«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Estado fallido

20 de agosto de 2025

En 1985 tuve la oportunidad de cubrir los terremotos de México. Fue una carambola profesional. Yo apenas empezaba en esto del periodismo. Era un joven —jovencísimo— redactor de La Vanguardia. El corresponsal en América Latina, el gran Joaquim Ibarz (1943-2011), estaba de vacaciones en España. Y yo tenía billete para México D.F.

En realidad, fueron dos movimientos sísmicos. El primero, el jueves 19 de septiembre. Con una magnitud de 8,1 en la escala Richter. Duró dos minutos. El otro, la réplica, al día siguiente y de casi igual intensidad. Acabó de rematar la faena. Muchos edificios, afectados por el anterior, acabaron derrumbándose. El vuelo fue muy duro. Trece o catorce horas porque hacía escala en Canadá. Lleno de ansiedad. Iba cargado hasta los topes. Con muchos mexicanos angustiados por la suerte de familiares y amigos. Entonces todavía no había internet ni móviles.

Lo que más me llamó la atención es que muchos inmuebles habían colapsado como sándwiches. Las columnas habían cedido y se veían las plantas superpuestas una encima de la otra. Como se pueden imaginar, rescatar a los que habían quedado encajonados entre planta y planta era tarea casi imposible. Además, eran de hormigón. Muy difíciles de perforar. Los servicios de rescate tampoco daban abasto. Sobre todo eran edificios oficiales. Con lo que, probablemente, habían colapsado también por la corrupción. Lo típico: se había presupuestado la construcción de un inmueble por una determinada cantidad y se había desviado una parte del presupuesto en comisiones. De manera que ello había redundado en la calidad de los materiales. México tenía, tiene, un problema crónico de malversación de caudales públicos. Aunque aquí empezamos a ir a la zaga. El mayor espectáculo lo viví en Tlatelolco, uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad. ¿Saben quién dirigía las operaciones de rescate? Plácido Domingo. Plácido vivió en el país en su infancia y adolescencia. Además, habían quedado sepultadas en la zona unas tías suyas si no recuerdo mal. Me sorprendió: una estrella de la ópera dirigiendo operaciones de rescate

Venía, por ejemplo, alguien y le decía: «Plácido, te traemos agua». O mantas. O lo que fuera. Y él contestaba con toda la buena voluntad del mundo: «Dejadlas ahí». Recibió también la visita del ministro de Sanidad, Ernest Lluch, luego asesinado por ETA. Todavía recuerdo cómo me enteré de la noticia. Me quedó grabada. En este caso, el ministro anunció que habían traído una máquina alemana —enfatizó lo de «alemana»— para rescate de personas enterradas. Me parece que el aparato en cuestión no llegó a funcionar correctamente porque era para rescatar a mineros, en terreno montañoso, no a desaparecidos entre cascotes. Pero, en todo caso, refleja que el Estado mexicano falló. Y que tuvo que organizarse, como pudo, la sociedad civil. Los españoles solemos mirar a México por el rabillo del ojo. Por sus problemas endémicos.

Con las inundaciones de Valencia tuve la misma sensación. Estuve pocos días después en Sedaví, en Masanasa, en Catarroja, en Albal y tampoco vi al Estado. El escritor Santiago Posteguillo residía a cincuenta metros del Barranco del Poyo. En una comparecencia en el Senado —el vídeo se puede ver en YouTube— explicó que cuando empezó a desbordarse, se refugiaron en la azotea. Pero que era muy raro porque, en Paiporta, «no había llovido». El día de la tragedia, «nos acostamos sin luz ni agua» pensando que, al día siguiente, serían rescatados. Pero «al amanecer no había nadie». 24 horas después aún «no había policía ni ejército» ni «vino nadie en todo el día». El cadáver de una joven china de un bar cercano al que él le había comprado alguna vez una botella de agua permanecía en medio de la plaza velado sólo por su madre. Esa noche ya hubo saqueos y «al tercer amanecer en el que no había nadie» llegó a la conclusión de que tenían que salir de ahí «por nuestros propios medios». Él y su pareja llegaron andando a Valencia.

Se considera un privilegiado porque, tras publicar más de una decena de libros con éxito —fue también Premio Planeta en el 2018—, tiene un piso en Valencia y podía sobrevivir por sus propios medios. El novelista terminó su intervención preguntándose: «¿Cómo se puede ser tan miserable desde las instituciones?». «No tienen ni idea de lo que está pasando la gente», insistió. Y concluyó con una pregunta devastadora: «¿Cómo puede ser que en 40 horas no viniera nadie? ¿Alguien me puede explicar cómo puede pasar esto en España, en el siglo XXI?».

Con los incendios de Galicia, de Castilla y León, de Extremadura y de Andalucía me he hecho la misma pregunta. Cuando ves a bomberos desbordados, vecinos desamparados y pueblos destruidos, te haces la misma pregunta: ¿dónde está el Estado? Es verdad que Pedro Sánchez, al final, ha interrumpido sus vacaciones. Pero al cabo de una semana. Y la mayoría de ministros han tenido que salir en su defensa o a culpar a las comunidades autónomas. No digo que no tengan responsabilidad, pero por encima de los gobiernos autonómicos está, en caso de emergencia, el Gobierno. Y, como en Valencia, ha aparecido tarde y mal.

Lo ocurrido da argumentos a VOX: ¿para qué queremos un Estado de las autonomías si en momentos de crisis no funciona? En Cataluña —de momento nos han respetado los grandes incendios— hay hasta siete administraciones: municipal, comarcal, provincial, veguería, autonómica, estatal y la de la Unión Europea. Tiemblo sólo de pensarlo. Toquemos madera.

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