: Begoña Sánchez, principal señuelo de las elecciones europeas, Begoña Sánchez, Free Bego, heroína de la grey socialista.

Sin embargo, nadie parece haber reparado en las condiciones regenerativas, amén de las exfoliantes, del lodo, del barro, del limo. Desde hace miles de años, las crecidas del Nilo dejan a su paso un estrato de limo, de barro, de lodo, que fertiliza la tierra, que da vida a la tierra. El panteón egipcio contaba, incluso, con Hapi, dios de la inundación anual del Nilo. Por añadir más barro al asunto ¿acaso no fue ese el material con el que fue moldeado Adán? A la luz de estas referencias, cabe, incluso, ensayar un elogio del fango, pues, al parecer, fango es todo aquello que ataca o erosiona mínimamente al gobierno de coalición, enfangado en gravísimas corruptelas desde su misma configuración, al haber integrado en él a todas aquellas facciones que buscan la destrucción de lo común.

Si la denuncia del nepotismo, de la legitimación de los filoetarras, de la concesión de indultos y amnistías a los golpistas, si el asalto al poder judicial y la financiación de medios amigos, mezclada con las amenazas de implantación de la censura para los no afines, son fango, no podemos sino hacer un canto al fango, a sus propiedades fertilizantes e, incluso, a sus posibilidades como material con el que configurar nuevas plataformas. Cañas y barro, así tituló el republicano Blasco Ibáñez una de sus obras más célebres.

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