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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

España será como ir en metro

24 de junio de 2024

La tristemente famosa Noche de San Juan, que ha consagrado un desorden poco mediterráneo, se ha hecho, además de triste, trágica por los muchos crímenes. No hay día sin machetazos ni degollamientos.

Vivimos una especie de galopante crimenflación, y las causas son conocidas. Hay una inmigración desordenada y un problema de mafias y de bandas que tendrá consecuencias políticas porque la inseguridad cambia a las personas. «Un conservador es un progresista al que han atracado». Sin llegar a un Bukele, la seguridad será fundamental. Se ofrecerá un liberalismo de lo sucinto, del orden.

Pero siendo graves los crímenes, quizás lo más significativo sea otro dato del que informaba ayer el INE: dentro de 50 años, la población nacida en España pasará del 82% al 61%. Casi la mitad serán no nativos. España será como ir en metro. Toda España será el metro. No hace falta pararse a pensar si esto es bueno o malo, porque ya es evidente que en sí mismo será importante y distinto. Las cosas que ya resultan difíciles lo serán mucho más. Serán casi imposibles.

La desnacionalización de España, tan avanzada ya, será reforzada con un cambio demográfico y cultural jamás visto. Por supuesto, para quienes un país es una territorio y una Constitución (y un Rey agarrado a ella mirando el infinito), esto no supone cambio alguno, apenas una mínima reconsideración cultural, quizás la oportunidad de nuevos restaurantes.

Ni siquiera hace falta hablar del Islam; ya mismo, en cincuenta años, tenemos proyectada la más que posible realidad de esa futura España: un país dual, en su mitad desnaturalizado, viejo y solitario. Desmemoriado, senil, menguante. Habrá para entonces 17 Comunidades Autónomas que serán ya 17 estadillos (obra de tanto Alfredo Länder), 17 literaturas, 17 formas de ser (cada una con su cerveza) y todo ese patrimonio, todo ese acervo plurinacional, ¿para qué? ¿quién lo transmitirá?

Habrá menos españoles, lo cual, francamente, tampoco está tan mal. Son gente insoportable. Pero el hecho positivo de que haya menos españoles no puede ocultar el hecho inquietante de que España cambie. Será más débil su conciencia de sí y su sentido de continuidad. En los cementerios, por ejemplo, habrá muchas tumbas que no le hablarán a nadie. Muchos muertos hablarán a menos vivos y será más importante la tierra, el clima, el aire, la luz, que será lo que españolice a los nuevos españoles.

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