Esnobismo, ni por arriba ni por abajo
Esnobismo, ni por arriba ni por abajo
Por Enrique García-Máiquez
22 de abril de 2026

Llevó 27 años dando clase a alumnos de Formación Profesional, así que conozco el paño. El llamado «giro obrerista» de Vox me alegra, pero no me sorprende. Sabía que la mayoría de los trabajadores están afianzados en el sentido común, en las ganas de trabajar, en una honradez muy sólida y en un patriotismo natural. Lógico, por tanto, que hayan dado con esa casa política, desoyendo al fin los cantos de sirena que ya saben adónde los han traído. Todos los análisis, incluso los más críticos con Vox, reconocen este hecho.

Hay, en cambio, un matiz. Somos más vulnerables al halago que al acoso. Confesaba José María Pemán que a él le habían condicionado más los aplausos entusiastas que las órdenes imperiosas o las recriminaciones acerbas.

El éxito de haber conectado con las clases populares es evidente y encierra un triple mérito. Primero, el electoral: amplía la base hasta límites que inquietan a diestra y a siniestra. Segundo, el ideológico: demuestra que el eje derecha-izquierda no es una divisoria social. El tercero, el patriótico: España no tendría salvación si no fuese un empeño compartido por todas sus clases. Si se separa al pueblo de su patriotismo, se seca la nación. Pero, aprovechando el dato, quieren colarle a Vox un elogio envenenado de los que temía Pemán.

Hay quien intenta, al rebufo de ese éxito, encasillar a Vox como un partido de clase. Mal estaría comprarle el lenguaje a la izquierda; peor aún sería aceptar su metafísica. Hay un automatismo marxistoide en configurar los partidos conforme a la dialéctica de la lucha social. Si tonto es el esnobismo clásico, que mira por encima del hombro al trabajador, absurdo es el esnobismo invertido, que desconfía de todo lo que no sea obrerista.

Si Vox ha unido a distintos sustratos —gentes del campo, obreros, habitantes de los extrarradios, universitarios y profesionales de alto nivel cansados del acoso demagógico y fiscal…— no debe dejarse limitar su perfil a uno solo, aunque sea el más rompedor. Lo que ha atraído a los trabajadores son los ideales altos, el sentido —como su propio nombre indica— común y la patria como destino compartido. No hace falta halagar a los que ya vinieron por su propio juicio.

No parece, pues, que haya mucho que girar. Otra cosa es el afán de algunos analistas, siempre tentados a encasillar lo que quieren encauzar. Por supuesto, si alguien, desde la comodidad económica, se desentendiese de los apremiantes problemas de sus compatriotas, habría que denunciarlo por egoísta o elitista. Pero sin caer en el error contrario: identificar a una clase para descalificarla a bulto. La solidaridad entre españoles exige, por fuerza, la fraternidad.

Julián Marías apuntaba como síntoma revelador que ciertas imposiciones sociales aparentemente menores acaban abriendo divisiones profundas. Hasta el extremo de que él creyó ver el origen del resquebrajamiento de la República cuando empezó a resultar incómodo —y luego peligroso— ir con sombrero por la calle. Ahí arrancó la desafección de las clases medias republicanas.

El clasismo, directo o invertido, es poco popular y poco lógico. Lo natural es la admiración mutua cuando es merecida, como la que inspiró a Tolkien en El señor de los anillos: la de los jóvenes oficiales universitarios y sus asistentes de origen popular en la Gran Guerra. De aquel compañerismo salió lo mejor de cada cual y lo imprescindible para la patria. Es el espíritu que sostiene la obra de Tolkien. La gente normal es mucho menos prejuiciosa de lo que creen los pijos vergonzantes y los izquierdistas de clase alta. Quien habla (incluso alabándolo) del giro lepenista u obrerista de Vox no hace sino intentar ponerle puertas al campo.

La amistad y el trabajo entre clases son no sólo posibles, sino enriquecedores. Vox debe ser un partido popular —porque defiende al pueblo, que es la nación—, pero nunca un partido de clase, porque no lo es ni —siendo antimarxista hasta la médula— puede serlo.

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