Está el temor a la resaca y los primeros chirridos de las articulaciones. También el vaso de agua en la mesita de noche y el recelo hacia las novedades. Por supuesto, los niños. El pádel y la calvicie. El estoicismo y las mancuernas. Sin embargo, el verdadero rito de paso a la mediana edad, lo que nos expulsa para siempre de la juventud, es echar pestes de los jóvenes. Un día, conversando con alguien de tu quinta, os sorprendéis de repente constatando, con mucho asentimiento por ambas partes, que los chavales están más perdidos que el barco del arroz, que tienen las neuronas a estrenar y que sin la IA serían incapaces de distinguir el pulgar del meñique. Enhorabuena ―por decir algo―. Ya eres un señor de mediana edad.
Ojo: los tópicos no están del todo desencaminados porque la que en realidad está desencaminada es la juventud. Siempre ha sido así. Es algo constitutivo. Como el enamoramiento, la juventud es superficial, pasajera, errática y falsa desde cierto punto de vista; también es necesaria. Los jóvenes están atontados, desde luego, pero es bueno que así sea, porque la tontería es una fruta de temporada. Qué triste el joven sensato, de corbata un miércoles, casi un embrión de catedrático, como si hubiera llegado antes de tiempo a su propia vida. Qué descorazonadora la madurez prematura. Qué desolador el cinismo antes del mediodía. Al igual que el fervor, el desengaño tiene su momento, y tan ridículo es un joven de vuelta como un viejo de ida.
Lo sano, por tanto, es que se produzca un choque de estupefacciones. En los últimos años, por ejemplo, se ha dado la voz de alarma porque los chavales coquetean con ideas que el consenso daba por enterradas. Los mayores se quejan con amargura: parte de la juventud les ha adelantado por el carril de la derecha, como una exhalación y sin poner los intermitentes. No entienden que, de haberles querido adelantar por la izquierda, tendrían que haberlo hecho por el arcén. Además, los jóvenes tienden a la disidencia: caen del lado romanticón y aprovechan las oportunidades de escandalizar. Con fino olfato han detectado los tabúes de nuestro tiempo, y lo mismo desprecian la Unión Europea que encomian la labor del franquismo, y no precisamente por los pantanos.
En las desavenencias tampoco ayuda el naufragio del pacto generacional. La promesa de que cada hornada viviría mejor que la anterior enfermó en 2008; desde entonces no ha mostrado signos de mejoría. Claro que los jóvenes, tal vez por su condición alelada y soñadora, no sólo anhelan el bienestar; necesitan también un sentido, una pizca de trascendencia, algo por lo que puedan dar la vida llegado el caso. El inconveniente es que las coordenadas existenciales, todo aquello que te invitaba a levantar la mirada, fue sacrificado en aras de una prosperidad que, para colmo, ya no forma parte de su herencia. Sus antecesores vendieron, como Esaú, la primogenitura por un plato de lentejas. Ahora se han acabado las lentejas, y como los chavales no se conforman con rebañar el plato, se sienten tentados a reclamar la primogenitura perdida.
Quizá ahí resida la explicación del tan comentado giro religioso, que a los unos incomoda y a los otros no acaba de satisfacer. Y puede que el fenómeno suponga un auténtico renacimiento espiritual, como puede que, después de todo, quede reducido a uno de esos gestos teatrales propios de la edad, un artefacto a medio camino entre lo político y lo religioso, condenado a desinflarse. Quién sabe. Lo seguro es que la juventud se mueve, que está revoltosa: es lo suyo. Veremos hacia dónde se dirige. Eso sí, que se apresuren, porque el momento llega sin avisar. Será un día cualquiera. Estarán sentados con alguien de su promoción, charlando. Entonces, sin saber bien cómo, llegará la frase de la que ya no se vuelve. «La juventud no tiene remedio», dirá uno. Y el otro asentirá.