Gozos y sombras
Gozos y sombras
Por Enrique García-Máiquez
12 de noviembre de 2025

Si no ha tenido usted aún la gozosa experiencia de ver al historiador mexicano Juan Miguel Zunzunegui replicando a Xabier Fortes con maneras afiladísimas de esgrimista, corra a ver la esplendorosa entrevista que Zunzunegui se marcó. Circula por las redes. Se ha hecho viral, pero es sobre todo viril. Sin perder la sonrisa, reconociendo las verdades pequeñas como pellizcos que Fortes le suelta sobre la conquista de México, el historiador hace una grandísima e implacable defensa de la Nueva España, y, por tanto, de la verdadera realidad de México.

Como sé que ustedes van a ver la entrevista, quisiera centrarme de inmediato en lo que me trae aquí, que consiste en extraer —siendo yo profesor al fin y al cabo— la esencia pedagógica que nos regala Zunzunegui. Está muy bien saber tanta historia como para desarticular sin despeinarse ni perder la sonrisa los argumentos negrolegendarios, pero el golpe letal es más afilado todavía.

Lo da cuando repasa todo aquello que apasiona, enorgullece e identifica a los mexicanos actuales: la comida, la plaza mayor, el barroco, la charrería, el tequila, los corridos, la Guadalupana, el idioma y sus esplendores, el neoclásico… La nómina es larga y espléndida y deliciosa porque uno ve lo disfrutones que son los mexicanos. En medio de esa exuberancia barroca de la identidad, descarga el golpe de gracia Zunzunegui: todas esas cosas tan mexicanas nacieron en el México virreinal, son la Nueva España. No empezaron a existir hasta 1521.

El historiador mexicano sugiere tímidamente —con pudor— la extraña esquizofrenia nacional que conlleva pasarse el día quejándose —en un florido español— de aquello de donde brotan las razones de tu identidad y de tu felicidad. Pero eso no lo grita, sino que elegantemente celebra la felicidad de México, a la que pide, como quien no quiere la cosa, apenas un poco más de coherencia.

Y hete aquí la lección, que puede aplicarse a otros países. Sir Roger Scruton también la enseñó. Hay que construir sobre los cimientos del amor, nunca sobre los del odio, y menos aún sobre los de la indiferencia. Conviene recordar a la gente aquello que ama y sugerirle que no es buena idea odiar las raíces de su identidad. Lo entenderán enseguida, porque nadie quiere secarse.

La primera ley de la política, formulada por Robert Conquest y tan inapelable como la de la gravedad, afirma que todo el mundo es conservador en aquello que conoce de primera mano. Yo, aunque veo muy claro lo de Conquest, me atrevería a subir la apuesta: todo el mundo es reaccionario en aquello que ama de verdad. Si nos lo tocan, reaccionamos.

Así, la gente más socialista quiere que sus inquilinos paguen el alquiler; los más anarquistas, que su hija encuentre un caballero como Dios manda que la ame monogámicamente y con un corazón entregado; y los chicos más multiculturales no quieren malos rollos en su barrio. Etcétera.

Basta un baño de realidad (y un dorado de coherencia) para que las cosas vuelvan a su cauce. La vida cotidiana, que parece tan llana y tan gris, resulta que es un promontorio ideal para entender esta advertencia de Simone Weil: «El mal imaginario es romántico y variado, lleno de encanto; el bien imaginario es aburrido y plano. El mal real, sin embargo, es triste, monótono, estéril. El bien real siempre es nuevo, maravilloso, embriagador».

He aquí un programa de acción política, en la estela de Zunzunegui: recordar a la gente no su mal imaginario, sino su bien real —el que goza y defiende—, y pedirle que saque de ello sus consecuencias y deducciones. Esta estrategia es, para empezar, dialéctica; pero después es política. Su ejercicio resulta fácil, eficaz y, además, mucho más gozoso y divertido. Es real.

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