«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Esto vir

17 de marzo de 2026

Ya Cicerón decía que el rostro es la imagen del alma. El refranero hizo suya la idea y los fisionomistas de los siglos XVIII y XIX creían que la personalidad, el carácter o incluso la moral de una persona podían deducirse de sus rasgos faciales. Debemos toda una iconografía del villano a las teorías de Cesare Lombroso o a los sistemas de identificación criminal desarrollados por Alphonse Bertillon. Así, una mandíbula prominente, las orejas grandes o una frente baja dieron mucho juego tanto a la policía como al imaginario popular.

Me gusta mirar caras. No para desenmascarar a l’uomo delinquente, claro. Suelo entretenerme en aquellos rasgos que cuentan una historia de siglos. En una nariz cuyo puente ha permanecido impasible a sucesivas recombinaciones génicas. Miro con complicidad la caída del arco de una ceja que su propietaria detesta, pero que habla tanto de su familia como su apellido. Cada vez es más difícil encontrar estas singularidades de genes dominantes, supervivientes a las generaciones. La gente, las mujeres, se parecen cada vez más entre ellas —obra y gracia de la cirugía— y, en cuanto te descuidas, se reforman los pómulos o los labios y barren a la tatarabuela de la cara.

Tengo los tobillos finos, las piernas firmes, de mi abuela paterna, y su cabello oscuro y abundante. También tengo localizados a los culpables de lo que no me gusta. La conocí lo suficiente para ver reflejado a mi padre en ella y, ahora, a mí en él. Vi lo importante del cine antes de los diez años porque mi bisabuelo Luis fue proyeccionista de películas. Sé que escribo por todo lo que mi padre leyó. Puedo ser generosa porque, sin que nadie nos tuviera que regalar un cuento de «valores», vimos a nuestros mayores ayudar a quienes podían. Ahora poseo la capacidad de jugar con las palabras por su costumbre de abordarte en cualquier momento o pasillo y decirte: «¿Te he contado ya de dónde viene la palabra tertuliano. Tan suyos son los benditos hoyuelos de mis mejillas como la fe. Es nuestra gracias a que nadie de la cadena de relevos, por duras que fueran las circunstancias, flaqueó en su transmisión.

La vida de todo hombre tiene ese momento casi fundacional en el que decide qué quiere ser. Los romanos lo resumían en una fórmula breve: esto vir, sé un hombre. No en el sentido biológico, sino en el moral: estar a la altura de lo que se ha recibido, hacerse digno de lo heredado.

El padre, imperfecto siempre, toma la determinación de ser fiel a una misión. No es otra que la de guiarnos al orgullo del alma. Así lo llamaba Ramón Gómez de la Serna. Las exigencias del alma nos mantendrán a flote maltrechos, apaleados o abandonados. En el máximo vencimiento, en los defectos, reveses, descontentos y pecados, sabremos quiénes somos.

Tengo la teoría propia, tan poco científica como las de Lombroso o Bertillon, de que las mujeres heredamos las manos de nuestros padres y los hijos, las de las madres. Las de los padres sostienen el fuego recibido y procuran que llegue encendido a la siguiente generación. Lo hacen casi siempre de manera discreta, silenciosa, oculta, con pocas frases en la trama, pero su presencia sostiene toda la historia.

En nosotros confluyen linajes antiguos desde la noche de los tiempos. Si nos remontamos a cosechas, inviernos, epidemias, oficios, guerras y civilizaciones, estoy segura de que en la estirpe de mi padre, en algún punto, hay un carpintero de Nazaret.

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