Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.
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Nacido en Madrid, de madre inglesa, casado y padre de cuatro hijos, es un empresario, abogado y articulista que pasó más de una década inmerso en el mundo de la política madrileña. Sus pasiones son escribir, la empresa y la política.

Al poco de confirmarse la pandemia del covid-19, Pedro Sánchez afirmó que era el momento del Estado. Todo lo resolvería el Estado Hay que recordar que en aquellos tiempos se llegó incluso a incautar material sanitario a las empresas y se negaba la posibilidad de asistencia de los hospitales privados que en algunos lugares de España tienen una red muy importante y eficiente.  Sufrimos el peor encierro de Occidente y también las peores cifras de la enfermedad. El Tribunal Constitucional ha ido tumbando todas las medidas legales que fue imponiendo el Gobierno.

Hoy, dos años después, seguimos con pocas certezas. La vacunación puede considerarse cuanto menos errática en sus resultados. Hacen falta varias dosis, la llamada “inmunidad de rebaño” es una entelequia, y gente perfectamente vacunada coge el Covid al poco de recibir la dosis. Parece que al final la madre naturaleza será quien convierta la pandemia en una endemia, como ocurrió en el siglo pasado con la mal llamada gripe española.  El virus pierde fuerza y parece que remite al menos en sus efectos y consecuencias. Siempre, la sabia naturaleza y su capacidad para reequilibrarse.

En lo económico la gestión ha sido  muy negativa, y puede que catastrófica. La deuda pública se ha disparado aún más de lo que hicieron Rajoy y Montoro, y hoy estará muy probablemente en el 150 por ciento y subiendo.  Nadie es capaz de pronosticar —quizá sería entrar en el campo de la magia, de la adivinanza— cuanta deuda puede aguantar una economía como la nuestra: ¿ el doble, el triple?  

La inflación puede dar al traste con todo el tinglado. La inflación suele venir acompañada con una subida de tipos de interés y con los niveles de endeudamiento púbicos, y también privados, el panorama puede acabar siendo catastrófico.

La regulación, más bien la hiperregulación que sufren nuestros empresarios, no se ha tocado. Al revés, se ha endurecido porque la competición legislativa de las comunidades autónomas, la avidez de regularlo todo, sigue siendo la tónica de nuestros gobernantes regionales. Un escenario empresarial dificilísimo, del que apenas hay queja… porque quien se queje no sale en la foto.  

Se ha hecho tanto proselitismo del Estado, se ha negado tanto la libertad del individuo, que podría considerarse que esta es la nueva normalidad

Una foto que es la del reparto de los fondos europeos. Si se han atrevido a darle dinero a una aerolínea como Plus Ultra o a la discoteca Pachá, la que se avecina puede ser de órdago.  Desde luego a los autónomos y a nuestras pymes, que representan más del 90 por ciento de nuestro tejido empresarial, poco o nada les va a llegar. Y además, pronto empezarán a vencer los créditos ICO que se concedieron de forma masiva para paliar los efectos de la pandemia.

Ser empresario en este contexto es muy difícil. Hace falta una enorme vocación y capacidad de sacrificio sobre todo con una Hacienda cada vez más disparatada y que practica ya directamente la incautación de rentas y beneficios para alimentar a un Estado cada vez más ineficiente. Hoy es muy difícil que haya rotación de activos, esencial para darle agilidad a las empresas y a nuestra economía porque el coste fiscal es inasumible. Estamos ante un panorama muy desalentador para la creación real de riqueza.

Ante esta avalancha de estatismo hay poco que hacer más que denunciarlo y aguantar la tormenta, que es enorme, y ciertamente grotesca. El Estado no va a resolver los grandes desequilibrios de nuestra sociedad: la educación, la vivienda y, sobre todo, los niveles catastróficos de paro, en particular entre los jóvenes.   

Vivimos tiempos de estatismo aberrante, enfermizo, donde casi todo se confía a la labor cada vez más ineficiente del Estado. Se ha hecho tanto proselitismo del Estado, se ha negado tanto la libertad del individuo, que podría considerarse que esta es la nueva normalidad. Hasta hace poco vivíamos en la esperanza de una sociedad con alta productividad, salarios altos y baja fiscalidad.  El primer paso es acordarnos que estos deben ser nuestros objetivos.  Estos son los objetivos de los países con los que nos gusta compararnos.

El estatismo enfermizo es ambivalente.  Supone una derrota, más bien una dejación del individualismo atemorizado por la pandemia, pero también implica la habitual soberbia del planificador, de quien pretende el diseño total de nuestras sociedades. Las temibles utopías que tanto daño han hecho en muchos países. Una soberbia muy humana, pero que fracasa una y otra vez. Pero, seamos optimistas, las sociedades tienden al progreso y al equilibrio, y después de estos tiempos vendrán otros más brillantes y más innovadores. Algo similar ha ocurrido con el covid-19: la ciencia iba a derrotar el virus, y parece que al final, va a ser el virus, o la sabia naturaleza quien lo mitigue hasta convertirlo en un catarro más.

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