«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado once ensayos, entre ellos 'Ética para valientes' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'Amar para siempre' (2026) es su último libro. También ha traducido más de setenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es www.davidcerda.es

Grandeza de ánimo

15 de octubre de 2026

Lo dice Marty Hart (Woody Harrelson) en la primera temporada de True Detective: «Hoy en día todo el mundo monta un puto drama por cualquier cosa». La frase tiene ya doce años y ha envejecido estupendamente. Estamos hasta arriba de gente sirviéndose de los dramas como credencial moral. Se conduelen del sufrimiento ajeno, ergo son mejores. O, en primera persona, exhiben heridas y reclaman que sean reconocidas para establecer sus imaginarias jerarquías morales.

En cuanto a lo de sufrir, los griegos tenían una idea bastante más exigente que la nuestra: la megalopsychía, literalmente grandeza de alma. Explica Aristóteles en Ética a Nicómaco que el magnánimo se sabe digno de cosas grandes, pero esa dignidad le impone también una determinada conducta. No gimotea por cualquier contratiempo, no necesita convertir cada agravio en acontecimiento universal y no va reclamando espectadores para sus desgracias. Los latinos heredaron esa intuición y la ensancharon: Cicerón habló de magnitudo animi, Séneca hizo de la resistencia ante la adversidad una de las pruebas fundamentales del carácter y Marco Aurelio se pasó media vida recordándose que uno no controla lo que ocurre, pero conserva alguna jurisdicción sobre lo que hace con ello. El estoicismo se ha convertido últimamente en una especie de autoayuda para ejecutivos que madrugan mucho y se duchan con agua fría: pobre destino para una filosofía seria especialmente concebida para afrontar la adversidad. Aquellos tipos hablaban de enfermedades, destierros, ruina y muerte; hoy se trata de epatar en TikTok.

Cuenta Chateaubriand en sus Memorias de ultratumba la agonía de Pauline de Beaumont, que llegó enferma a Roma para reunirse con él y morir al poco tiempo. Antes de verla ya había recibido noticias aterradoras. Escribe a Joubert que ella siente que «ya no queda aceite en la lámpara» y que habla de «los últimos latidos de su corazón». Cuando finalmente la tiene delante queda espantado por lo que la enfermedad ha hecho con aquella mujer frágil, y este es su comentario: «apenas le quedaban fuerzas para sonreír». Venía Madame de Beaumont de ver desaparecer violentamente a casi toda su familia durante la Revolución francesa y aún asumía el deber de una sonrisa.

Nuestro tiempo ha escogido el camino contrario. Buena parte de nuestra industria cultural consiste en fabricar emociones y subrayarlas con música y coreografías lacrimógenas. La Voz Kids es quizá la destilación perfecta del invento. Un niño canta (a menudo, desafinando), los padres lloran, el jurado llora, el público llora y los empáticos jueces —inasequibles al hecho de que nueve de cada diez concursantes terminarán poniendo cafés o construyendo puentes— animan al pequeño a que jamás desista del sueño de dedicarse a la música. No hay emoción que pueda dejarse en su tamaño natural, porque intensidad y autenticidad se confunden; todo ha de amplificarse, y nada de comprender o acompañar de veras, la cuestión es recrearse. Ocurre, además, que cuando uno escarba descubre que las personas más sentimentalistas suelen ser poco sensibles.

La muerte, hace unos días, de María del Carmen Abascal es un sonrojante ejemplo de esto mismo, solo que elevado a la enésima potencia, por mor de la miserabilidad política. He perdido la cuenta de los botarates que han escrito que a esta mujer la han asesinado. Los hechos, en cambio, son estos: una legislación socialista de 1994 limitó las subrogaciones de los contratos antiguos y estableció para determinados hijos subrogados una duración de dos años, con excepciones entre las que figuraba una discapacidad de al menos el 65 por ciento y un régimen transitorio durante los diez primeros años de vigencia de la ley para hijos mayores de 65 años o perceptores de ciertas prestaciones. La madre de Maricarmen murió en 2005 y los tribunales terminaron entendiendo que su derecho a permanecer había expirado, aunque durante años los propietarios continuaron aceptando el alquiler, argumento con el que ella llegó a ganar en primera instancia. Una persona quiso seguir gozando de ciertos derechos aunque la ley no los amparaba; no obstante, no es posible permanecer impasible ante una anciana que es desahuciada. De ella se han servido los buitres políticos, tanto los seguidores fanáticos como los gobernantes que son incapaces de solventar problema de vivienda alguno, dirigentes que tienen mucho que tapar. Tampoco vamos a pedir vergüenza o congruencia a quienes hoy dicen «Todos somos Maricarmen» y eran «Todos somos Begoña» ayer mismo.

Dejemos a un lado a los buitres y volvamos a la virtud perdida, la grandeza de ánimo. En 2006 Pepu Hernández estaba en Japón dirigiendo a la selección española de baloncesto. La víspera de la final del Mundial supo que su padre acababa de morir. Pidió a sus ayudantes que estuvieran pendientes de él por aquello de que tal vez no anduviera fino y el resultado ya saben cuál fue: por primera vez, campeones del mundo. La exigencia del saber estar alcanza en ocasiones circunstancias excepcionales, y quien tiene el corazón cultivado es capaz de atravesar incluso el duelo para cumplir un compromiso extraordinario. Cuando murió Fofó en 1976, sus hermanos Gaby y Miliki y su hijo Fofito tuvieron que regresar a un programa visto por millones de niños que esperaban encontrar allí al hombre que ya no estaba. Pudieron hacer de aquello una exhibición de dolor, pero eligieron explicar a los niños con una entereza extraordinaria que Fofó no volvería, procurando que aquellos críos sufriesen lo menos posible y que el programa continuara. Ser adulto no significa que haya que dejar de llorar, ni siquiera que no podamos quebrarnos alguna vez; pero sí conlleva administrar el propio dolor para no derramarlo entero sobre los demás, y menos usarlo en beneficio propio. Yo esto lo echo mucho de menos.

Necesitamos recuperar la idea de que somos algo más que la suma de nuestras heridas y de que responsabilizarnos de nuestra vida forma parte de nuestra dignidad. Y basta ya de usar las tragedias ajenas para hacer demagogia, basta ya de escándalos impostados. Hay que acompañar al que sufre y tener especial delicadeza con quien ya apenas puede defenderse, pero la compasión pierde su nobleza cuando exige suspender la realidad, especialmente cuando intervienen intereses espurios. No todos estamos obligados a semejante entereza, pero reconocerla como una virtud sí nos corresponde. Un poco más de grandeza de ánimo y, de paso, de vergüenza, que muchos estamos hartos de teatrillos inmundos.

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