Parece que ha causado revuelo y estupor que la sede del PSOE de Madrid cambiase la bandera de España por una de la II República durante un acto político celebrado el pasado jueves. Invitaron para la ocasión a Benita Imparable, una activista trans a la que supongo igual de imparable que la II República. La sala donde se desarrolló el debate estaba decorada para la ocasión con un retrato de Pedro Sánchez tamaño Kim Jong-un, si bien algunos asistentes parece que echaron en falta hoces y martillos colgados en las paredes. Los socialistas, cuando se ponen a hacer guiños democráticos, no tienen parangón.
El caso es que Benita Imparable, la inefable concejal socialista Reyes Maroto y el responsable de políticas LGTBI en la Asamblea de Madrid, Santiago Rivero, quedaron para analizar en público la problemática trans en la España actual, que es un asunto que, aunque no lo parezca, está en boca de todos. Y lo primero que pidieron fue que se quitase de allí la bandera de España y pusieran en su lugar el trapo tricolor, tan evocador de los grandes logros izquierdistas del siglo XX español: el crimen generalizado, el asesinato selectivo y la guerra civil. «¡Quitad esa bandera!», dicen que se dijo.
Pocas cosas producen tanta alergia a un socialista como la gloriosa enseña rojigualda, ya sea con el escudo constitucional o con el águila de San Juan de los Reyes Católicos. Les entran sudores fríos y un extraño tembleque que en ocasiones deriva en súbita diarrea. Cualquiera diría que les asusta un poco, vayan ustedes a saber por qué. Hay numerosas teorías políticas y psicológicas al respecto de este asunto, pero exceden el espacio del que dispone esta modesta columna.
Sí nos llama la atención que Reyes, Benita y Santiago quisieran debatir sobre la temática trans al lado de un trapo que representa la época de mayor censura que ha habido nunca en España, y con diferencia la época en la que los periódicos gozaban de menos libertad de expresión. Nada que deba extrañarnos a los que conocemos lo que suele hacer siempre el marxismo con las libertades. Pero que presuman de bandera demócrata estos tres inútiles y nadie les advierta de su error, dice mucho también del nivel medio del rojerío celtíbero. O bien, de su hipocresía moral.
A Dios gracias, la II República finalizó (bien es cierto que con un coste dramático para España), y su estandarte principal solamente ha quedado en los libros de historia y en la memoria selectiva de odiadores profesionales como Pablo Iglesias, Javier Bardem o Willy Toledo. Esa bandera no tiene encima tanta sangre ni tantos muertos como las de la Unión Soviética o Camboya, pero desde luego no es para sentirse orgulloso de ella. Salvo que quienes se sientan a debatir cerca de ella no se diferencien mucho del genocida en potencia Largo Caballero.
Es bueno que tengamos en la cabeza estas cosas…El partido que gobierna España en estos momentos quita la bandera de España de sus actos políticos. Es mucho más que un gesto o una anécdota: es una declaración de intenciones. Cuando quitas la bandera de la nación que estás «gobernando» es porque, en realidad, odias a sus habitantes. Porque siempre los has odiado. Porque la única «patria» que han tenido siempre ha sido la de la nefasta lucha de clases y la persecución del disidente. Y su única bandera real, el hambre y la miseria.