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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.
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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

La fitna o guerra entre musulmanes, fue un factor determinante en la extinción de los reinos de taifas que surgieron después del desmoronamiento Califato de Córdoba. Tan importantes como las campañas militares cristianas, resultaron las luchas intestinas entre los diferentes reinos musulmanes de un cada vez más menguante al-Andalus, cuyos reyezuelos se hicieron vasallos de los monarcas llamados politeístas, a cambio de protección frente a sus hermanos de religión. Un milenio después, el islam sigue sin lograr su deseada unidad como consecuencia, en gran medida, de sus luchas internas.

La ciudad de Barcelona sirvió de escenario para lo que cabe calificar de fitna lazi, habida cuenta de los enfrentamientos desencadenados entre secesionistas de diverso pelaje y adscripción política

Durante la mañana del 11 de septiembre, Hanan Serroukh, en el curso de la jornada organizada por DENAES en Barcelona como respuesta a los fastos oficiales que celebran la derrota del patriota español Rafael Casanova, que de ninguna otra manera cabe calificar a este personaje histórico, frente a los partidarios borbónicos, expuso al público asistente los paralelismos existentes entre el golpismo catalanista y el fanatismo que opera tras el yihadismo, materia en la que la Serroukh está versada después de haber trabajado como analista para GEES. Casi como un aval de sus palabras, horas después de que la jornada de debates se cerrara, la ciudad de Barcelona sirvió de escenario para lo que cabe calificar de fitna lazi, habida cuenta de los enfrentamientos desencadenados entre secesionistas de diverso pelaje y adscripción política.

A despecho del famoso lema que afirma que quienes pretender quebrantar la soberanía española y alzarse con la tierra, con la catalana ahora, antes de lanzarse a depredar los llamados «Países Catalanes», son gente de paz, la Ciudad Condal vio cómo diversos grupos de facciosos se tiraban las esteladas y algún que otro objeto menos textil, a la cabeza, para dirimir, de manera nada dialogante, sus diferencias respecto a la forma de reencauzar el golpismo que les une. Coincidentes en la afirmación cuixartiana que sostiene que lo volverán a hacer, a dar un golpe de Estado, los púgiles estelados se tiraron golpes, sillas e insultos nada menos que en el Foso de las Moreras, sancta sanctorum del secesionismo. Allí, bajo la dudosa fosa común -Francisco Oya, durante su intervención, sembró arqueológicas dudas acerca de tal condición- se debatieron, de manera bronca, los métodos que han de conducir a una república catalana que cuenta con un recalcitrante monárquico como Casanova como uno de sus mayores símbolos. Las belicosas posiciones oscilaron entre un abrupto rupturismo y un posibilismo, el que envuelve la llamada «mesa de diálogo» que con tanto mimo ha puesto Pedro Sánchez para estirar la legislatura. 

La algarada matinal tuvo continuidad por la tarde, cuando durante la manifestación convocada por la ANC, grupos de terroristas callejeros lanzaron objetos y botes de humo contra la Jefatura Superior de la Policía Nacional de la Vía Layetana, lugar que concentra los odios lazis, acaso porque guarden en su memoria el enorme apoyo que los policías recibieron -doy fe de ello, pues fui testigo- durante la masiva manifestación que inundó Barcelona el 8 de octubre de 2017, y que concluyó con la regañina de Josep Borrell a quienes coreábamos «Puigdemont a prisión». Un Puigdemont, por cierto, en cuya defensa ha salido recientemente La Vanguardia, publicación que considera que ha de darse una salida al prófugo del maletero.

Según todos los cálculos, tanto los de la delegación del Gobierno como los de la propia organización, la manifestación de odio contra España de este año ha congregado menos gente que las de fechas anteriores. Las causas de tal pinchazo son diversas, y entre ellas no ha de desdeñarse el impacto del COVID-19, especialmente mortífero entre gentes de avanzada edad, sector mayoritario en estas ceremonias bien rentabilizadas por los vendedores de mercadotecnia. En efecto, es un hecho que la media de edad de los participantes tanto en las manifestaciones como en los desfiles nocturnos de antorchas que tanto recuerdan a Núremberg, es alta. Sin embargo, no faltan mozos y zagales dispuestos a participar en estas manifestaciones que ofrecen una excelente oportunidad para ejercitar el arte del grafiti en los escaparates de tiendas de cierta alcurnia que ese día echan el cierre, pues las que lo levantaron no sufrieron las acometidas del espray.

Un breve paseo por las calles por las que procesionaron los lazis fue suficiente para leer una colección de manoseados lemas con los que cerramos esta morosa crónica de una nueva Diada protagonizada por parte de la grey -antisistema, antiburguesa, feminista, antiespañola, anticapitalista, antipatriarcal y otros muchos antis- que sostiene a los socios del actual Gobierno de España:

Quan el joven s´alça

la burgesia tremola!

Dones lliures 

en una terra lliure.

Foc al capital

Ni patriarcat 

ni Espanya

PPCC (Países Catalanes) lliures.

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