Hablemos de la propia estupidez
Hablemos de la propia estupidez
Por Itxu Díaz
30 de julio de 2026

Soy un idiota. No el mejor idiota, porque algunos rozan de tal manera la perfección que son insuperables, pero soy lo bastante idiota como para poder generar envidia en otros tantos del mismo género. Avanzo poco a poco en la convicción de que la vida consiste en ir encontrando la manera de sobrevivir a la propia estupidez. 

Entiendo que estas consideraciones provocarán escalofríos al clan de la columna posmoderna ortodoxa, los que creen que ha de ser siempre soberbia y condescendiente, para remarcar la altura olímpica del autor y la bajura de sus súbditos lectores, pero yo me siento más cómodo en el clan de los que dicen la verdad, y la verdad es que a veces me sorprende haber sido bendecido con tantas cosas buenas en la vida pese a haber cometido ya más errores de los que el más desquiciado guionista de Hollywood habría podido imaginar para su personaje más estúpido. 

¿Por qué, a pesar de todo, admitir la propia estupidez? Quizá en primer lugar porque la alternativa es todavía más tonta. «Todos los que parecen estúpidos, lo son» nos dice Quevedo, «y, además también lo son la mitad de los que no lo parecen». Echa cuentas.

Pero, además, en segundo lugar, por llevar la contraria. Los últimos dos siglos de articulismo son una pendiente que va desde el brumoso mundo exterior hasta el epicentro del autor, su yo, que hoy celebra con pornográfico entusiasmo estar de acuerdo consigo mismo como argumento central de cualquier exposición. Ya en el siglo XX era infrecuente encontrar a un columnista dudando de su propio punto de vista, o lamentando sus torpes errores, o mofándose de su torcido gusto, pero en el XXI la tendencia se ha extremado tanto que casi todos los grandes de la columna presumen sin rubor de la inmensa alegría que supone haberse conocido. 

Alvite, entre otros, fue una excepción a esta colosal tontería, porque se largó al lugar opuesto, e hizo del lamento por la propia incapacidad una suerte de literatura, a veces bellísima, casi siempre tristísima. 

Rodé hace días por el suelo de mi casa en lamentable traspiés, y pensé al instante en lo fácil que es perder todo el prestigio acumulado, y lo mucho que nos acongoja tal posibilidad. Supongo que a menudo olvidamos que en las puertas del Cielo nadie hará recuento de los kilos de prestigio que cargamos, sino de los kilos de obras buenas que atesoramos. 

Escucho a menudo que es mejor ser un idiota que un cabrón, y ciertamente, no veo incompatibilidad alguna entre ambas cosas, ni la obligación de elegir. Admitir la propia estupidez es también una suerte de catarsis. No debería sorprendernos. Cargamos con la naturaleza caída de ser hombres, y hasta con los caprichos de la ley de la gravedad cuando se empeña en desafiar nuestra torpeza, defendemos argumentos que no argumentan, traicionamos a los que no lo merecen, olvidamos a los nuestros cuando están sufriendo, aupamos a cretinos con entusiasmo, guardamos silencio cuando nos muerde el monstruo de la cobardía, y solo necesitamos un par de copas para empezar a mentir. Somos, en fin, un descalabro tan perfecto que solo nos salva, sospecho, ser amados por Dios a pesar de todo. 

Los idiotas convencidos de que viven al margen de toda idiotez son los peores, y son la mayoría, quizá por eso a veces me pregunto cómo sería el mundo si todos saliéramos alguna vez a la calle con la firme convicción de nuestra infinita estupidez o, al menos, de nuestra infinita capacidad para comportarnos como perfectos idiotas.

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