Más de 380 millones de cristianos sufren persecución hoy en día, La fe, la identidad y el testimonio se hallan en medio de un abismo de adversidad. Según los datos de la organización Puertas Abiertas, en la actualidad más de 380 millones de personas en el mundo sufren vejaciones, acusaciones injustas, torturas e incluso la muerte por el simple hecho de seguir a Jesucristo. Esta cifra sobrecoge y pone de manifiesto que la persecución religiosa, lejos de ser un fenómeno del pasado, sigue siendo una dramática realidad en el siglo XXI.
Ya en el siglo II, Tertuliano, escritor y teólogo cristiano, afirmaba con contundencia: «La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia». Sus palabras, pronunciadas en un contexto en el que los primeros cristianos eran perseguidos por el Imperio Romano, resuenan con fuerza casi veinte siglos después.
Antonio Aurelio Fernández, presidente de Solidaridad Internacional Trinitaria (SIT), una organización dedicada a la defensa y apoyo de los cristianos perseguidos y que celebra sus 25 años de existencia, lo confirmaba: «La base de la fe de Occidente es el sufrimiento de estos cristianos». Según Fernández, para muchos de estos creyentes, ser cristiano no es una cuestión opcional o circunstancial, sino que constituye el núcleo de su propia identidad.
La identidad cristiana en estos contextos de persecución está marcada profundamente por la cruz. Los cristianos perseguidos cargan con ella con la cabeza alta, conscientes de que siguen el ejemplo de Jesucristo, quien primero llevó la cruz y murió crucificado en el Calvario. Para nosotros, la fe no es sólo una creencia, sino una forma de vida y, muchas veces, la razón misma del sufrimiento.
Estas personas perseguidas saben que, al cargar con la cruz, comparten el peso y el sentido del sacrificio de Jesús, quien, según la tradición cristiana, murió para salvar a la humanidad. Este testimonio de fe en medio de la adversidad se convierte, a ojos de muchos, en la semilla que hace crecer la Iglesia y mantiene viva la esperanza en las comunidades cristianas de todo el mundo.
El trabajo de diversas organizaciones pone de relieve la importancia de no olvidar a estos millones de cristianos que sufren en silencio. Su labor consiste en dar voz a los que no la tienen, denunciar las injusticias y promover la libertad religiosa, un derecho fundamental que aún está lejos de respetarse plenamente en numerosos países.
En definitiva, la realidad de los cristianos perseguidos interpela a toda la sociedad, especialmente en Occidente, donde la libertad religiosa suele darse por sentada. Recordar y apoyar a quienes sufren por su fe es, según muchos, un deber de humanidad y de justicia.
«Genocidio en cámara lenta» se le ha llamado al genocidio perpetrado en Cuba por el régimen comunista con la complicidad mundial: siete de cada diez cubanos se privan de alguna comida diariamente y el 89% vive en la pobreza extrema. Así lo denuncian organizaciones como el Observatorio Cubano de Derechos Humanos (OCDH), que advierten del dramático deterioro de las condiciones de vida en la isla. El OCDH sostiene que la única solución a esta pobreza generalizada sería una transición hacia «una economía de mercado, que respete la propiedad privada, la libre iniciativa, la seguridad jurídica y las inversiones extranjeras».
En este contexto de sufrimiento y represión, resulta imposible olvidar la tragedia de los niños del remolcador ’13 de marzo’ en Cuba. El 13 de julio de 1994, un grupo de 72 personas, entre ellas numerosos niños, intentó huir de la isla a bordo de dicho remolcador, buscando la libertad que el régimen les negaba. La embarcación fue interceptada y embestida por otras naves oficiales, provocando su hundimiento a pocos kilómetros de la costa habanera.
En el suceso fueron asesinados 41 cubanos, incluidos 12 niños, cuyas vidas fueron segadas mientras sus familias buscaban un futuro digno lejos de la represión política y la miseria. Este episodio sigue siendo un símbolo del costo humano de la falta de libertades en Cuba y del sufrimiento de los más inocentes, recordándonos la necesidad de alzar la voz por quienes aún hoy padecen persecución y violencia.
La situación de los niños en la Cuba socialcomunista actual es especialmente alarmante, dado que muchos de ellos sufren graves carencias alimentarias. Diversos informes y testimonios recogidos por organizaciones de derechos humanos señalan que la escasez de alimentos y la crisis económica han llevado a que numerosos menores padezcan desnutrición, llegando en algunos casos a fallecer por hambre. Esta tragedia refleja el profundo deterioro de las condiciones de vida en la isla, donde las familias luchan cada día por conseguir lo básico para sobrevivir y proteger a los más pequeños de las consecuencias devastadoras de la pobreza extrema. Y sin guerra. A golpe de comunismo. A nadie en este planeta parece importarle.
El drama de la infancia en Cuba no sólo se manifiesta en la desnutrición y la pobreza, sino también en la vulnerabilidad frente a la violencia y los abusos. Uno de los casos más estremecedores fue el asesinato de una niña cubana a manos de un pedófilo italiano que la quemó viva, un crimen que conmocionó a la sociedad y puso en evidencia la falta de protección y justicia para los menores en la isla. Este suceso no sólo refuerza la urgencia de proteger a la infancia frente a todo tipo de amenazas, sino que también señala la responsabilidad de las autoridades y de la comunidad internacional ante la impunidad y el sufrimiento de los más indefensos. La UNICEF no sólo callada como una puerta, además en sus reiterativos informes no cesa de mentir argumentando sin argumentos, sólo porque le cantan sus ganas que «los niños cubanos están entre los más felices del mundo».