Me decía el otro día un amigo en referencia al último intento indepe —frustrado gracias a Dios—, de malograr la bendición de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia: «Tienen su mérito, porque no es tan fácil elegir la opción equivocada en el 100% de las ocasiones en que se te presenta una decisión importante».
Este viaje del Santo Padre a España nos ha recordado algo que, gracias a Dios, ya teníamos muy olvidado: la turra indepe, protagonizada sobre todo por señoras de avanzada edad y cincuentones que siguen con la crisis de los cuarenta, quienes por unos días se han vuelto a hacer presentes en el espacio público.
Han vuelto al prime time las tertulias insulsas hablando en este caso de cuantas palabras pronunciaba el Papa en castellano y cuántas en catalán en su viaje y pamplinas de parecido calibre. Ha vuelto el victimismo ridículo al que nos tenían acostumbrados, llorando porque ¡oh, sorpresa! no les dejaron sacar unos papeles arrugados con los que pretendían frustrar la mística del acto.
Para esta gente siempre es buen momento para sacar a relucir sus trapos. El resto de la humanidad no hemos sido capaces de descubrir la belleza que ellos sí y, convencidos de estar realizando una obra de misericordia, no hay evento inadecuado para escenificar su performance. Les da igual si es el funeral de un abuelo que luchó en el bando nacional, un partido de fútbol del colegio, una cata de vinos o una misa celebrada por el Santo Padre.
Es bastante reseñable la escasa noción que algunos tienen de saber estar. La suya es una actitud muy evangélica, pero evangélica de los evangélicos, no católica. Hacen como esos que a las ocho de la mañana se ponen a berrear en el metro y a comer la oreja a los pobres curritos que bastante tienen ya con lo suyo.
Evangelizar está muy bien, también en la vía pública, pero pegar cuatro gritos a ritmo de rap, moviendo las manos como en mitad de un ataque de epilepsia y, ante la indiferencia de la gente, seguir todavía con más decibelios porque, «pobres, ellos no saben que lo necesitan» es otra cosa muy distinta.
Incluso los más aguerridos evangelizadores siempre han tenido claro que la distancia personal se respeta, que si alguno no quiere abrirte la puerta para que le anuncies la Buena Nueva, no entras. Que, si bien una plaza el sábado o el domingo por la mañana puede ser un buen lugar para anunciar a Cristo —como hacen los del Camino Neocatecumenal—, hacerlo en la comunión de tu sobrina, subiendo espontáneamente al altar, está completamente fuera de lugar.
Los indepes intentaron romper un momento místico de comunicación entre el cielo y la tierra, entre el Creador y la creación, lo creado y lo increado. Pero por suerte volvió a salirles mal la jugada y, aunque por el camino dejaron a varias víctimas, como es habitual, ni siquiera consiguieron los ocho segundos de gloria que lo habrían arruinado todo. Por ahora tendrán que conformarse con seguir celebrando los memorables ocho segundos de república catalana.
Al final será verdad que las personas no cambian. Siguen con el don de no acertar nunca.