En su último artículo, Javier Torres comete una genialidad. Con motivo del Mundial, y por comparación, para comprobar cuánto ha cambiado todo, rescata un momento futbolístico muy concreto: la selección inglesa cantando el God Save the Queen en el estadio Wembley en el verano de 1996.
Era la Eurocopa del «Football is Coming Home», anfitriona la Inglaterra de Gascoigne, muy cerca de perder con los chicos incomprendidos de Clemente; y es una genialidad quedarse justo ahí, en ese instante, como un último esplendor, un apogeo antes de que todo cambiara. Quizás fue ese verano, y es interesante fijarse en Inglaterra, donde los cambios se notan más por ser el país de la tradición y por la gran influencia de su cultura.
Unos meses después, en 1997, Tony Blair ganó las elecciones y el país se empezó a transformar un poco a la manera socialista aquí: para no ser conocido ni por la madre que lo pariera.
Blair, con su Nuevo Laborismo, reformó la justicia creando una Corte Suprema, suscribió el Convenio Europeo de los Derechos Humanos, reformó la cámara de los Lores y dio poder a expertos y comités, en suma, europeizó las instituciones británicas, las burocratizó y, junto a eso, y no es cosa menor, inauguró la inmigración de tipo económico, la inmigración destinada al crecimiento.
Es en 1997 cuando para algunos cambia Inglaterra, cuando se les jode el Perú, Zavalita, y algo de cierto habrá porque lo percibimos en su cultura más superficial. Los 90 fueron los años del Cool Britannia, en esa ola de joven reivindicación de lo británico llega Blair, entre canciones del brit pop, que imitaba, con revival identitario, la cultura inglesa de los años 60. La misma Eurocopa se presentaba como un guiño al Mundial inglés de 1966. Pero el brit pop decae justo ahí, en 1997. Es la diferencia entre el What’s the story (1995) y el Be Here now (1997) de Oasis. Ya no sonaban igual. Algo se había perdido. Ese mismo año, para colmo, muere Lady Di.
Y podemos decir, anglófilos más o menos confesos, que Inglaterra vivió ya desde entonces en una fuga de ‘britanidad’.
En 1997 no solo empieza a cambiar ese país, recordemos que la Tercera Vía de Giddens, que inspiraba a Blair, tuvo amistades exteriores. Coqueteó con ella Aznar, que llega al poder en 1996 y abre las puertas por millones a la inmigración. En 1997, Bill Clinton, otro tercerista, anunciaba, con un optimismo tan ingenuo como revolucionario, el cambio étnico definitivo en Estados Unidos, ya nunca más país de una mayoría.
Lo que se estaba desarrollando era la globalización o hiperglobalización. Llegaba y convertía las caras de los jugadores ingleses, el fervor de su himno, el propio estadio, la naturaleza característica de los allí presentes, en algo tan antiguo como el entonces invocado 1966. De hecho, entre 1996 y 1966, ahora lo podemos ver, había menos diferencias de las que hoy nos separan de ese instante.