En mi prime. A riesgo de ser funado, que no tengo el mood para farolillos, renuncio al troleo colectivo a los zagales que estos días participan en las batallas de «farmear aura» por las ciudades y pueblos de España, y me dispongo a soltar unos factos. Siempre hay que tener presente a Quevedo, que vivió su vida basado, aunque la cita que tanto se le atribuye es en realidad de Baltasar Gracián: “Todos los que parecen estúpidos, lo son y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen”.
Vistas las cosas de esta manera, y teniendo en cuenta la gran cantidad de idiotas que puebla el universo –-a mayores, la parte de estupidez que en natural reparto nos pertenezca–, no es tiempo ya de conclusiones precipitadas sobre el fenómeno viral del verano. No hace tanto fui muy crítico con los famosos cazadores de Pokémons, tontería viral del cosmos de los videojuegos que provocó que adolescentes de todo el mundo caminaran por las calles viendo una realidad paralela, y moviéndose como si hubiera una epidemia de fentanilo. Sin embargo, pocos años después del momento álgido del fenómeno, casi los echamos de menos, que al menos aquella caza era humanamente inteligible y podía explicarse de un modo bastante sencillo. Prueba a explicar qué demonios es six-seven o skibidi y caerás en un círculo vicioso de desconcierto.
No obstante, algo que me gusta de estas últimas modas es que carecen de propósito. Tenían una razón de ser las tribus urbanas de los 80 y 90, sobre todo, diferenciarse o reafirmarse; tenían una razón de ser las colecciones ochenteras de pegatinas, chapas, y otras bobadas; y hasta tenía una razón (estúpida) de ser la lisérgica moda de aquella mascota virtual, el tamagotchi. Pero no la tiene six-seven y, en realidad, tampoco la tiene farmear aura. Y eso lo hace absurdo, vallinclanesco, y genial.
Por si los despistados: las batallas de farmear aura consisten en dos tipos que se enfrentan cara a cara con gestos, miradas y movimientos, en feroz competición por ver quién de los dos proyecta más aura a los ojos de los observadores del combate, es decir, quién aparenta ser más seguro, con más estilo, más poderoso, y más influyente o atractivo para los demás. Se enfrentan sin pegarse, aclaro para los de mi generación.
Así, levantan una pierna, hacen malabarismos con las manitas al ritmo de «six-seven» como el Papa, o se agarran de una determinada manera codos y rodillas mientras oscilan de lado a lado al ritmo de su respiración como si fueran personajes de un videojuego. Como amante de la generación del humor que abrazó el absurdo, desde Tono hasta Jardiel, creo que estamos en el momento más dulce de la civilización occidental, el final de la larga historia de decadencia y vacío tal vez. Los jóvenes ya no se apalean unos a otros como hacían rockers y mods, los chavales ya no hacen botellón y llegan a casa a dando curvas, y tampoco participan en siniestros juegos de rol con final en el telediario. Ahora farmean aura, que es tan inofensivo como bailar rap en la calle con un radiocasete ochentero al hombro, pero mucho menos molesto.
Después de todo, farmear aura, para un adolescente, es volver al origen de cualquier adolescencia, cuando todo lo que importa es mostrar una determinada imagen al mundo exterior, es decir, construirse un personaje que los demás deben, sino validar, al menos valorar. El que triunfa farmeando aura se convierte de pronto en el mismo que ganaba la batalla entre dos tribus urbanas, en el chaval que lograba montar un grupo de pop en el Madrid de los 80, en el goleador de un equipo escolar en cualquier época, en el líder juvenil de la facultad, arrastrando masas con su carisma, temperamento, y presencia; obviemos por una vez que tal gesta puede lograrse tan solo saltando como una rana, agarradas las manos a los tobillos, en plaza pública, o balanceándose en una falta como el futbolista de un videojuego, al tiempo que se ponen caritas de superioridad al contrincante.
Dicho esto, conviene subrayar que farmear aura no es el final del camino, tan solo una cobertura exterior. Y el aura se pierde fácil. Como imaginas, el aura que compensa farmear no se ve a los ojos de los demás y habita debajo de la piel. Y, en caso de duda, siempre habrá una madre para recordárnoslo; lo digo pensando en la genial viñeta del dibujante gallego Luis Dávila, en la que una madre señala una habitación totalmente desordenada, y dice al hijo –traduzco libremente del gallego-: «Oye, Josito. Te has dejado toda esta aura sin farmear«.