Encargados del mundo
Encargados del mundo
Por Itxu Díaz
11 de junio de 2026

No tenemos que estar de acuerdo en todo. De hecho, no tenemos que estar de acuerdo en nada. Uno de los grandes males que Sánchez ha traído a la sociedad española es la tensión ideológica artificial en cada esquina de la vida. Tiene gracia que eso lo haya provocado un tipo cuya única lectura ideológica de base, único catecismo, y única guía moral en la vida es su propio libro. Y ni siquiera se lo ha leído.

Lo llaman polarización, para que puedan estudiarlo los sociólogos, que de algo tenemos que comer, pero no es más que una epidemia de intensos. Tipos que viven pintando rayas rojas en el suelo, que convierten en un hecho político desde una ensalada mediterránea hasta un concierto de pop español, o los fichajes de verano de su equipo de fútbol. Si alguna vez no acudes a cualquiera de sus batallas, ingresas en las filas de los desertores, es decir, de los peores enemigos. Tipos que no entienden que, a veces, estás más pendiente de la vida o de la inmediatez, estás completa y felizmente borracho buscando el baño de un pub, o estás intentando comprender el secreto de la belleza de los acantilados abruptos y salvajes de las Rías Altas.

La tara de la intensidad suprema antaño la sufríamos sólo los tertulianos, que debíamos estar siempre dispuestos a entrar a cuchillo en los asuntos del día, a menudo sin tener la más remota idea del ámbito en el que se desarrollan. Pero eso al menos es un trabajo. No encuentro placer alguno en entorpecer sistemáticamente el amable ritual del bar con largas diatribas ideológicas que, por otra parte, a partir de la tercera caña, me la sudan, por decirlo al estilo refinado de las rimas de don Gustavo Adolfo Bécquer.

Y aunque he conocido a tipos pesadísimos en todos los rincones de las ideologías posmodernas, continúa liderando el ranking la turra del que vive «muy concernido» con el asunto de Gaza. Le siguen de cerca los que odian a Trump sin saber ubicar Estados Unidos en un mapamundi, los sanchistas patológicamente reincidentes que solo se informan a través de los altavoces de PRISA, y los de la moderación, moderación, moderación. Los moderados son un infierno porque olvidan toda moderación cuando se trata argumentar cualquier gilipollez que disimule siquiera levemente que no creen en nada. Y no los juzgo por no creer en nada, sino por contármelo con todo lujo de detalles.

Mi concepción sobre la política reposa en las endebles estructuras del mal menor, lo que no evita que sea un mal. Y ya sé que en tiempos de crisis nacional como los que atravesamos, la política —más aún, la audacia política— sigue siendo lo único que nos puede sacar del pozo; que a fin de cuentas hay un montón de cosas de nuestra vida que se ven afectadas por el buen o mal hacer de un gobierno. Si bien, sigue ocupando una parcela relativamente pequeña en nuestras prioridades del día a día, y me enerva que esté sobredimensionada a causa de la obsesión socialista porque las calles estén siempre en llamas, y los ciudadanos, lo más atemorizados, aturdidos y agobiados que sea posible.

Tengo para mí que la mejor defensa de España es la alegría, lo del Santiago Bernabéu con el Papa, el pincho y la caña, una canción de Los Secretos, y el Siglo de Oro en la biblioteca. Los toros, el Real Madrid, el pulpo a la gallega, y el chorro dorado de la sidra asturiana cerca de una playa. Las morenazas andaluzas de elegancia y belleza entre lunares, Siempre Así y las ferias, la risa que despierta un buen humorista, y el puro que apetece al cerrar la boda de un amigo.

Nos han robado un montón de cosas en siete años, pero deberíamos ponerles más difícil eso de que arruinen también nuestra forma de vida, nuestra más genuina identidad, sin parangón en el mundo entero. Quizá el mejor punto de partida para devolver las cosas a su lugar sea, una vez más, Nicolás Gómez Dávila, que dejó escrito que «la madurez del espíritu comienza cuando uno deja de sentirse encargado del mundo».

Hablo por mí, que también tropiezo a menudo en la piedra de molestar al prójimo con ordinarieces más propias de los pasillos del Congreso que de una barra de Ponzano, pero sí, tal vez deberíamos plantearnos, al menos de vez en cuando, en entornos de confianza, abrir más botellines, y cerrar más la boca. Incluso en el fragor de la batalla y el más sangriento de los combates, no debemos olvidar, con Martínez Mesanza, que «en las manos de Dios está la vida». Respiremos.

TEMAS
Noticias de España