«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

En memoria de Rafael Amador

11 de febrero de 2026

Pata Negra eran los Gallagher de las 3.000 viviendas. Al parecer, había desavenencias entre los hermanos Amador. Raimundo se hizo muy conocido en solitario con Bolleré y B. B. King, pero de Rafael se sabía menos, casi nada, menguado en silla de ruedas. Su muerte sorprende el recuerdo de lo que no vimos envejecer, el cantante con gafas de sol, roquero gitanísimo, que tocaba en la azotea de Bajarse al Moro.

Quizás debamos a la OTAN ese rock gitano o flamenco. También el estrictamente andaluz, más psicodélico, porque los americanos de las bases traían discos de rock que en Europa no había escuchado nadie. El rock y el jipismo se expandieron así por la Andalucía occidental, creando en los Amador, por ejemplo, el ansia de tener guitarra eléctrica.

El encuentro del jazz y el flamenco se había producido años antes, un elegante contacto de Miles Davis en Sketches of Spain.

Esa fragua setentera, bastante distinta, dio lugar a todo el boom del nuevo flamenco con discos de Lole Y Manuel, por supuesto Camarón y su Leyenda del Tiempo, Veneno (Kiko con los Amador) y Pata negra. El que los grababa era una especie de Alfred Lion sevillano, Ricardo Pachón, funcionario al que imaginamos como al François Cluzet de Dexter Gordon en Round Midnight.

Fue él, seguro,  el que le puso a cantar a Rafael Amador el Anónimo Jerezano de un Foxá amargo y cornudo, soneto inmortal a la horda del sur envanecida y boba.

Con el apoyo de Pachón y de Mario Pacheco (el blues Lindo gatito es en su honor), creador del sello Nuevos Medios (y por ello una de las personas que más bien hizo a España), los Amador pudieron ser un crisol que igual paría la blueslería, mitad blues mitad bulería, que el reggae de Lunático, o un gipsy por derecho How High the Moon.

Por un lado se desarrollaría el jazz flamenco, vías inacabables como la de Jorge Pardo; Kiko Veveno lograría el éxito pop con sus discos maravillosos de los 90 y junto a los Amador llegaron los Carmona, Ketama, mezclando el flamenco con la música africana o el jazz latino de Michel Camilo.

En esos años, el prestigio del mestizaje era absoluto. Había una obsesión por la fusión. Se buscaba la mezcla desde el jazz y el rock, que ya venían amancebados.

Sería eso la posmodernidad, sentida sin darnos cuenta. La disolución de las fronteras entre los géneros, el pastiche, el mix… Gustaba la mezcla por la mezcla (mezcla mezclando acabamos en el rumbakalao) y estos músicos tenían un prestigio legendario, el de suministradores de nuevas sensaciones; poder sentir a la vez un quejío aflamencado y la fuga extática del jazz. Todo eso estaba en Blues de la frontera, un disco histórico, pero ya sin su hermano, a principios de los 90, en Inspiración y Locura, demostró Rafael su sensibilidad, su verdá y desgarro, inolvidable en el pellizco manriqueño del final de Pasa la Vida, unas sevillanas pasadas por el swing.

Ojalá Rafaelillo, genio con órbita propia, tenga a su lado un coro de eterna farra que con palmas, jaleo y algo de chirigota le esté cantando: Todo lo que me gusta es ilegal, es inmortal o engorda…

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