España explicada a mis abuelos
España explicada a mis abuelos
Por Itxu Díaz
2 de julio de 2026

Nacisteis en una España embellecida y paupérrima, donde la nobleza de corazón de unos convivía con las pequeñas miserias de otros, que en todas partes cuecen habas, en la que las gentes honradas debían compartir escenario con los sectarios amigos de la violencia y la anarquía. Despertaba el sangriento siglo XX. Despertaban los frutos envenenados de los monstruos de la razón. Y, de puertas adentro, cada familia trataba de ser un templo, que aún primaba la tradición y la vieja aspiración de buscar el bien, la paz y la prosperidad. 

De la sangre repugnante de la república surgió una guerra fratricida, que fue de supervivencia, que muchos hicisteis a desgana por salvar lo propio, y a los propios, que desde entonces los días intermitentes transcurren tratando de esquivar la pulsión asesina y destructora de las izquierdas, sea cual sea el contexto y el almanaque. 

En los últimos suspiros del siglo os fuisteis despacio, dejando para el olvido una niñez de escasez y males endémicos, y alumbrando una nación unida, moderna, y próspera —bendito aquel desarrollismo tan denostado por los idiotas—, sobre la que pudo levantarse la manoseada Transición, eso que tan bonito sonaba en los libros de Historia, que vienen hoy a mi memoria entre el aspecto elegante y espigado de un joven Suárez entrajetado, las gruesas gafas de Calvo Sotelo, y el cinismo de la pana en el lomo del señorito González. 

Bastaba ver el telediario. Al partir ya habíais detectado el bicho reincidente del socialismo, en las corruptelas y mentiras, en el empobrecimiento y el desempleo, en la incompetencia y el robo institucional, es decir, en lo de siempre. Nada, sin embargo, parecido a lo que estaba por venir. 

A aquel Aznar que hablaba catalán en la intimidad, que visteis jugar en sus primeros encuentros, le siguió uno más audaz, mayoritario, y atlántico que enfureció a las izquierdas, primero porque amenazaba con irse triunfal sin perpetuarse en el poder, y segundo porque España al fin, pese a los peros, había encontrado un punto de equilibrio aceptable entre los principios, las alianzas internacionales, y la prosperidad económica. Una mano nada inocente hizo estallar los trenes de Madrid, y la España que construyeron las generaciones que padecieron la guerra civil y sobrevivieron a la maldad de las ratas de ETA, con enorme esfuerzo y con no pocas renuncias, saltó también por los aires. Y al ver los cuerpos tendidos en Atocha, jamás imaginamos lo que vendría después. 

Y eso que debimos sospecharlo cuando, ante la mayor masacre terrorista de Europa, la oposición no llamó a la unidad, sino a la división y a la guerra fratricida, aquel infame día en que las almas parecieron poseídas por el peor de los demonios del siglo XX, y los más bajos instintos colectivos y colectivistas anegaron las alcantarillas de la nación, haciendo borbotonear odios, rencores y violencias. Aquello culminó con el tonto de las cejas en La Moncloa, y resultó ser que, de tan tonto, se hizo malo como el más peligroso de los tiranos del siglo anterior, cuando la izquierda trabajaba sin descanso para liderar hambrunas y noches de terror.

España, la que levantasteis una y otra vez a lo largo del siglo de las bestias, no murió en unas elecciones, se coció en su autodestrucción como la rana de la olla a fuego lento. Quiso despertar, a ratos, conservadora, familiar y sensata, echándose a las calles cuando aún servía de algo, pero fue adormecida una y otra vez por un progresismo cicatero, que nunca fue de frente, que sedó el vigor de la nobleza que aún era mayoritaria hasta entontecer a las masas. 

Hubo, supongo, una oportunidad malgastada de salvación nacional tras el zapaterismo, pero aún tengo mis dudas de si hubiera sido eficaz, porque la construcción de la España que conocimos de niños no fue obra de un bando de una lejana contienda, sino el gran acuerdo que mal que bien se logró, conviene decirlo, gracias al magnánimo corazón de los que heredarían el poder tras la dictadura, que quizá hoy podríamos considerar ingenuo en exceso. Roto el acuerdo de la Transición por parte de las izquierdas, nada en la España que habitamos tiene sentido, ni las leyes, ni las convenciones electorales, ni la confianza en que las instituciones serán lideradas por gentes de buena fe. Con casi media España dispuesta a romperlo todo, con el PSOE posterior a Zapatero en la bancada, tengo algunas dudas de si hubiera sido eficaz un plan de salvación nacional ejecutado en exclusiva por el centro-derecha.

Sea como sea, quedó nuestra nación al albur de los peores, de los más malvados, de los hijos del culto a la inmoralidad, agazapados tras unas ideas progresistas en las que ni siquiera creen, que utilizan sibilinamente para aletargar a las masas, mientras hacen el trabajo para el que habían venido, a saber, llenarse los bolsillos, las braguetas, y los egos.

Cayó España en el sanchismo, así le llaman al virus, y fue todo emputecido hasta extremos inimaginables para la inmensa mayoría de aquellos que un día, hace casi cien años, hicisteis una guerra entre hermanos en la que nada fue bueno, ni recordar queríais, salvo —como se ha demostrado— la victoria de los que no aspiraban al genocidio de la otra mitad de los españoles. 

Cómo explicar que la España por la que en tantas familias se abrió cisma en armas, la España de la reconciliación y el Valle, la de la posguerra y el alegre desarrollo, la España del orgullo patriótico compartido, la que debía abrirse al siglo XXI de las esperanzas, no ha necesitado iglesias en llamas, ni asesinatos, ni revoluciones auspiciadas por golfos visitadores soviéticos, para convertirse en un erial, para dejarse robar hasta los restos de las miserias por una indecorosa manada de gilipollas. No sé, en fin, si esto es una crónica o una disculpa avergonzada hacia esos abuelos que, de uno u otro bando, errados o no, lucharon —luchasteis— hasta perder la vida y la salud, con fervor patriótico, por salvar una misma nación hoy secuestrada por malhechores de tres al cuarto.

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