Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Bajo la ikurriña del batzoki de la calle Etxegorri, sito en Astrabudua, barrio eminentemente maketo de Erandio, flamea desde hace unas fechas la bandera arcoíris. Las franjas violeta, azul, verde, amarillo, naranja y roja, casi tocan un artificioso tejadillo a dos aguas que lanza un guiño arquitectónico y popular al nombre de la calle -Echegorri significa «casa roja»- que recuerda que en otro tiempo esta fue una zona agrícola salpicada de caseríos, antes de que el franquismo la industrializara, convirtiéndola en lugar de afluencia de españoles no vascongados que trataban de mejorar sus condiciones de vida. Maketos, según la terminología araniana, que contribuyeron al periodo de acumulación capitalista sin el cual no habría sido posible el tránsito «de la ley a la ley» que ha llevado a las tres provincias vascas a su unificación como comunidad autónoma y a niveles de prosperidad impensables en otras regiones españolas.

Los administradores del terror secesionista saben que alcanzarán más logros con la plática que con la pistola o el amonal

Hábil pescador en las sectarias y revueltas aguas del bipartidismo español, el PNV, dueño del mentado local en el que también figura el lauburu, ha sabido extraer ingentes recursos de Madrid con los cuales compensar la opresión del Estado Español que en su día levantó, entre otros, el Hospital de Cruces. De una de las ramas de tan frondoso árbol, que las metáforas vegetales siempre fueron compañeras del partido de Euskadi y las leyes viejas, brotó la banda terrorista ETA que, tras dejar un rastro de muerte y casi trescientos asesinatos por cuyo esclarecimiento Europa, en cuyo seno surgieron verdaderos santuarios de etarras, parece interesarse, acaba de anunciar que da por terminados los recibimientos públicos a los terroristas excarcelados. Legitimados en numerosas mesas de diálogo, los administradores del terror secesionista saben que alcanzarán más logros con la plática que con la pistola o el amonal. Es precisamente el abandono de la vía armada el que ha abierto una sorda pugna entre las dos facciones dominantes en la Comunidad Autónoma Vasca: el PNV y EH Bildu. Un pulso que tiene mucho de generacional y que ha obligado a los gerifaltes aranianos a plantear un cambio de estrategia para evitar o, al menos retrasar, el adelantamiento de la facción de Otegui. En ese contexto es donde se hace posible, e incluso necesario, el giro verde dado por el PNV, pero también la acogida, entre otros, de los postulados LGTBI, tan chirriantes dentro un colectivo cuyo fundador acusaba de afeminados a esos españoles a los cuales había que negar el auxilio si caían en la ría bajo el pretexto de no entender su idioma.

Consumado el Brexit, la actual Comunidad Autónoma Vasca, antesala de la soñada Euskal Herria convertida en sujeto de soberanía, excepción hecha de los territorios vascos pertenecientes a Francia, ya no anhela vivir bajo el suave yugo de Gran Bretaña, sino convertirse en una pieza más dentro del mosaico regional europeo diseñado en Bruselas y sujeto a una agenda de pretensiones globales pilotada por grandes corporaciones. Su escala y su economía encajan a la perfección dentro de un proyecto del largo y germánico aliento. Sin embargo, el plan se ha ido modificando con el paso del tiempo. Hoy son las identidades, algunas, no todas, las que pretenden desbordar los límites nacionales. Es en tan compleja realidad donde se desarrolla el pulso entre EH Bildu, que ya ensayó una coloración alternativa a la ikurriña, y el PNV que ahora la acompaña con la arcoíris.

Los nuevos tiempos son multicolores, plurales. En este caso, dado el habitual abuso del prefijo, euskocromáticos. Tanto, que hasta incorporan el color amarillo que en su día, identificado con el gualda español, fue talado por el hacha, compañera de la serpiente, en el Bosque de Oma pintado por Agustín Ibarrola.

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