Cuando Felipe González estaba todavía en la oposición, fue un día a ver a Adolfo Suárez a La Moncloa. Era después de la Operación Galaxia (1978), uno de los intentos de golpe de Estado durante la Transición. No sólo hubo el 23-F. Se le acercó el vicepresidente Manuel Gutiérrez Mellado y le dijo: «¿Le puedo pedir un favor personal? Usted va a ser responsable del Gobierno en algún momento, ¿por qué no espera a que la gente de mi generación haya muerto para abrir un debate sobre lo que supuso la Guerra Civil y sus consecuencias? Debajo del rescoldo sigue habiendo fuego, le ruego tenga paciencia».
Lo explica el editor Rafael Borrás (Barcelona, 1935) en su segundo libro de memorias —La Guerra de los Planetas (2005)—, citando a Juan Luis Cebrián. Hay que decir que, en cuanto Felipe González llegó al poder, hizo caso al teniente general.
Tanto en 1986 como en 1989, el Gobierno socialista pasó de puntillas sobre el inicio y el final de la Guerra Civil. Y eso que tenían mayoría absoluta. Podían hacer lo que quisieran. No como otros, que celebraron la muerte de Franco. En vez de conmemorar las primeras elecciones generales (1977) o la aprobación de la Constitución (1978). Y eso que, además, el dictador murió en la cama.
Antes ya intentaron alargar el tema todo lo posible con la Ley de Memoria Democrática (2022). Parece ser que no había suficiente con la Memoria Histórica (2007). O la exhumación (2019). Viene todo esto a cuento por las sucesivas cortinas de humo que ha utilizado Pedro Sánchez. Una, por supuesto, como decíamos, la de Franco. Al que han resucitado periódicamente.
De hecho, siempre están con el rollo de que viene la «ultraderecha», que es el equivalente a que viene el coco para los niños. Aunque lo cierto es que el primer y único franquista que sacó escaño fue el entonces líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar, allá por 1979, en las segundas elecciones generales. El mandato le duró exactamente una legislatura. Más recientemente, agotada la del franquismo, han utilizado otras. Pedro Sánchez se subió a las protestas propalestinas contra la Vuelta en cuanto vio su rentabilidad política y mediática. Un Gobierno casi animando a los incidentes. Aunque eso ya lo presencié en Cataluña con el Gobierno de la Generalitat durante el proceso.
En cuanto se terminó la prueba ciclista, compareció en los jardines de La Moncloa para acusar a su homólogo israelí, Benjamin Netanyahu, de «genocidio» y «crímenes de guerra». A continuación, fue el apoyo a la flotilla, a la cual puso a su disposición incluso un navío de la Armada. Felizmente, no entramos en guerra con Israel. Ni siquiera entró en sus aguas territoriales. Que habría sido, sin duda, un ‘casus belli’. A pesar de que el buque tenía el aguerrido nombre de «Furor». Todo era un poco postureo. Pero la broma nos costó unos 90.000 euros.
En fin, yo lo único que sé es que Sánchez no gobierna. Lleva dos años sin presupuestos. Y va hacia el tercero. A pesar del mandato constitucional de presentarlos. El artículo 134 de la Carta Magna establece que tiene que presentarlos «al menos tres meses antes de la expiración de los del año anterior». Es decir, que incumple la Constitución. Sin olvidar que la única ley de envergadura que ha aprobado en lo que va de legislatura es la de la Amnistía, la cual beneficia sólo a unos cuantos. Este martes escuchaba a la ministra de Sanidad, Mónica García, en la rueda de prensa del Consejo de Ministros, diciendo sobre la polémica del aborto que «la ley se cumple». Debe decirlo por Puigdemont.
Me ahorro tener imputada a la esposa, al hermano, al exnúmero tres del PSOE, al exministro de Transportes y al fiscal general del Estado, para no aburrirles. Pero no puedo menos que recordar que llegaron al poder con una moción de censura «contra la corrupción». En fin, todo ello no debería extrañarme. Están utilizando aquel método que le explicó un día Zapatero a un periodista insigne de la cadena SER, Iñaki Gabilondo, en un momento de confianza y a micrófono abierto. «Nos conviene que haya tensión», se le escapó. Eran las elecciones de 2008. Desde entonces han seguido el consejo al pie de la letra. Pero polarizar la sociedad lleva con frecuencia al guerracivilismo.