«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Feijoo hace de Sarkozy

30 de septiembre de 2025

El Partido Popular se está enredando cada vez más en el debate migratorio y es un fenómeno interesante. Propone medidas, como la expulsión de aquellos extranjeros en situación irregular que delincan o la limitación de su acceso al ingreso mínimo, que sabemos incumplirán porque ya les conocemos. Pero hasta que llegue la enésima decepción, el peperismo puede seguir tomando el pelo a aquellos que sueñan ingenuamente con una línea de partido que ni está, ni estará, ni se la espera.

Dicho lo cual, y sirva de preámbulo, es mejor no llevarse a engaño. Luchar contra el caos que conlleva la inmigración ilegal es una tarea titánica. No está en los papeles de los que pisan moqueta en las tenidas supranacionales y no es el modelo que se quiere para nosotros en determinados conciliábulos. El control migratorio realmente eficaz sólo se conseguiría volviendo a ser una nación soberana y no un simulacro de estado asociado a la «democratura» bruselense que ya aprieta el acelerador para conducirnos hacia la siguiente pantalla. Aprovechando el peso de la deuda y/o que el Dniéper pasa por Zaporiyia, volvemos a oír ese runrún de «más Europa» como respuesta a las desastrosas políticas de aquellos que quieren más Europa. ¿No es formidable?

Esto significa que, contra la inmigración y sus desmanes, tendremos que conformarnos con soluciones como las que propone el Partido Popular. O similares. Y ya veremos si hay alguien con voluntad de cumplir y si surten algún tipo de efecto. Hasta entonces, lo más interesante de todo este asunto es la estrategia del PP, que pretende medirse con VOX en un terreno que no le es propicio. La cosa recuerda, lejanamente, al plan que provocó la victoria de Sarkozy en las elecciones presidenciales de 2007. Un plan que funcionó bien en el corto plazo pero que, a la larga, acabó con el centroderecha francés.

Nicolas Sarkozy, condenado recientemente a cinco años de cárcel por la financiación ilegal de su partido con la que colaboró Gadafi, aunque también podríamos meter en el mismo maletín a Liliane Bethencourt, fundadora de L’Oréal (¡porque ellos lo valían!), lepeneó durante toda una campaña electoral. Y la ganó. Feijoo está voxeando, pero a su manera. Nunca dirá, como haría un Sarkozy desencadenado: «¡Badalona debe ser limpiada con una kärcher!»; o aquello mítico, pronunciado en una comuna colindante a Saint-Denis, de «¿estáis hartos de esta chusma? ¡Vamos a quitárosla de en medio!». El gallego, a lo máximo que llegará será a declarar algo del tipo: «con total respeto a las instituciones y a nuestros socios europeos, introduciremos cambios en el Real Decreto Legislativo 15/2006 y su reglamento que desarrolla el ingreso mínimo vital para los migrantes en situación irregular». Y luego ayusers y cashetaners tendrán que poner una vela a santa Rita en el Madrid de todos los acentos.

Sarkozy sirvió de sucedáneo del Frente Nacional para aquellos franceses aterrados con la idea de votar a lo «extremo». Un pánico instaurado durante años por las terminales mediáticas del sistema, que aquí también operan en el mismo sentido, aunque más garbanceramente. Votar a un candidato de centro-derecha «duro», que se enfrentaba a Le Pen padre por el asunto de la inmigración, no daba miedo. Uno seguía conservado el aura de respetabilidad social republicana. Sin embargo, llegó Sarkozy y no hubo nada. O lo que hubo, en todo caso, fue el fin de la «excepción francesa» (gaullista) en materia diplomática y la sumisión perruna a Estados Unidos.

En el caso de Feijoo, no deja de tener su lado perverso que el partido de la inacción, de la socialdemocracia de marca blanca, nos diga ahora que está ultimando su «gran plan» sobre las políticas migratorias. Se trata de un giro realizado sin ningún tipo de convicción, al son de las tendencias demoscópicas en Europa y en nuestro país, y tras haber colaborado activamente —en esto sí— a la situación de caos en que «nuestros representantes» han sumido a las sociedades occidentales.

Tarde, mal y, sobre todo, inverosímil.

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