Zapatero dijo una vez que ser socialista es «tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Lo dijo con esa solemnidad suya de pastor laico, esa voz pausada que tan bien le funcionó durante años para convencer a media España de que gobernaba con el corazón. El problema es que ahora sabemos con quién compartía ese corazón generoso: con Delcy Rodríguez y el chavismo. Siempre ha confesado tener una buena amistad con ella. La número 2 de una dictadura que ha dejado a sus ciudadanos sin comida, sin libertad y sin futuro. Ella lo llama «mi príncipe». Él le abría las puertas del Estado español.
La Audiencia Nacional ha hecho lo que ningún tribunal había hecho jamás en nuestra democracia: investigar a un expresidente del Gobierno. El juez Calama no actúa sobre soplos de la ‘fachosfera’ ni sobre filtraciones de la caverna. Actúa sobre requerimientos de colaboración internacional llegados de Suiza y Francia. El primer ladrillo del muro probatorio lo pusieron otros países. Nadie en Moncloa podrá decir esta boca es mía sin que le tiemble la voz, porque esta vez los adversarios políticos de Sánchez no tienen nada que ver. Lo que hay en el auto es demoledor en su sencillez: mensajes intervenidos, transferencias documentadas, facturas negociadas antes de emitirse, y una felicitación por una ayuda pública que en el momento de felicitarla todavía no había sido aprobada por ningún organismo competente. Zapatero lo supo antes que los organismos del Estado. Alguien le contó lo que aún no era oficial. Ese alguien debe tener nombre y dirigir el Gobierno de España.
Cualquier interesado en comprar petróleo venezolano debía enviar primero una carta de intenciones a la «Oficina del Presidente Zapatero», que actuaba como filtro previo, como portero de una discoteca muy exclusiva donde el precio de entrada se pagaba en comisiones. Quien quería petróleo, pagaba peaje a Ferraz 35. Y el petróleo no era de cualquiera: era venezolano, sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea. La red de Zapatero ayudaba a Maduro a saltarse el bloqueo internacional mientras Sánchez se hacía la foto en Bruselas hablando de «derecho internacional». Pero hay algo aún más obsceno que el petróleo. Hay comida. La red consiguió un contrato público en Caracas para empaquetar alimentos. Las cajas CLAP: esas cajas que el chavismo usa como chantaje alimentario, que te llegan si votas bien y se evaporan si votas mal. En ese reparto inmundo, donde se comercia con el estómago vacío de un pueblo, estaba metida la red de un expresidente del Gobierno español. Cobrando entre seis y diez mil euros al mes. Desde un despacho en Madrid. Mientras predicaban el socialismo. ¿Política? ¿Putrefacción? Y sin embargo, el sanchismo lleva años presentando a este hombre como un estadista visionario. Como la conciencia moral de la izquierda española. Como la brújula ética de un proyecto político. Muchos lo han dicho esta semana con una franqueza que hiela: Zapatero es el alma del sanchismo. El corazón que Sánchez no tiene. Porque Sánchez, dicen los propios suyos, es frío, calculador, pura ambición envuelta en traje. Mueve los hilos pero no siente nada. El que fuera presidente del gobierno era quien le ponía el componente emocional, el lenguaje de los valores, la épica de la izquierda. Era el que convertía la maquinaria en ideología. ¡Qué ideología tan cara nos ha salido! Detrás de la retórica sentimental del expresidente siempre hubo otra cosa: poder, negocio y propaganda.
El hombre al que Sánchez recurre para hablar con Puigdemont, con China, con Maduro o con quien haga falta. El asesor áulico. ZP es el mismo hombre que en 2007 nos anunció que España estaba «en la Champions League de la economía». Dos años después, dejaba el país en la ruina. Recortó salarios, congeló pensiones, subió el IVA, abarató el despido,… Aquí, en España. Para hacerse después millonario en Venezuela con el sufrimiento del pueblo que decía admirar.
El gran referente moral de la izquierda española tiene bloqueados casi quinientos mil euros en sus cuentas por orden judicial. Sus hijas figuran en la trama. Su amigo Julito Martínez y su empresa Análisis Relevante aparecen como ventanilla de cobro. Y Delcy Rodríguez lo llama «mi príncipe» en mensajes intervenidos por la policía. La izquierda que presumía de superioridad ética ha terminado abrazada a las peores dictaduras mientras daba lecciones de democracia desde los platós. La que decía defender a los humildes ha terminado por enriquecerse alrededor del hambre venezolana. La que hablaba de memoria histórica, feminismo y derechos humanos encontraba siempre una excusa para callar ante Maduro, ante Delcy o ante Pekín.
El PSOE, que ya lo hizo con Ábalos y Santos Cerdán, podría estar a días de pasar del ‘lawfare’ al “señor ese por el que me pregunta». El manual no falla aunque esta vez hay una diferencia. Esta vez no estamos ante un escándalo aislado. Estamos ante el tercero en el corazón del sanchismo, y cada vez cuesta más sostener que son excepciones. Las excepciones que se acumulan dejan de ser excepciones. Se convierten en método. Y el método tiene un arquitecto.
El príncipe lo sabe. La Dama lo sabe. Y nosotros, también lo sabemos ya.