«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Epifanía

6 de enero de 2026

Ocurrió en la sobremesa del domingo pasado. O quizá fue antes de comer, no sé. Llevo unos días tratando de sacar adelante trabajo que debió haberse quedado en 2025 y ando desubicada, forzando los ritmos circadianos con café. Suelo ser previsora con los regalos de Reyes y tenía todo resuelto desde principios de mes. Llevaba pensando en el asunto desde octubre. Había escogido con mimo el papel de envolver y el resto de detalles. Creo que obsequiar es el arte de cuidar, como lo es cocinar o escuchar y, por ello, requiere dedicación. Sin embargo, con los años, el intercambio de presentes en esta fecha se había convertido para mí en algo desprovisto de un significado más hondo. Detesto la retórica de la magia y, con el paso del tiempo, me cuesta más activar los resortes de la ilusión. Me temo que la festividad del 6 de enero había ido quedando vacía de contenido y llena de regalos esmerados. No recuerdo cuándo deje de poner los zapatos en «mi sitio» del salón.

En la sobremesa del domingo pasado, o quizá antes de comer, oí jarana en la calle y me asomé. Una comitiva de pajes, heraldos y guardias reales desfilaban por la avenida perpendicular a mi casa. Y entonces le vi. Melchor iba a lomos de un imponente dromedario. Sobre la grupa del bicho caía un lujoso y anacrónico manto de terciopelo verde. Estaba ribeteado de armiño y el mago llevaba una esclavina del mismo material. La majestuosidad de la escena lograba encandilar y pensé en cómo lo estaría viviendo cualquiera de los niños que asistían al desfile desde las aceras. En cuán grandiosa e inabarcable le resultaría toda esta historia. Melchor con su manto de terciopelo verde, a lomos de un imponente dromedario, descerrajó un montón de imágenes de infancia enterradas por el tiempo, el cansancio y el escepticismo. Y, con ello, algo parecido a una epifanía, a la comprensión de las capas de lectura que tiene el Día de Reyes.

Dicen unos versos de Góngora que «hay distancia más inmensa/de Dios a Hombre que de hombre a muerte». Hoy, ese Dios hecho hombre se revela a la humanidad, al mundo pagano representado por los magos llegados de Oriente.

Es el día en que, conmovidos por la fragilidad de aquel niño de Belén, los españoles y otros pueblos hispánicos miramos la historia humana con ojos de sencillez y con la ingenuidad de los niños. La fiesta del 6 de enero nos explica como pueblo, nos diferencia y nos fundamenta. Hoy es el día en que, a semejanza de aquel niño divino obsequiado por las ofrendas de los Magos que lo reconocían como hombre, Rey y Dios, mantenemos viva la tradición de hacer regalos a nuestros pequeños. Y, como en todas las tradiciones, les entregamos nuestra manera gozosa de mirar la historia humana.

Hoy es el día que menos infartos se atienden en las urgencias de los hospitales y la noche en que si tomas en brazos a una criatura, puedes sentir su corazón desbocado. El Día de Reyes nos recuerda que, desde hace más de dos mil años, cada vez que nace un niño, Dios renueva su alianza con nosotros y vacila el poder de Herodes. 

Sólo acogiendo en el corazón la historia de sus Majestades de Oriente podremos entender La Adoración de los Magos de Rubens, y toda la más antigua y rica tradición pictórica navideña. Y el salmo 72. Las edades del hombre y las razas y lo poco que tenemos para ofrecer. Que la estrella de Belén nos guía y que todo un Dios anida en el mismo barro del que estamos hechos. Que la magia no es sino sabiduría y humildad. 

Los Reyes Magos existen y son verdad. Quizá sean la única certeza de la que no podemos dudar porque, interpretando al poeta, sólo es verdad aquello que como una calle nos lleva a la infancia.

Quizá por eso, desde la sobremesa del pasado domingo, o después de comer, no sé, y tras haber visto a Melchor, con su manto de terciopelo verde sobre la grupa de un imponente dromedario, sonrío, y hablo —como escribió Luis Rosales— desde dentro de un niño.

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