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Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.

¿Por qué no hay Derecha? ¿Y cómo habría que llamarla?

4 de enero de 2017

Érase una vez la cultura de Derecha”. Santas palabras de Marcello Veneziani… ¿Dónde está, o quién la mató? Cuatro hipótesis las que él propone para Italia, cuatro explicaciones no incompatibles entre sí, y no del todo incompatibles con una explicación de la aún más complicada situación española.

En Italia, como aquí, no hay una cultura de Derecha políticamente aceptada por las fuerzas dominantes (pero sí la hay, y muy viva, en la sociedad de allí), ante todo porque la izquierda ha dedicado décadas a imponer su dominio en monopolio de la cultura. Si no es de izquierdas, no es cultura; y si ha de ser cultura, ha de ser comulgando con la corrección impuesta desde la izquierda. Cualquier matiz de derechas ha sido convertido en las últimas décadas en un pecado laico, y el centroderecha político ha renunciado a la batalla cultural.

En segundo lugar, la cultura contemporánea (que en Italia se identifica fácilmente con Berlusconi y sus medios pero que va mucho más allá tanto allí como aquí) ha impuesto en el espacio público, en la moral y en la política una dinámica y unos contenidos incompatibles con la identidad de Derecha, hasta el punto de suprimirlos de la vida pública si llegan a despuntar o allí donde pervivían. Eso entre nosotros incluye desde el estilo de Sálvame a la liquidación en todos los partidos con representación de los defensores de la vida.

La tercera opción implicaría que la misma incompetencia e irrelevancia de la derecha política o de quien ocupase su espacio haya destruido las bazas ideales y culturales de la Derecha, hasta su descomposición o licuefacción. En Italia, esa hipótesis tiene uno o dos nombres, Gianfranco Fini sin duda ySilvio Berlusconi con matices; aquí, el espacio de la culpa lo disputan, según con quién se hable, desde Francisco Franco a los desarrollistas, a Manuel Fraga, por supuesto –y no sin razón- a Adolfo Suárez, a José María Aznar, aBlas Piñar y, obviamente, a Mariano Rajoy. Y muchos más.

Última opción, la cultura de Derecha se eclipsó por su propia inconsistencia, ¿sólo era un fantasma del pasado, un mito, una prótesis, pura nostalgia sin sustancia, mero reflejo?

La hegemonía cultural de la izquierda era ya un hecho desde los años 60, sin gran diferencia real entre la Italia “nacida de la resistencia” y el franquismo español. Sin entrar a elegir una de esas cuatro posibles razones (ninguna totalmente falsa, ninguna del todo satisfactoria), el hecho es uno y seguro: en España no hay una Derecha política (y el PP recauda sus votos y simpatías sin jamás pagar su precio en la acción política, es más, con un notable mal trato en los últimos años), y tampoco hay una red social y cultural organizada que se articule como alternativa identitaria a lo existente, o si se prefiere llámese derecha social. 

Lo notable es que, pese a su marginación institucional y a sus propias debilidades intrínsecas, existe en Europa un espacio creciente en ese campo político, y en algunos países tiene, con tantos problemas como se quiera, un especio social y una original aunque embrionaria creación cultural. Es verdad que, como dice Alain de Benoist, “la mayor parte de las personas de derecha no tienen ideas sino convicciones. Y aunque por supuesto las ideas pueden hacer nacer convicciones y las convicciones pueden pasarse en ideas, son dos términos diferentes. Las convicciones son cosas que se creen y que, como son objeto de creencia, no pueden aceptar ningún examen crítico. Las convicciones son, en fin, un sucedáneo existencial de la Fe Ayudan a sobrevivir, sin sentir necesidad alguna de un orden lógico, ni de que se evalúe su validez en uno u otro contexto, ni mucho menos sus límites. La derecha prefiere las respuestas a las preguntas, sobre todo si las respuestas vienen ya dadas… evitando evaluar errores pasados para corregirse en el futuro. Hasta ahora, la derecha mayoritariamente ha carecido de autocrítica y de debate…” Pero hay que reconocer que ese espacio nuevo, y más cuanto más desconectado está de las viejas derechas y de los viejos representantes de ese espacio, no peca de ese mismo pecado, y tiene la virtud de sintonizar mejor con la realidad social del siglo XXI que sus rivales institucionales, sean de izquierda o de “centro”. Aunque ese proceso en España está mucho más atrasado que en otros países.

En resumen, como sintéticamente explicaba hace unos años Fernando Vaquero (http://cronicasnavarras.blogia.com/2014/012702-derecha-populista-espa-ola-y-europea-conclusiones-10-.-webs-especializadas-11.php), ese campo político emergente “si bien adscrito a la derecha –atípica y de plural espectro-, no puede encuadrarse en sus familias históricas: tradicionalistas, conservadores, liberales o democristianos. En su crecimiento, fagocitando el voto protesta de sectores tan diversos como el de trabajadores ex-votantes de izquierda descontentos con la evolución de los partidos obreros y el impacto de la inmigración, se ha despegado de modelos históricamente periclitados (bien por su vinculación a un Eje totalmente derrotado, bien por su inadaptación a la posmodernidad)” [es decir, que no es, pese a lo que se le reproche, ni fascismo histórico porque éste murió, ni tradicionalismo porque, pese a no saberlo algunos, políticamente había muerto incluso antes].

Muy a menudo, el hombre y la mujer de Derecha –de ese nuevo/viejo espacio cultural y político- actúan por entusiasmo o por indignación, por admiración o por disgusto o enfado, no por reflexión. Muy a menudo, no somos reflexivos –ni pretendemos serlo- sino reactivos. De ahí sus reacciones tan frecuentemente emotivas ante los acontecimientos. Eso fue verdad para los desaparecidos fascismos –surgieron por reacción ante un variado conjunto de problemas, aunque luego elaboraron sobre variadas y fecundas raíces su propia doctrina- y es verdad para esa derecha social –llámenla ustedes x- que vemos surgir en Europa en general, que vemos recorrer caminos pintorescos en Italia y que no vemos en España salvo en momentos de extrema desesperación. Son a menudo ingenuos, incluso pueriles, muchos convierten sus deseos en realidades, e interpretan tanto el pasado como lo exterior de maneras cuando menos contradictorias, uniendo en un imposible desde Fidel Castro a Israel, desde los palestinos a Donald Trump y desde Vladimir Putinal Islam. Como a la base social de estas gentes, y a menudo a sus líderes, suelen interesar poco las ideas elaboradas, la derecha social tiende, más que la media incluso, a dar una gran importancia a las personas. Al líder, y al enemigo. Muchos grupos de estos nacen y mueren con su fundador; otros nacen por rechazo a una persona o decisión; para unirlos es más fácil buscarles un jefe carismático o unos enemigos comunes –por ejemplo, los inmigrantes- que hacerles elaborar una propuesta.

¿Eso es necesariamente una fuente de debilidad? Sí lo es, en la medida en que la izquierda marque el ritmo de la vida pública; no, si esta “derecha social” sabe cabalgar las oportunidades políticas para conquistar espacios y a la vez elaborar su mensaje y no quedarse en lo instintivo o superficial. Si renuncian a ver la realidad como es, o si se dejan engolosinar por los pequeños premios de esa realidad, no llegarán a nada; tal ha sido hasta hoy la fuerza y la suerte, sin hacer nada, del centro-institucional democristano, liberal o aborregado. Incluso, como en España, no llegarán ni a existir políticamente. Pero si saben jugar bien sus cartas en esta Europa cansada de sí misma y atemorizada desde dentro y desde fuera, además de harta de sus hasta ahora líderes y comunicadores… ah, entonces nadie se atreve a decir qué puede pasar. Se le llame Derecha, o se le llame como se quiera, las primeras décadas del siglo XXI pueden ser recordadas por ella. Incluso, por improbable que parezca tras la vacuna podémica y el pavor genovés, también en España. Porque hay miedo, y porque en las siglas y marcas de siempre no hay respuestas.

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