Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

El español está hecho de un material muy resistente, y no pondré de ejemplo la dureza de la cara del ministro Salvador Illa. Quizá porque a través de los siglos hemos resistido a nosotros mismos, que no es una gesta menor conociendo a algunos. Nos hemos acostumbrado a sufrir de tal modo que lo fácil nos aburre. A los héroes que legamos a la Historia solo logran derribarlos después de muertos, en esa forma tan valiente de cambiar el mundo que consiste en tumbar estatuas o renombrar calles. Y aunque es verdad que por décadas podemos parecer mansos, manejables y comestibles, los españoles ocultamos un mal carácter extraordinario, similar al del común de los mortales cuando se sienta al volante. Por lo general, no nos gusta que nos toquen el pito.

La prueba de que estamos hechos de una pasta especial es que resistimos a siete años de Gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, que es un tipo que sería capaz de hundir la economía mundial en un cuarto de hora, con solo un leve espasmo de ceja. Su estrategia de gobierno siempre ha sido la misma: apoyarse en los más siniestros para doblegar a la mayoría que no le vota. Más tarde, Pedro Sánchez, especialista en plagios, ha copiado la misma táctica, sumando a la fiesta a los comunistas del moño, que antes jugaban a las casitas y ahora no salen de la esteticista, y por alguna extraña razón se han hecho adictos a cocinar tarjetas de móvil en el microondas, que debe ser la versión moderna de decorar las paredes con fémures del enemigo. Así, mientras Sánchez se preocupa de disfrutar de la vida, Podemos guía los destinos de una España a la que le ha caído en desgracia la misma plaga que a Venezuela, que a Cuba, que a Nicaragua: la revolución. Sánchez ha vendido su alma al comunismo, no por convicción, sino por algo peor: para poder seguir diciendo a las visitas que, aunque parezca increíble, es presidente del Gobierno de España. 

El proyecto revolucionario exige sumisión, y esa es la idea común a todos los totalitarismos de nuestro tiempo, da igual cuál sea su nombre y apellidos. “¿Te has dado cuenta”, se pregunta Dave Barry, “de que sea cual sea el deporte que intentas aprender, siempre hay alguna persona seria que te dice que mantengas las rodillas flexionadas?”. Con las revoluciones ocurre lo mismo. El éxito de la transformación chavista de España pasa por la postración de los ciudadanos ante el Estado, por esa mezcla de miedo, indiferencia y desprecio a la clase política que está en el origen de toda desafección. La excepcionalidad de la pandemia coopera, por ahora, y ni siquiera parece casual que el origen del virus sea el comunismo.

La prueba de que nos ha mordido el bicho de la revolución caribeña la encontramos en las viejas palabras de Richard Weaver: “ninguna sociedad es sana si le dice a sus miembros que no piensen en el mañana porque el Estado asegura su futuro”; que es exactamente lo que han estado haciendo los gurús del Gobierno de España durante los últimos meses, mientras combinan decretazos con danzas de la lluvia y viejos rituales de antropofagia, lo que sea que Carmen Calvo piense que significa esta palabra. 

En frente del movimiento desestabilizador de origen venezolano e iraní, está el Rey, están los españoles que quieren vivir en libertad, y está la Constitución del 78. Eso explica por qué van contra el Rey, contra los jueces y contra las libertades. Al final, supongo que solo con sumisión y miedo puedes dejar tu imagen como país a un ególatra, tu salud en manos de un filósofo que odia a los españoles, confiar tu trabajo a una ministra de Podemos, poner a los estudiantes universitarios a la orden del ministro más vago de la Historia, depositar la comunicación institucional en manos de una ministra que habla como un pulpo enterrado en el desierto, o permitir que administre las libertades de tus hijos alguien que dice que no son tuyos sino del Estado, que tras aquellas declaraciones provocó una ola de pruebas de paternidad en toda España, ante el temor de que a alguien le saliera un hijo de la Tesorería General de la Seguridad Social.

Junto al Rey, a la Constitución, y a los españoles que quieren vivir en libertad, y volviendo a Weaver, lo primero que debemos hacer para frenar la revolución es dar una mala noticia: nada está asegurado en el futuro, nada será gratuito, será necesario un esfuerzo personal enorme para conseguir la recuperación, y si comienza el derrumbe, el primero en venirse abajo será el propio Estado, en manos de socialistas y comunistas. Al final, pensando en quienes aún confían la salvación de España a Sánchez e Iglesias y su revolución inducida, se hace más pertinente que nunca la lúcida observación de P. J. O’Rourke sobre la necesidad de limitar el peso del Estado: “dar dinero y poder al Gobierno es como dar whisky y las llaves del coche a un adolescente”. A un adolescente que llega tarde al FIB. 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *