'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

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El fracaso de la diplomacia preventiva

23 de diciembre de 2016

El uso de la expresión “diplomacia preventiva” tiene su origen en la impotencia de algunas organizaciones internacionales para gestionar crisis adecuadamente. Ante la incapacidad a la hora de solucionar conflictos cuando ya han surgido, organizaciones como la UE o la ONU tratarían de evitar las condiciones en las que aparecen: generalmente condiciones socioeconómicas, de corte globalista e intervencionista. Por eso en la mayor parte de los casos, la diplomacia preventiva implica actuaciones que suelen entenderse en clave netamente progresista: la “diplomacia preventiva” esconde una agenda internacional en clave izquierdista.

Quizá por eso no sea casualidad que el Presidente del Gobierno haya elegido el diario El País para hacer balance de la presidencia española del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Sigue así la costumbre actual de su partido de utilizar al diario de PRISA como órgano oficioso de expresión gubernamental, al tiempo que fuente de inspiración para la socialdemocracia orgánica monclovita, que se expresa bien en la política exterior del gobierno.

Al margen de este encanallamiento ideológico, el desinterés de Rajoy por la política exterior es bien conocido: su atención se centra exclusivamente en aquellos aspectos con repercusiones comerciales y económicas inmediatas, así como en evitar que las crisis del exterior repercutan en sus problemas políticos internos que desestabilicen el omnipresente pero inestable poder del presidente.

El resultado han sido cinco años de continuidad básica en la política exterior de Zapatero, incluso, especialmente, en Naciones Unidas. La pertenencia estos años al Consejo de Seguridad ha profundizado en esta continuidad. Bien es cierto que la pertenencia temporal al Consejo de Seguridad da para poco. Pero también lo es que los países con las ideas claras, aún los de segundo nivel, pueden usar la presidencia de manera ambiciosa: es el caso de Aznar, tan detestado ahora por Moncloa, que durante la presidencia del año 2003 convirtió a España en país protagonista indispensable gracias a su agenda de lucha contra el terrorismo.

Pero cuando eso no ocurre, las iniciativas se sustituyen por la inercia, la política por la burocracia y el discurso por la propaganda. Es lo que ocurre ahora cuando Rajoy trata de mostrar un balance positivo de la presencia española en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: una mezcla de buenas intenciones, lenguaje tecnocrático y expresiones grandilocuentes. Es verdad que en algo acierta Rajoy cuando afirma que estos años han sido de enorme complejidad internacional. Pero más allá de eso, cuesta diferenciar su discurso del de Rodríguez Zapatero o Moratinos: sin resultados pero con enorme parafernalia retórica.

Lo cierto es que durante la presidencia española, tanto el papel de Naciones Unidas como el de España han seguido languideciendo: Naciones Unidas ha sido incapaz de jugar un papel relevante en las grandes crisis internacionales, y España, pese a repetirse una y otra vez que la estabilidad es un factor de prestigio exterior, sigue jugando un papel secundario en el concierto de las grandes potencias.

Durante la presidencia española, Aleppo se ha reducido a escombros, y con ella la distinción clásica del derecho internacional entre combatientes y no combatientes: la ONU ha sido incapaz de frenarlos o suavizarlos. Tampoco de terminarlos: los bombardeos sólo han acabado cuando los rusos han terminado con todo lo bombardeable en los barrios en poder de los rebeldes: ha sido la apoteosis del “planchado ruso” sobre la ciudad la que ha puesto fin a los bombardeos, no Naciones Unidas. Éstas, bajo presidencia española del Consejo de Seguridad o sin ella, son exclusivamente convidados de piedra, sin nadie capaz de hacer frente a la voluntad rusa de mantener a Assad a toda costa. Un ejemplo: la última aportación del Consejo de Seguridad bajo presidencia española, hace unos días, es la Resolución 2330 dirigida a pedir moderación…en el Golán…a Israel.

Al margen de Siria e Irak, la agenda antiyihadista de Naciones Unidas tampoco está resultando: la trata de seres humanos asociada a este fenómeno -otra de las preocupaciones de la presidencia española citadas por Rajoy- no se ha detenido en el Sahel, donde nuestro país opera militarmente. Cero resultados. En el mismo área, el yihadismo avanza imparable hacia el África Negra, amenazando la integridad territorial y la estabilidad de Nigeria: el Consejo de Seguridad evacúa informes, denuncias y alertas con el mismo ritmo con el que Boko Haram avanza en su estrategia: a toda velocidad.

En cuanto a la proliferación de armas de destrucción masiva, pocos dudan de la incapacidad de la AIEA para monitorizar lo que los Acuerdos de Viena le permiten monitorizar, que no es todo el programa nuclear de Irán. El régimen de los ayatolás, futuro miembro del club atómico, continúa siendo el país más exportador de terrorismo, y con los éxitos militares en Siria e Irán aspira a convertirse en la gran potencia musulmana de Oriente Medio. También aquí la “diplomacia preventiva” de Rajoy ha consistido en ceder a las pretensiones iraníes. No iniciativas, no avances, no resultados reales sobre la proliferación atómica.

En cuanto “al papel de la mujer como agente de paz”, la expresión recuerda demasiado al zapaterismo del que el propio Rajoy se burlaba hace unos años. Pero hoy en día lo cómico ha dejado paso a lo trágico: por primera vez en la historia, las mujeres han pasado a vanguardia del islamismo, cometiendo atentados, suicidándose y asesinando utilizando precisamente la condición femenina para sortear controles. Esta repulsiva estrategia islamista no depende de las decisiones onusinas: pero alardear de las medidas tomadas en esta cuestión muestra hasta qué punto el Presidente y su entorno parecen leer los papeles de la burocracia ministerial sin interés, sin comprenderlos, o sin interés en comprenderlos.

En fin: tampoco respecto a Iberoamérica -foco de especial atención- puede Rajoy presentar un balance siquiera mediocre tras su paso por el Consejo de Seguridad: el régimen castrista no ha hecho concesión alguna a la más que generosa política de Obama. Ni Naciones Unidas ha sido capaz de jugar un papel activo en una transición que nunca llega, ni en la agenda española en el Consejo de Seguridad se ha incluido un tema tan cercano para nuestro país: bien es verdad que en consonancia con la propia diplomacia española. El caso de Venezuela es aún más sangrante: más allá de utilizar las conexiones chavistas de Podemos para sacar partido electoral, el desinterés de Rajoy por el deterioro de la situación en el país, por la violencia y por la represión resulta escandaloso. La presidencia del Consejo de Seguridad hubiese sido un buen instrumento para impulsar la democratización y la estabilidad institucional en Iberoamérica. Rajoy ni lo ha intentado ni le ha interesado.

 Lo cierto es que España ha pasado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas con más pena que gloria: ni ha logrado influir en la agenda del Consejo de Seguridad, ni ha logrado satisfacer ningún interés español. Paradójicamente, una agenda semejante en manos del PSOE habría sido criticada ferozmente por el Partido Popular hace algunos años. Hoy la diplomacia de principios o de intereses ya no existe. La enorme campaña desplegada por el Gobierno hasta 2015, que incluyó acercamiento a regímenes repulsivos, tenía como objetivo simplemente el “estar” en el Consejo: sin ideas claras, sin principios sólidos, sin una visión de España en el mundo, el intento sólo podía quedar en un continuismo apático, inerte, catatónico. Que bien pensado es en lo que consiste la “diplomacia preventiva” a la que se apunta Rajoy.

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