«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

Si yo fuera el Rey

24 de enero de 2016

Sintiéndolo mucho, no podría proponer al Congreso la candidatura de Rajoy, el actual presidente del Gobierno en funciones. El hombre tiene más votos que los demás partidos, pero solo los suyos. Es decir, nadie más le va a dar apoyo. En cuyo caso su Gobierno sería perfectamente inestable. Por extrañas razones que no son del caso, Rajoy suscita rechazos profundos, odios viscerales. Le perjudica mucho su rastro de casos de corrupción. Su investidura sería más bien un espectáculo de embestida.

 

Tampoco debería proponer la candidatura de Sánchez, pues acarrea menos votos que Rajoy. Bien es verdad que le apoyan muchos partidos, pero o bien son separatistas o pretenden una locura revolucionaria. Su principal aliado sería Podemos, una partida que recibe dineros de regímenes totalitarios, como Venezuela o Irán. La conjunción de separatismo y extremismo revolucionario llevaría automáticamente a una República, por definición, el fin de la Monarquía y de la actual Constitución. El odio de Sánchez a Rajoy hace que ni siquiera se digne hablar con el actual presidente del Gobierno en funciones. A los socialistas también les persigue la sombra de la corrupción.

No me quedaría más que una tercera salida: proponer la candidatura de Rivera. Es el único que puede hablar con Rajoy y con Sánchez. Seguramente podría componer una especie de Gobierno de concentración nacional, con elementos del PP y del PSOE, que contuviera el ímpetu de los separatistas. Sería capaz de asimilar algunas de las reformas propuestas por el PSOE y de seguir adelante con la política económica del PP para rematar la salida de la crisis económica. Incorporaría el grueso de las propuestas de C´s para luchar contra la corrupción y regenerar la vida política. Sería una opción que estaría bien vista por la Unión Europea. Tampoco es que esta salida fuera del todo estable, pero se podría acordar que preparara una reforma de la ley electoral y prometiera unas nuevas elecciones generales en un plazo razonable.

Si no se lograra ninguna de las tres salidas precedentes, no cabría más opción que convocar unas nuevas elecciones con la misma ley electoral. Supondrían un desgaste profundo, la ira del electorado y, al final, unos resultados no muy alejados de los actuales. Esto es, el problema se alargaría en el tiempo, lo que supone enconarse y ser todavía más gravoso.

Cabe pensar en una última solución in extremis: proponer al Congreso la candidatura de una personalidad independiente. Pero no parece un espécimen que abunde en España. Es una opción poco práctica.

Cualquier solución que se adopte debe ser rápida. Llevamos muchos meses sin un Gobierno efectivo, entretenidos como estamos los españoles con campañas electorales dilatadísimas, conciliábulos postelectorales y demás enredos. Si esto no se arregla en breve, me embarco en Cartagena como hizo mi bisabuelo en horas aciagas, y ahí se las compongan ustedes, mis queridos súbditos.

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