«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Fills

12 de mayo de 2024

En estas elecciones catalanas fue cambiando la conversación. Que se hablara de seguridad no sólo significa que preocupe la seguridad. Era una manera de reconocer que las cosas han cambiado.

Para quienes el separatismo catalán es una forma de supremacismo, la realidad es paradójica: se trataría de una menguante supremacía, porque la demografía no puede negarse. Sí puede velarse, hacerse tabú.

Casi el 30% de la población catalana es de origen extranjero, y de cada dos bebés, uno tiene un progenitor foráneo. En algunas zonas, tres bebés de cada cuatro. Feijoo dijo que Dolors Montserrat Montserrat era «tres veces catalana» y esos apellidos cotizadísimos (se puede vivir de ellos) se reducen a fuerte ritmo por la combinación de baja natalidad y emigración.

La situación catalana no es muy distinta de la del resto de España, aunque sí más acusada. Allí hay una particularidad: su sistema político y cultural ha sido dominado por un nacionalismo etnolingüístico. Todo se hace por la lengua, por la perpetuación de la lengua, portadora del ser catalán.

Es curioso. Si los catalanes consideraban esto tan importante, lo tenían muy fácil; les bastaba con haber tenido más hijos, pero la demografía catalana lleva ya tiempo separada de la ambición política catalana. Ya a finales del XIX la fecundidad era menor que en el resto de España. Hubo que llenar Cataluña de «españoles» (para producir en sus fábricas los productos que compraban los españoles) y solo creció la fecundidad en los 50, 60 y 70, solo en esas décadas (negrísimas) aumentó el número de hijos por cada catalana.

La demografía nos indica que los catalanes están muy preocupados porque sus hijos hablen catalán, pero no tanto como para tener hijos. Quieren perpetuar la lengua, pero se han olvidado de perpetuarse ellos.

Hicieron algo mejor: imponer a los demás que la hablen: «que els teus fills parlin català». El Estado Autonómico (el 78) consistió en eso en gran parte, en «nacionalizar» catalanes a las masas inmigrantes españolas mediante la inmersión y lo que venga en el futuro, lo que se está cocinando, será una forma de responder a este problema.

Cataluña ha tenido que salvar el catalán en los murcianos y ahora tiene que salvarlo en una población extranjera. Lo primero era difícil, esto más. Quizás resultaba más sencillo tener hijos, fecundar a las guapísimas catalanas (las falses magres de Pla) pero decidieron externalizarlo. Hay que salvar el catalán en los hijos de los marroquíes.

En el futuro saldrán historiadores que nos contarán que esto fue así porque el Estado Español impidió a los catalanes procrear (el problema será el dato anterior: fue con Franco cuando lo hicieron, pero dirán que era una forma de protesta contra la dictadura). La Transición adaptó el Estado Franquista para que los murcianos y andaluces pudieran salvar el catalán, pero ahora se trataría de que lo hicieran los auténticos extranjeros. El Plan Pujol ya no es bastante porque sólo Pujol tuvo hijos y la situación ahora es mucho más difícil. Podrían extirpar una lengua materna africana, pero la coexistencia social con el español les será difícil de batir.

En estas circunstancias, ¿no es la independencia la única solución? O eso o una formulación límite del Estado en la que el español pueda ser expulsado de un modo total de la vida oficial. O que todos paguemos a los inmigrantes para que adopten el catalán (tampoco descartable). Son cosas muy difíciles de lograr, pero más difícil es ponerse a estas alturas a tener hijos (a la dona catalana, ya alliberada, ¿cómo la metes en casa a dar la teta y fer mandonguilles?).

Como los catalanes, por lo que sea, no rompen a procrear, será el Estado Español su campo de actuación. El giro confederal, el nuevo consenso territorial, puede interpretarse así: la torsión necesaria para proteger ciertas ensoñaciones oligárquicas y territoriales en el nuevo contexto cultural y global.

Si yo fuera nacionalista catalán lo tendría claro: o se tienen hijos o se hace la independencia. Hacer la independencia con niños es difícil porque hay que pasear el carrito, así que lo mejor para ellos es independizarse y culminar su proyecto de salvar el catalán con los hijos de otros.

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