Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.
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Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Guiña el ojo a una chica fea

Lo peor del rencor es que resulta extenuante. Me inquieta esa gente que no olvida. Tengo un amigo que todavía recuerda el día en que, a la salida de un saque de esquina, le di un potente balonazo en las pelotas, allá por el verano del 98. Veintidós años de escozor inguinal. Veintidós años contando la misma anécdota en todas las cenas. Veintidós años de saltitos con las piernas juntas, escenificación sobreactuada, y acusaciones fraudulentas sobre mis intenciones de truncar la feliz descendencia de su apellido. Si lo sé le habría dado más fuerte. Pero yo no venía hoy a ajustar cuentas sino a lo contrario. No hay nada más sano en Navidad que el perdón, si exceptuamos el turrón con champán, que actúa directamente sobre el colesterol, le da un abrazo, y sale corriendo por las venas cantando villancicos.

Cada año soy más navideño. Detesto a la gente que discute en Nochebuena. Huyo de las caras largas en Navidad como de un recaudador de impuestos. Y ejercito con imprudencia la compasión. En estos días soy capaz de disculpar al vecino que taladra a la hora de la siesta, al macarra que no se detiene en los pasos de cebra, e incluso al camarero que estornuda dentro del café, si bien este año este gesto presenta algunos problemas de orden público. En suma, disfruto cada pequeño ritual con la seguridad de que, cuantos más ataques recibe, más necesaria es nuestra Navidad.

En estos días soy capaz de disculpar al vecino que taladra a la hora de la siesta, al macarra que no se detiene en los pasos de cebra, e incluso al camarero que estornuda dentro del café

Quien no es capaz de perdonar no daña a nadie, salvo a sí mismo. No hay nada más ridículo que una vieja disputa entre amigos que se mantiene activa años después del desacuerdo. Creen mantener su dignidad y apenas alcanzan a ocultar su estupidez. Tener razón está sobrevalorado. El mundo está lleno de idiotas satisfechos porque se han salido con la suya, de hombres endiosados porque han humillado en público al contrincante, de tipos que presumen de haber puesto a otros en su sitio, que a veces me pregunto por qué no se harán acomodadores de un teatro y dejarán de dar la murga. Todos ellos están sentados a la mesa en Navidad. Cenan, ríen y hasta cantan villancicos. Pero tienen un agujero negro en el alma. Eso se nota en la mirada.

El perdón es liberador y práctico, incluso desde el peor de los egoísmos. Perdonar a un majadero te permite olvidarte de él. Revivir cada segundo de tu vida la afrenta es cómo ser agraviado todos los días, pero por uno mismo. Disculpar es soltar lastre. Si los rencores fueran sacos de cemento, hay tipos que caminarían por la calle arrastrándose como babosas, pero como babosas muy enfadadas, por lo que sea que pueda cabrearse una babosa, más allá de su arrastrada condición.

Quien no perdona arguye a menudo que él jamás habría cometido una afrenta así. Da igual que la ofensa sea el robo de una novia en el instituto, el olvido de una invitación de boda, o la habladuría de corrillo en el pasillo de la empresa, que es donde se concentran el 90% de los rencores del planeta. Quien no perdona desconoce por completo la condición humana. Quien no perdona es blanco seguro de muchas otras decepciones y dolores. A fin de cuentas, nadie está a salvo de comportarse como un tonto varias veces al día.

Quien no perdona es blanco seguro de muchas otras decepciones y dolores. A fin de cuentas, nadie está a salvo de comportarse como un tonto varias veces al día.

En Navidad se multiplican los buenos deseos, la solidaridad, las peroratas emocionales, y el ruido y color. Hay tantos cuernos regníferos en los escaparates que cualquiera diría que en Belén nació un reno. Una dosis calculada de sentimentalismo presuntuoso que no compromete a nadie, un deseo de paz mundial que parece referirse en exclusiva a alguno de esos países llenos de negritos hambrientos que están a tiros todo el día. Pero hay otra Navidad en el interior del hombre, es la única que es fiel a lo que ocurre en Belén, y la única que invita a poner el corazón en paz, no con países lejanos, sino con los que tenemos al lado, aunque a veces haya más tomahawks en la cena de Nochebuena que en todas las guerras del Golfo juntas. Las familias perfectas no existen. Y de vez en cuando un poco de gresca anima el cotarro.

En esta Navidad de la pandemia, de algún modo, todos estaremos un poco muertos para los demás. Viviremos en ellos por el recuerdo como nunca había sucedido antes. Por eso he recordado lo que el malvado H. L. Mencken, poco antes de morir, dejó escrito en su epitafio: “si, después de mi partida de este valle, alguna vez te acuerdas de mí y has pensado en complacer a mi fantasma, perdona a algún pecador y guiña el ojo a alguna chica fea”.

Y es lo mismo que yo te pido para esta Navidad, si alguna vez te acuerdas de mí.

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