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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

La estampida y el rey

25 de junio de 2014

Las fotografías de don Juan Carlos están amarilleando a toda prisa. Quizálo estaban hace mucho, pero como ahora volvemos a mirarlas nos parecen todavía más rancias, y al descolgarlas del cuerpo de guardia del cuartel, o del vestíbulo de la diputación, se aprecia el cerco de polvo de la pared, que tiene el mismo grosor que cuando retiraron las del Caudillo, o sea mugre de casi cuarenta años. Juan Carlos I ya era rey cuando se llevaban los pantalones de campana, cuando se hacían esas horribles fotos sepia, cuando el mostacho de Miguel Ángel guardaba la portería de la selección y los teléfonos eran de baquelita. Era otro siglo, a lo mejor también era otra edad. Y sucede que vistas en un libro -o en wikipedia-, las imágenes de la monarquía austrohúngara son antiguas, pero las del juancarlismo sólo son viejas. El peligro de pretender estar siempre en la vanguardia de la moda es que un nanosegundo te quedas obsoleto.

Cuando los tiempos nuevos se han sujetado en exceso salen luego en una estampida como las que contaba Zane Grey, dejándolo todo pisoteado y hecho unos zorros. De los vientos caprichosos de la historia, de la veleta de los pueblos, los monarcas se salvaban por el cultivo de la majestad, una virtud idéntica a la que protege el arco apuntado o la bóveda de crucería, que pueden convertirse en graneros, pero que rara vez se destruyen. Pero aquí la majestad se sustituyó por la campechanía, que es más o menos lo mismo que quitar de la mesilla a Plutarco para poner a Paulo Coelho.

Como el viejo rey ya no es rey, pero tampoco se ha muerto, no puede esperar la tradicional condecoración que los españoles solemos otorgar al que tiene el buen gusto de fallecer. Si queréis los mayores elogios, moríos, advertía Jardiel, y sensu contrario la supervivencia más allá del poder no goza de popularidad. El gobierno se va a quedar sólo en su intención de aforar al rey viejo no porque no sea algo lógico, sino porque los demás ya están más cerca de aquellos iraquíes que se subían a la estatua de Sadam y golpeaban el busto con sus zapatillas. No se lo pueden reprochar; resulta bastante imbécil ponerse delante de la estampida del tiempo nuevo.

 

 

 

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