Un viernes de Cuaresma, frío y lluvioso, gris, es un día perfecto para meditar sobre lo que nos ha traído aquí, a esta situación, a estos momentos, a esta cesura inminente. Porque aunque en lo que sería luego Occidente no lo sabía nadie aún, Occidente nació en Viernes, y ni siquiera lo hizo en Occidente. Quiero pensar que fue un día como hoy, plomizo, frío.
Nadie se dio cuenta de nada en nuestras tierras, ni aún el legionario de la lanza que vio a Dios, a un dios tan distinto de su Júpiter tonante y dorado, en ese reo exangüe fijado a un madero, tan lejos, ay, de Roma. Ningún filósofo itinerante en Grecia hizo una pausa en su perorata incansable, ningún senador en la Urbe detuvo en un minuto de silencio su discurso institucional de acueductos y calzadas.
Pero entonces pasaron muchas cosas, murieron unas, nacieron otras. La menor: Occidente. Un espacio de lenta condensación en el que las consecuencias de aquella ejecución remota fueron abriéndose paso en el populoso imperio, armándose con la gloria que fue Grecia y la grandeza que fue Roma. Y lo cambió todo.
Creo que fue Meloni la última en la esfera pública en recordar la perogrullada, que Occidente es el resultado de esa magnífica alquimia civilizacional que combinó la fe que nos llegaba de Jerusalén con el orden político romano y la inteligencia griega. Y sí, eso es Occidente, por más que la constitución europea lo escamoteara.
Y ahí está el problema, el malentendido fatal. Ursula Gertrudis, digamos, habla de continuo de «valores europeos», como pueda hacerlo yo mismo (aunque yo cambiaría «valores», tan vago, por «principios»), pero ambos estaríamos apelando a ideas no meramente diferentes, no sutilmente distintas, sino antitéticas.
Cuando, no sé, la propia Ursula o Thierry Breton hablan de valores europeos, no se refieren al producto de esa tríada prodigiosa, literalmente providencial, sino al proceso revolucionario que nació para sustituir todo eso. Occidente no murió entonces, ni muere de golpe, pero quedó herido de muerte o, mejor, infectado por una peste no por lenta menos mortal.
Ambos «occidentes», ambas Europas han convivido hasta ahora, entre el combate sangriento y el compromiso necesario, pero el pueblo está exhausto y las ideas no vividas ni celebradas se encuentran al borde de la extinción. De hecho, uno de los principios que hoy más se celebran como europeísimos, la sustitución poblacional, la idea demencial de que los individuos son intercambiables y no traen lealtades propias y cosmovisiones coherentes y, si se me permite, resilientes, es lo que acelera el fin.
Parece tonto repetirlo, pero como nuestros mandarines nos querrían multar aun por pensarlo, conviene hacerlo: no hay Europa sin europeos. Pudimos haber dado al mundo lo que nos hacía únicos, una civilización grandiosa; elegimos, en cambio, predicar una identidad postiza, diseñada en gabinetes de pedantes. Cambiamos la fe por las ideologías, y el mundo está dejando de comprar.
El torrente de heridas autoinfligidas alcanza lo imposible, no paran las ideas destructivas, las ceremonias del más sádico autoodio. Y entonces vuelvo a ese Viernes, a esa muerte tan definitiva, tan desoladora, y recuerdo otro momento, una mañana, sólo tres días después.